(José Manuel Vidal).-Lo de la campaña orquestada contra la Iglesia por la pederastia suena a falso y nadie se lo cree. Para hacer frente al goteo de casos de curas abusadores, la única salida que le queda a la Iglesia (mediáticamente hablando) es la de la autoinculpación. Me explico. Se trata de reconocer lo evidente: que el silencio y el encubrimiento eran la norma habitual. Que era todo el sistema el que estaba viciado. Desde la cúpula vaticana hasta la última diócesis. Los abusadores eran pecadores/enfermos, pero nunca delincuentes. Y sus pecados había que lavarlos en casa. Todos sabían, pues. Desde el Papa al último prelado de la Patagonia.
Una vez reconocido que el sistema estaba podrido por dentro a todos los niveles, la Iglesia tendría que dar un paso más. Reconocer que el Vaticano también estaba al tanto y «bendecía» ese sistema. Cuando no lo imponía. Desde Juan XXIII a Pablo VI, pasando por Juan Pablo I, Juan Pablo II y, por supuesto, Benedicto XVI. Todos los Papas sabían.
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