«Los cristianos hemos de admitir que no somos grandes expertos en el tema de la alegría… Con frecuencia, no damos un testimonio de alegría. Nerviosos y tensos, preocupados o superocupados, olvidamos que éste es nuestro primer apostolado, y al final parecemos más comprometidos e inútilmente sombríos que contentos de servir al Dios de la alegría». Y, sin embargo, estamos llamados a ser testigos de la alegría, de la sonrisa y del buen humor, y a convertirnos en apóstoles de un nuevo apostolado humanista: el del optimismo cristiano, que nace de nuestra esperanza en Jesús.
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