La sociedad actual esta, altamente tecnologizada y completamente segmentada. Del mismo modo que hay un Rey por decreto, en un país con las libertades necesarias para hacer la vida que uno desee, hay ciudadanos que nacen ricos, y otros pobres; Esto plantea una cuestión polémica. Siempre hay un segmento que pugna por llegar al otro. “Más perdidos que Carracuca” va de eso, de quienes quieren llegar, pero nunca lo consiguen.
De abajo a arriba. De incultos a cultos. De pobres a ricos. Pero la sociedad evoluciona a una velocidad endiablada. Y en esa lucha por conquistar cotas mayores, el ser humano siempre va a la zaga, y, cuando parece que sí, que por fin llega, resulta que no, que siempre llega tarde. Y vuelta a empezar.
En cualquier parte del mundo hay lugares desfavorecidos. Y por más que los escondan, en esos lugares hay gente. Habitantes del olvido, rezagados de la sociedad que nacieron ya rezagados. Dios importa en esta función, y mucho, porque sus protagonistas, Rafael y Manuel, se diferencian porque Rafael es quien quiere salir del agujero, reza, y le pide a Dios que le ayude y Manuel lo lleva con la dignidad y el temperamento de dar todo por hecho y es parte de esa gente.
Dos hombres compartiendo el paupérrimo cuarto de una pensión, y una botella de vino. Hacen lo que les sale para ganarse la vida con dignidad, pero parece que las sugerencias y peticiones a Dios no entiende de dignidad. Ni de sueños.
En el cuartucho donde viven ambos desarrollan un intenso conflicto de valores. Rafael intenta mantenerse unido a la sociedad, a los lazos familiares, y reza, confía en que pase algo para que su vida cambie. Sabe leer y escribir, pero le falta lo más esencial: la presencia. Su aspecto, harapiento con ropa vieja, antigua y sucia, lo impide.
Manuel tiene unos zapatos nuevos, o casi, que, naturalmente, ha encontrado en la basura, por otro lado, esta solo y no tiene otra familia que la que ha creado, probablemente sin ser consciente, que es su compañero de cuartucho.
Rafael, no es que no deseen formar parte de la situación en la que se encuentra, no simplemente, no se le pasa por la cabeza. No sabe leer, ni escribir. Vive en el bujero y vive bien. Incluso podría ser peor, pero de ello no se da cuenta.
El mundo, no les acepta y ellos no entienden el mundo. La marginalidad y la necesidad de vínculos son lo que más une y lo que más separa a los protagonistas.
Sus únicos vínculos con la sociedad donde están inmersos son, la necesidad de matar el hambre, el frío y la sed; y un tesoro que se esconde en el cuartucho, los periódicos que Rafael atesora en una curiosa manifestación del Síndrome de Diógenes cultural que, sin duda, padece. De pronto, pude que lea una noticia de hace 20 años, otra de ayer…
Los diálogos están plagados de gritos inofensivos que se mutan en el vacío de lamentos contra su existencia Simultáneamente, entre los desperdicios de donde salen periódicos, latas vacías, ropa o como en este caso, zapatos, y ocasionalmente aparece el lado humano, porque afortunadamente, existe ética en el submundo.
Quien lo iba a decir, en estos tiempos de cierre de periódicos por la competencia con su uso digital que los periódicos serían necesarios y útiles; rellenan el vacío de un zapato, tapan un agujero, envuelven bocadillos; bien dispuestos entre camisetas te quitan el frío. Cada día, y aunque no deje de resultar sorprendente, encontramos en los periódicos cientos de noticias que dibujan un periodo social de cada momento de la sociedad día a día.
Nuestro viejo mundo se queja, desconoce su propia identidad. Rafa y Manuel, padecen los mismos síntomas, y el mismo conflicto de identidad, en sus múltiples manifestaciones: identidad sexual, geográfica, social, jerárquica, humana, moral…Basta con abrir un periódico. Hace tiempo que dejamos de sentir el privilegio que comporta, ahora lo leemos y como si de una novela o una película se tratara. El intento de leer periódicos antiguos, nos sorprendería ver lo poco o nada que hemos cambiado como sociedad al paso de los años.
La obra es una tragicomedia de libro. Cuando ser algo en esta vida, parece el privilegio de unos pocos, y la dignidad un valor en desuso, los estratos más sólidos del carácter social de este invento que llamamos sociedad se desploman, entonces, el ser humano se descompone, y pierde la perspectiva.
Rafael y Manuel, los personajes de esta historia, ya no recuerdan cuándo gozaron de ella, de su historia, ni siquiera recuerdan su significado como palabra. No recuerdan muchas palabras, apenas usan unas pocas. Gracias al olvido, a la falta de conocimiento y al vino – acompañante usual de todo mendigo que se precie- nace el humor y se fomenta el olvido. Y gracias a su particular lenguaje y al empeño de contar la tragedia que viven desde la comedia más árida y soportar su existencia. La botella de vino les quita la sed, el frío, y el hambre. En una dramaturgia llena de palabras, la botella deambula de mano a mano sin que genere el menor consenso.
