Este sacerdote palentino, que ha sido profesor en el seminario de su diócesis, y que ahora es delegado para las Relaciones Interconfesionales, ha publicado «El fuego en la montaña.Siete conversos para nuestro tiempo» (San Pablo, Madrid, 2009), en el que dedica un capítulo a la figura de Guillermo Rovirosa. Lo entrevista José Luis Palacios en Noticias Obreras.
-¿Qué tienen los conversos de atractivo para una sociedad descreída y un cristianismo nostálgico?
-Lo conversos siempre serán un desafío y un reto para nuestras mediocridades religiosas. Tenemos que reconocer que la tibieza
y la falta de coherencia cristianas constituyen el humus en el que se desenvuelven muchas vidas, sobre todo aquí en Occidente.
Los conversos son auténticos testigos de la fe. Ellos se tomaron en serio a Dios, cuando irrumpió en su existencia. Lo acogieron con alegría, y empezaron a ser felices el día en que se decidieron a dejarlo todo para seguir de cerca a Dios y a su Hijo, Jesucristo. Son para la vida diaria un suplemento de entusiasmo cristiano, que buena falta nos hace, y son también un estímulo
para realizar nuestra entrega de fe. Tenemos mucho miedo a darle un «sí» a Dios. Todavía pensamos que, si le permitimos entrar a Dios en nuestra vida, va a suceder una invasión alienante que nos va empequeñecer. La verdad es lo contrario:
Dios nos hace más enteros, más personas, más nosotros. Con Dios podemos conseguir nuestra auténtica estatura humana.
-Todos los personajes de su libro tienen en común una incansable búsqueda de la verdad y una gran honestidad vital que les llevó a cambiar sus planteamientos religiosos de partida. Estas actitudes, ¿se pueden explicar sin el contexto histórico del siglo XX o responden únicamente a unas biografías muy particulares?
-Ninguna biografía discurre al margen de acontecimientos históricos. El siglo XX fue un siglo de promesas y decepciones en muchos campos. Es el siglo de dos terribles guerras. Dios se puede servir de circunstancias; pero hay un reducto de libertad personal. A la hora de dar el paso hacia Dios, tanto los conversos como cualquiera de nosotros, podemos decir que estamos solos. El «sí» o el «no» a Dios es algo muy personal, muy de cada uno. En el caso de los conversos nadie forzó su entrega última y definitiva. Esto es lo admirable: su libertad de elección. Y, claro está, su coherencia posterior.
-¿Por qué eligió a estos siete conversos?, ¿qué criterios le sirvieron de guía para hacer la selección?
-Por razones prácticas tuve que decantarme por estos siete. Podría decir que eran mis preferidos. Me habían interesado siempre. Había leído cosas suyas. Aun siendo muy distintos
en sus biografías, son maravillosos por el paso que dieron y porque, a pesar de las dificultades, nunca se echaron para atrás.
No se arrepintieron de haber elegido a Dios. A una artista como Eva Lavallière le ofrecían dinero y aplausos, si volvía a los escenarios y a la vida anterior. Ella prefirió continuar pobremente
en el seguimiento de Cristo. Hemos de pensar que todos venían
del ateísmo. La conversión implicó y complicó su vida. Pero puedo asegurar que con Dios, sin tener una vida fácil, fueron auténticamente felices.
-¿Qué destacaría de la personalidad y trayectoria de cada uno de los siete personajes investigados?
-Primero, todos llegaron a la fe desde la increencia (los prejuicios o la indiferencia religiosa habían hecho presa en ellos). Segundo, el encuentro con Cristo cambió el rumbo de sus vidas; ello no quiere decir que, después de convertidos, no experimentaran
debilidades o la mordedura del mal o del pecado. Alguno como el viajero y desarraigado, Graham Greene, experimentó la misericordia de Dios constantemente en sus recaídas. Los personajes de sus novelas se parecen mucho a él. A pesar de
todo, siempre confió en Dios y en su gracia. Tercero, por donde ellos pasaron dejaron huella, poso, señales. Hasta el punto de que sus libros siguen haciendo mucho bien. Ahí está Chesterton
en continuo aprecio. Y cuarto, son las suyas unas vidas que tienen todavía mucho que decirnos. A todos, y especialmente a los más jóvenes, porque, como ellos, los conversos tuvieron
mucho de insatisfechos, de desilusionados ante determinadas
y engañosas promesas de este mundo.
-¿Cómo encaja Guillermo Rovirosa dentro de este grupo de conversos, algunos de ellos tan conocidos como Foucauld, Chesterton, Greene o Stein?
