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"Insistíamos mucho en que los usaran para no contagiarse"

La sobrina de Rouco, a favor del uso del condón entre parejas fieles

María José Carrasco Rouco es hermana del obispo de Lugo

02 Mar 2010 - 21:45 CET
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María José carrasco Rouco dedicó más de 20 años a las misiones. De vuelta a su Vilalba natal, la hermana del obispo de Lugo y sobrina del arzobispo de Madrid continúa colaborando en todo lo que puede mientras ejerce como médico en el Hospital Asilo. Su experiencia le mostró otra forma de ver la vida y con voz amable y sonrisa constante evoca sus recuerdos. Para el futuro, «Dios dirá», afirma, sin descartar la posibilidad de volver. La entrevista Cristina Arias en El Progreso.

La han elegido pregonera de la Festa dos Pepes en su 50 aniversario. ¿Cómo recibió la idea?

Me sorprendió mucho, pero es un honor, la verdad.

Dijeron que querían a un vilalbés y de renombre para este año…

No lo interpreté así, pero creo que es más bien exagerado. Me llamó Pepe Apenela para decírmelo y pensé que era fruto de su amabilidad elegirme. Y porque me llamo María José.

¿Tiene algo preparado?

Algo sí, pero como los vestidos de novia, mejor no verlo hasta el propio día. Haré una ofrenda a San José, porque que lleven 50 años reuniéndose es algo fantástico.

Desde la organización, aseguraron que con su elección pretendían también homenajear al Hospital Asilo. ¿Cuánto tiempo lleva ahí?

Poco más de un año. Y la experiencia está siendo muy buena.

Desde su punto de vista, ¿qué papel juega el asilo en Vilalba?

No sabría estimarlo. Pero cuanto más tiempo estoy allí, más me gusta. Hay un equipo de gente en el que se nota un interés muy grande y un afán de mejora tremendo. Y trabajar con un equipo así es muy positivo.

¿Su trabajo como médico aquí es muy diferente al de las misiones?

Completamente distinto. En las misiones es mucho más difícil. La situación sanitaria allí es muy mala. No se puede comparar. Aquí las condiciones son mucho más buenas y las posibilidades mucho mayores, están en la mano.

Allí la esperanza de vida es muy baja. ¿Es la primera vez que trabaja con mayores?

Sí. Trabajar con mayores me da mucho que pensar en cómo vivimos la vida, porque cuando están a punto de terminarla los mayores tienden a mirar la vida y me impresiona. Hay cierta presión ambiental de la sociedad que tiende a pensar para qué viven si están demenciados y ellos se contagian. Pero el asilo está más centrado en la vida. La gente está volcada para que disfruten lo que puedan.

¿Cómo decidió involucrarse en las misiones?

Es una cosa que me gustó desde pequeñita. Miraba el globo terráqueo y decidía: «Aquí quiero ir». Y soy carmelita, por lo que no escogí el destino, pero es mi vocación.

¿Qué es lo más satisfactorio?

Es todo bueno y te das cuenta que ahora entiendes algunas cosas mejor al haber conocido otras.

Algún ejemplo…

Aquí se valora a la gente por la capacidad que tiene (belleza, dinero, salud…), pero no por lo que eres, y es un tremendo error. Eso en el asilo se ve con claridad y allí no sucede. Además, aquí la gente tiene miedo: a casarse, por todas las cosas que son necesarias cuando sólo hay que estar dispuesto; a tener hijos, por las dificultades, cuando tú has experimentado que los más importante en la vida es el ser generoso…

En Vilalba se pusieron en marcha varias actividades solidarias para recaudar fondos para Malawi. ¿Cómo es la colaboración de la gente?

Muy buena. La gente es muy generosa. La parroquia nos ayudó desde el principio. La primera ambulancia que compramos fue con fondos recaudados aquí y hay particulares que dan mucho dinero. Hay un anónimo que dona 3.000 euros anuales, pero nunca supimos quién es. Y la gente por la calle me para. Pero ayudan más con dinero. Lo que falta es gente que continúe la labor.