Las palabras no siempre dicen lo que quieren decir. Son confusas y tramposas. Rafael y Manuel mantienen una compleja relación con las palabras, con su valor, con su abrumador vacío, con la poderosa incomunicación que generan, con su mecánica y con el proceso de extrañamiento que les producen.
Viven una situación muy primitiva, con una incomunicación total con el resto del mundo, pero llevando su tragedia aun sentida del humor y con humor. No se entienden, pasan hambre, frío, sed, se pelean por la miseria y por no quedarse más perdidos de lo que ya están se entienden y lo intentan superar y sobrellevar.
Sobre la puesta en escena, el juego escénico gira en torno a lo que no tienen, a lo que les falta. Dos camas pequeñas y malas, de esas que suenan cuando te recuestas, o de las que te caes al girarte si te descuidas un poco. Unas lámparas básicas. Periódicos a montones por todas partes. Las botellas se acumulan por los rincones.
Dos sillas de “profesionales” de la mendicidad, que tienen correas para poder transportarlas, como mochilas, allá donde les lleve la búsqueda de la limosna. El vestuario, muy caracterizado, muy tratado y deformado, para contar esa ropa que dura mucho, mucho más de lo debido. Ropa que nadie usaría de no pertenecer a este sector social, de los que no tienen nada. Ropa que se queda de pie cuando te la quitas. Ropa que nunca debió ser nueva.
Elementos, todos ellos, de otra época. El suelo es un laberinto, un espacio dislocado, accidentado, asaltado permanentemente por botellas y por paquetes de periódicos. Al fondo, en segundo término, arriba, una ventana nos marca que el cuarto está por debajo de la calle, y nos informa a su manera de si es de día o de noche.
Shakespeare decía que: “el teatro debía ser el espejo en el que la sociedad se mirara” y así es. El teatro es una forma de expresión artística, un medio de comunicación con la sociedad, un modo de vida, desde hace más de 2500 años
Y sin dudarlo, se prolongará en la eternidad, porque el teatro posee el don de lo humano. Desde esta perspectiva, es necesario “dialogar” y “reflexionar” sobre estos temas que nos duelen, y que, salvo excepciones, desaparecen de la narrativa escénica en general, porque es la única forma de intentar solucionar lo que, sin duda, es un problema en nuestra sociedad.
En definitiva, No podemos quedarnos quietos sabiendo que este sector de la sociedad, al que denominamos lumpen vive a nuestro lado, a escasos metros, sin que hagamos algo por solucionarlo.
Con esta obra su autor Emilio del Valle, aporta un material de reflexión que hace poner en su sitio a cada uno de los miembros de esta sociedad quizás esa es su misión, ¿Sera una misión imposible?
Emilio del Valle director artístico de la compañía, “Inconstantes Teatro” considerada entre las mejores de la escena en España. Es fundador de la compañía, a la que sostiene desde 1994. Se forma como actor y director de teatro en el Laboratorio de William Layton y es licenciado en Dramaturgia por la Real Escuela Superior de Arte Dramático.
Ha montado textos contemporáneos de Rodrigo García, José Ramón Fernández, Laila Ripoll, Albert Camus, Lourdes Ortiz, Alfonso Vallejo, Enzo Cormann, Luis García Araus, José Sánchis Sinisterra o Julio Llamazares.
Ha escrito y dirigido textos propios: “Cuando todo termine”. Creaciones colectivas: “Femenino Singular”. Adaptaciones libres como “El canto del cisne”, de Chéjov; versiones de clásicos: Abre el ojo, de Rojas Zorrilla, La vida es sueño, de Calderón. Su último trabajo es “J’attendrai”, un texto de José Ramón Fernández, en coproducción con el Teatro Español, espectáculo por el que fue galardonado con el “Premio ADE 2021 a la Mejor Dirección Escénica”.
Desde 2013 desarrolla un proyecto pedagógico con músicos profesionales montando trabajos como El retablo de Maese Pedro, ópera breve de Manuel de Falla, Las mujeres de Mozart y Réquiem, ambos con música de Mozart y dramaturgia propia, y recientemente La guerra de Amor sobre música de Monteverdi. Ha impartido clases en múltiples proyectos pedagógicos. Parte de su obra se ha publicado. Es presidente de Artemad, vicepresidente de la AC Teatro en Confluencia, asociado a ADE y AAT, y miembro de la Academia de las Artes Escénicas.
Con la autoría y dirección de Emilio del Valle, están en escena los dos mendigos, Rafael y Manuel, los actores Jorge Muñoz y David Fernández ‘Fabu’.
Antes de su estreno en Madrid, la obra ha realizado una extensa gira por Balaguer (Lleida), Palma de Mallorca, Santander, Sevilla, Navalmoral de la Mata (Cáceres), Zaragoza y Valencia. Del 10 al 26 de abril podremos disfrutarla en la Sala Tarambana de miércoles a domingo.
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