El derecho a la educación nos puede parecer incuestionable si tenemos en cuenta lo que recogen leyes, acuerdos internacionales, discursos políticos, etc. Todas las personas tienen derecho a la educación, pero esto nos plantea inevitablemente la cuestión de ¿a qué educación nos referimos?
La Conferencia Mundial por la Educación para Todos (Jomtiem, 1990) define la educación como los procesos dirigidos a la satisfacción de las necesidades básicas de aprendizaje, es decir, aquellas herramientas y contenidos necesarios para que los seres humanos puedan desarrollar al máximo sus capacidades, vivir y trabajar con dignidad, participar plenamente en el desarrollo, mejorar la calidad de su vida, tomar decisiones fundamentales y continuar aprendiendo.
Esto supone trascender la identificación de la educación con escolarización básica para considerarla un proceso dinámico que se prolonga a lo largo de toda la vida, al tiempo que nos plantea que el derecho a la educación debe ser el derecho a una educación de calidad.
Pero, ¿qué entendemos por calidad? Podríamos decir con Rosa Mª Torres que una buena educación es «una educación amigable y respetuosa de los saberes y necesidades de quienes aprenden, capaz de ayudarles a identificar y desarrollar sus talentos, a pensar bien y a comunicarse con propiedad, a trabajar en equipo, a desarrollar la empatía, generosidad, honestidad, el esfuerzo individual y la dignidad del trabajo, a visualizar y construir un futuro distinto. La buena educación, no importa en qué país, cultura o clase social, enseña a aprender y aprender con gusto«.
Una educación de calidad enseña, por tanto, a aprender. En este sentido, el informe a la UNESCO de la Comisión Internacional sobre la educación para el siglo XXI, basa la educación en cuatro pilares: aprender a ser, aprender a hacer, aprender a conocer y aprender a convivir. A estos cuatro, en el actual contexto de creciente mundialización e interdependencia, sería imprescindible añadir un quinto pilar: aprender a cambiar.
Una educación de calidad debe retomar con fuerza su capacidad transformadora, generando ciudadanos y ciudadanas capaces de ejercer sus derechos, cumplir con sus deberes y ser responsables en la comunidad para contribuir a la construcción del bien común.
En definitiva, Entreculturas promueve ESCUELAS QUE CAMBIAN EL MUNDO.
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