En las religiosas, ¿también se nota la crisis vocacional?

También. Hay menos religiosas que había, pero las misiones, pese a que el entramado fijo sigue manteniéndolo la Iglesia, son muy abiertas y puede participar cualquiera. Recibíamos a alguna gente de forma temporal, pero de estar y quedarse tiempo es más difícil y es muy necesario.

En su primera etapa estuvo en Filipinas. ¿Cómo recuerda el primer contacto?

Iba con muchas ganas de aprender y Filipinas me pareció bellísimo. Las islas son paradisíacas. Pero es un país conflictivo, con un abismo entre ricos y pobres. No había sanidad pública y por eso valoro mucho la española, porque aunque todo el mundo se queje es muy buena. Allí la experiencia fue muy fuerte, porque la gente se moría por no tener acceso a la sanidad.

Su siguiente destino fue Malawi, ¿qué diferencias encontró?

Filipinas resultó más duro por la enorme diferencia entre unos y otros. En Malawi todo el mundo es pobre y la sanidad es pública para todos, seas quien fueres. Eso produce menos violencia a la persona, porque en Filipinas si no tienes dinero o te mueres o te arruinas. Hace más daño y te altera más. Es insoportable.

¿Cuál era su función en Malawi?

Era directora del hospital, pero era una cosa entre otras. Después estaba el trabajo social, problemas con más de 500 familias, trabajo en la escuela, en la parroquia…

¿Hubo momentos muy duros?

La época más dura fue la de la epidemia de hambre. En Malawi hay hambre crónica, de temporada, entre una cosecha y otra. Pero hubo un año en el que se produjo una hambruna, porque se perdió la cosecha y el Gobierno había vendido las reservas. Fue un desastre total hasta que no llegó la ayuda internacional. No había nada. Fue una experiencia traumática.

En momentos así, ¿uno no se pregunta dónde está Dios?

Yo lo viví en diálogo con Dios y la gente lo vivía de la misma forma. Nadie le echaba la culpa, Dios estaba al lado, ayudando a vivir y a soportarlo.

¿Cómo se sobrelleva, se hace más fuerte?

No te haces fuerte, la verdad es que lo sufres.

Uno de los grandes problemas en Malawi es el sida.

De la gente ingresada en el hospital del 50 al 75% estaban infectados y sin embargo no había tratamientos efectivos. Fueron años muy duros, muy difíciles. Pero en 2004 el Gobierno empezó un programa en el que la sanidad incorporó los tratamientos, que son carísimos. Fue un paso importantísimo allí y en toda África, aunque había presión internacional para que no se hiciera, porque había miedo de que el sistema sanitario no funcionara si la gente no se medicaba bien y el virus creaba resistencia. Pero no fue así.

¿Disminuyó?

Se ha frenado un poco el contagio, el nivel de crecimiento. Cuando lo tratas, la capacidad de contagiar disminuye. Pero la capacidad para cambiar el comportamiento de la gente es más pequeña.

¿Qué actuaciones hay de prevención?

Muchas. La enfermedad se conoce muy bien. La campaña de prevención del Gobierno fue masiva y no hay nadie que no sepa cómo se contagia.

¿Y por qué no están a favor de los preservativos?

Lo de los preservativos aquí se comprende muy poco. No estábamos a favor porque, aunque parezca evidente que es sencillo, en realidad es más complejo. Se probó que es un arma de dos filos. Hacíamos un esfuerzo enorme porque los hombres vieran a la mujer como igual, queríamos dignificarla porque allí no tiene voz para decidir. Y el preservativo trabajaba en contra, porque mantenía la mentalidad del hombre de hacer lo que quisiera e hizo que fuera más lenta la reducción de la transmisión. No se hicieron responsables, seguían con la misma actitud y no tenían las cosas claras, aparte de que no son seguros al 100% y algunos los rasgaban por la dureza de sus manos. Lo más seguro es tener una pareja y ser fiel. En esos casos sí que insistíamos mucho en que los usaran para no contagiarse, porque allí muchas parejas son dispares (uno tiene y otro no), pero era como hablar con las paredes.

 

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