Uno vio «al Señor sentado sobre un trono alto y excelso»; el otro vio sólo la redada de peces que había cogido después de echar las redes «en la palabra de Jesús»; y los dos, Isaías el profeta y Pedro el pescador, se asomaron al misterio de la grandeza de Dios y de la propia pequeñez, se vieron perdidos en la santidad de Dios y en la realidad inquietante del propio pecado.
El profeta expresó así lo que había experimentado: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos».
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