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Los desafíos de la estética y del grafismo

«Aurora» de Francisco Hernández agita el Arte en Madrid

Francisco J. Carrillo (*) 20 May 2010 - 12:59 CET
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He seguido muy de cerca la creación de la serie «Aurora» que Francisco Hernández presenta hoy en Madrid, en «Casa de Vacas» del Parque del Buen Retiro.

Me consta la ausencia de concesiones. Cada cuadro es un «trance» en el que el pintor se ve atrapado sin la menor posibilidad de escaparse o, mejor dicho, de salirse del espacio que define el lienzo virgen y que él transforma en arte universal y sin fronteras.

Sólo en apariencias se trata de rupturas porque esta obra singular, diría única, del Contemporary Art, fluye dentro del cauce de un «gran río» por el que Francisco Hernández navega desde hace muchos años, llevando consigo una sucesión de mundos, de tensiones que desgarran y que plantean cada día la duda, que bien podría ser la «duda metódica».

Pero esos mundos sucesivos se van modelando en la sensualidad perceptiva del artista. Son impenetrables. Están recubiertos por muros infranqueables que solamente permiten la comunicación entre el ayer y el presente.

He aquí la enorme dificultad de convertirlos en transparentes; mucho menos, de interpretarlos desde fuera del propio decurso del recreador. Sólo nos queda el encuentro con el lienzo, su impacto. He tenido la oportunidad de «buscar» recientemente analogía en el MOMA de Nueva York. No la encontré. Ni en la Dogana o en el Palazzo Grassi de Venecia. Ni en Londres, París o Munich.

Incluso en las dos ocasiones que cuadros de Francisco Hernández fueron incluidos en los catálogos de arte contemporáneo de la prestigiosa TAJAN de Francia, nada parecido figuraba en esas publicaciones.

Estoy convencido de que nos encontramos ante una creación artística que invita a una renovación de los lenguajes tradicionales: desafíos estéticos de una calidad llena de especificidades hasta ahora desconocidas; grafismo sumamente depurado que da unidad, unicidad, a la nueva obra, un mundo más de los mundos comunicantes de Francisco Hernández.

No se trata de una alternativa a lo que fue ayer. Más bien me parece se trata de algo totalmente nuevo dentro del Arte Contemporáneo mundial.

Quizá me estoy adelantando a lo que así será reconocido por el público, los críticos, los marchands y los historiadores cuando pasen los años y la gran confusión en el arte contemporáneo se decante y «el mercado del arte» se asiente y llegue a trazar las divisorias con el diseño y las instalaciones perecederas.

Entonces, quizá mañana, Francisco Hernández será una referencia -ya lo es por lo ya realizado- en la Historia del Arte y en sus escaparates que son los museos.

Decía en cierta ocasión Dalí que tenía noticias de alguien que era el mejor dibujante de España, naturalmente después de sí mismo. Se refería a Francisco Hernández.

A mi entender, aquí se encuentra una de las claves para «poder asumir» la nueva serie «Aurora» y para comprender también «La Crucifixión de San Pedro», obra de F. Hernández que se encuentra en las colecciones de arte moderno de los Museos Vaticanos.

Es prácticamente inviable llegar al actual mundo de los mundos de Hernández sin el dominio y el rigor del lápiz, sólo del lápiz, capaz de hacer una interpretación de un retrato en 15 o 20 sesiones, sin soportes exteriores, sin calcos, sin fotogramas, sólo la naturaleza viva del modelo frente al pintor. Y del «alma» que en él refleja de sí mismo.

Igual me da un dibujo que va saliendo de la hoja de papel como la escultura del trozo de mármol de Carrara, que un retrato al óleo que traduce con colores combinados por los pinceles, y que da nueva vida y que la marca, a una posición estática.

Francisco Hernández transforma el color en hálitos de energía y belleza en sus mundos de ayer y en su mundo de hoy que, a decir verdad, no son compartimentos estancos.

Por esos mundos mana sin cesar un hilo conductor que empezó su caminar con una plumilla y con la tinta china, que descubrió el lápiz, que se enfrentó con los colores de fuera y dentro de su estudio. La «duda metódica» de Francisco Hernández es un signo de creación que no cesa, -desde muchísimo antes que la Bienal de Venecia la adjudicase toda una sala-, aunque a veces desgarre.

Paco Hernández, el amigo de las fidelidades a las transparencias y a las intuiciones, es un itinerante que no admite «trampas en el arte» y que responde a un «don» que lo desafía a cada instante desde la hora del despertar.

La serie «Aurora», cargada de interrogantes estéticos, acompañada toda ella de un grafismo excepcional, hoy se presenta en Madrid tras 3 años de intenso trabajo.

Francisco Hernández ha deseado guardar silencio -y me consta- antes de entrar en los mentideros de la Villa y de la Corte en donde todo se decide y en donde, a veces, no se decide nada ante la evidencia del «hecho artístico» que supera calidad y desborda el ritmo de los tiempos.

Abrigo el firme convencimiento de que esta obra agitará, a nivel universal, el controvertido espacio del Contemporary Art que la colgará en el lugar que se merece.

 

 

 

(*) Francisco J. Carrillo Montesinos, de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo y miembro del Consejo Internacional de Museos.

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