-Un amigo me aconsejó trabajar el itinerario de Guillermo Rovirosa. Me encontré con mucho material disperso y pocas biografías escritas. Guillermo Rovirosa es el único español que incluyo en mi libro. Otros conversos españoles, como porejemplo García Morente, habían sido más estudiados. Rovirosa se merece toda la atención del mundo. Fue un hombre enérgico, de una pieza, que luchó lo indecible en el campo del apostolado obrero. Era un hombre que no dejaba indiferente a nadie. Supalabra y el ejemplo de su vida (más todavía cuando un accidente le limitó físicamente) impresionaron a muchos. El magisterio de Rovirosa fue más elocuente y persuasivo cuandose abrazó decididamente a la cruz del sufrimiento. Destituido de la HOAC, jamás se alejó de la Iglesia. Y con una «pata de palo» (como los piratas de los cuentos, decía él) no perdió la sonrisa ni la sana ironía. Jamás se ausentó de su eucaristía y comunión diarias y madrugadoras. ¡La suya es
una vida apasionante!
-¿Conocía antes de volcarse en el libro a Guillermo Rovirosa?, ¿recuerda cómo llegó a saber de su vida?
-Yo, al contrario de otros sacerdotes de más edad, no llegué a conocer personalmente a Guillermo Rovirosa; pero en el seminario oí hablar mucho de él. Conocí a don Tomás Malagón en uno de aquellos cursillos que él impartía. Malagón, como muchos saben, fue un estrecho colaborador de Rovirosa en la
evangelización del mundo obrero. A la HOAC, en cambio, la conozco desde hace muchos años. Y la sigo no sólo admirando y valorando, sino sobre todo queriendo. Yo estoy en la Acción
Católica. La HOAC me parece un movimiento cristiano serio que sigue siendo fiel a Cristo y al mundo obrero. Lo mismo que el Movimiento Cultural Cristiano. Todos ellos cuidan mucho a
sus militantes. No sólo les preparan para la acción y el compromiso, sino que también les suministran cultura, espiritualidad, amplia formación.
-¿Qué ideas iniciales manejaba en torno a la figura del promotor y primer militante de la HOAC?
-No conocía la trayectoria de Rovirosa en todos los detalles. No sabía nada de la vida anterior a su conversión. No conocía sus viejos coqueteos con el espiritismo y otras rarezas a las que le llevaron sus inquietudes y búsquedas antes de encontrarse
con Cristo. No sabía nada de su estancia en Francia y de su
conversión escuchando una predicación. Todo lo que vivió en El Escorial, cerca del agustino, padre Fariña, que tanto le ayudó, ha sido para mí una sorpresa. El indudable amor hacia su mujer y la «misteriosa huida» de ésta también me llamaron la atención. Pero lo más importante, lo que más me ha llenado es lo que él
calificaba de «segunda conversión». La primera conversión fue a Cristo. Y la segunda a los pobres, que él concretó en la clase obrera, en aquellos trabajadores que Guillermo, por ser uno de ellos, conocía tan bien. Después de su conversión, y a pesar de las dificultades que encontró, jamás traicionó ni a Cristo ni a los trabajadores, a cuya evangelización se entregó en cuerpo y
alma. Y así murió, un día, de repente, envuelto en esta doble fidelidad. ¿No es admirable?
-¿Le apena que la figura de Rovirosa no sea muy conocida hoy en día entre el gran público?
-La figura de Rovirosa, como la de otros grandes hombres, se irá agigantando con el tiempo. Llegarán a conocerlo muchos más que los que hoy lo conocen. Es una vida interesantísima. Seguirá
transmitiendo verdades como puños a los inquietos de todas las
épocas; sobre todo, a los que deseen huir de la mediocridad envolvente o distanciarse de lo política y socialmente correcto. Guillermo practicó la higiene de la autocrítica, que le llevó a decir «no» a muchas cosas. Y «sí» a otras tantas. La propaganda a
la que estamos sometidos hoy es tal que Rovirosa se habría levantado de su silla, cojo y todo como estaba, y habría ido corriendo a decir «¡basta!», y sobre todo habría corrido a
decirles a los trabajadores: «¡No os dejéis engañar; el opio no es el cristianismo, sino las mentiras del modelo de sociedad que quieren imponeros!».
-¿Cree que se terminará haciendo justicia a la figura de Rovirosa, un incomprendido y perseguido de su tiempo?, ¿qué hace falta para ello?
-El 8 de julio del 2003 se abría el proceso de beatificación de Guillermo Rovirosa. No soy de los que piensan que, por proclamarlo beato o santo, su figura vaya a mejorar. Pero sí soy de los que opinan que, si hace falta beatificarlo o proclamarlo santo para que se le conozca más y mejor, adelante con el proceso. A él le hubiera ruborizado. Pero era de los que estaban convencidos de que, si hay que arrepentirse de algo, es de no ser santos: de no amar a Dios con la vida y desde la vida comprometida de cada día. Para no pocos, aunque no le llevaran
a los altares, Rovirosa ya tiene un altar en el corazón de los que lo conocieron de cerca y pueden conocerle todavía hoy a través de sus escritos.
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