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El Adviento según Ángel Moreno, de Buenafuente del Sistal

«O vas al desierto voluntariamente, o te empujará el Espíritu»

“Soy testigo de cómo el ser humano encuentra la misericordia”

Jesús Bastante 05 Dic 2010 - 12:06 CET
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Ángel Moreno, de Buenafuente, se incorpora a Religión Digital

(Jesús Bastante).- Ángel Moreno es el capellán del monasterio de Buenafuente del Sistal. A raíz de su libro Lectio divina para tiempos fuertes; Adviento, la alegría de la espera, Ángel habla de las Escrituras, y opina con certeza que «la Palabra se cumple, no es un cuento de hadas«. Sobre la dura época que travesamos, cuenta que «hay ciertas cosas que no se dicen nunca porque no son estéticas, como la desesperación». Pero se enorgullece de poder decir que es testigo «de cómo el ser humano, cuando es limpio y sincero de corazón, puede vislumbrar una escotilla por donde entrará la luz de la misericordia».

– Buenos días, Ángel. ¿Mucho frío ya por Buenafuente?

– Ha empezado a helar. Estamos ya en esa temperatura en la que el corazón se caliente pero la cabeza hay que arroparla.

– ¿También espiritualmente, no? Porque estamos entrando en uno de los periodos litúrgicos más bonitos de nuestro calendario.

– Sí, no sólo por ser tiempo litúrgico que llama a la esperanza, sino también por el momento histórico y cultural-social que vivimos. En este momento en el que parece que todo lleva a un desencanto o a una depresión económica y social, que de repente venga una voz positiva, es como el fresco de la mañana que despierta en el monasterio.

– Llevas allí prácticamente toda tu vida, en ese remanso de paz al que ir para cargar pilas, descansar, meditar, encontrarnos a nosotros mismos y reencontrarnos con Dios. ¿Desde hace cuántos años estas en Buenafuente?

Fui recién ordenado sacerdote, en el año 69. Al mes fui nombrado capellán, sin más vocación que la obediencia. Yo no conocía ni siquiera físicamente Buenafuente, pero suelo decir que, en ese discernimiento tan carismático de «el último ordenado, al último lugar» no hay dificultad ninguna. Y a partir de ahí, por voluntad de la Providencia, van ya 41 años en una realidad que el Salmo 125 nos describe muy bien: «Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar».
Cuando yo llego a un lugar deprimido, incomunicado, con edificios arruinados, solo, totalmente abandonado… (había una presencia monástica allí, porque la Iglesia y la diócesis querían acompañar) de pronto, por una providencia de acontecimientos, se empezó a restaurar y a rehabilitar, empezaron a surgir vocaciones y amistad... y hoy contamos con 10.000 personas que acuden allá para unos días de silencio, de liturgia, de retiro y de sosiego interior.

– ¿Qué es Buenafuente?

– Yo suelo decir que es un lugar eclesial, donde cada día, en torno a la mesa de la eucaristía (una mesa redonda), se juntan los carismas de la Iglesia. Viene la vida monástica desde su clausura; viene la vida apostólica con las hermanas de Santa Ana, que cuidan a los ancianos de la comarca; vienen los presbíteros, que vivimos juntos, en comunidad, que atendemos 14 parroquias de la montaña; y vienen los laicos (o bien trabajadores, o bien huéspedes de oración).
Mirando la asamblea, aunque sea pequeña, está la vida consagrada, el ministerio ordenado, y los laicos cristianos. En medio de esa visión de la Lumen Gentium del Vaticano II, de ser una Iglesia-comunión; con la mesa del Señor en el epicentro, presididos por un Cristo románico bellísimo, del siglo XIII, que abraza; y del otro lado un pantocrátor también románico que nos hace el misterio pascual (Cristo muerto y resucitado); es donde celebramos la fracción del pan.

– ¿Y al fondo el sonido del agua?

– Cuando bajamos en verano a la iglesia románica, sorprende. Yo creo que pocas iglesias habrá que tengan manantial incorporado a la propia nave de la celebración. Y, cuando en las tardes de adoración uno queda ahí en el silencio y oye el rumor, ese sonido como cadencioso que te va como hablando, es una experiencia que deja a muchas personas «tocadas» por la escucha.

– Vienes a presentarnos un libro que viene muy bien para la época que estamos empezando a vivir, que es el adviento. Se llama Lectio divina para tiempos fuertes; Adviento, la alegría de la espera. Lo coeditan Publicaciones Claretianas y Claret.
¿Es una guía de ruta?

– Sí, al hilo de la lectura de la Palabra de Dios de cada día. La única novedad de este pequeño libro es que se aplica sobre el texto litúrgico el método de la lectio divina, que es clásico en los cuatro peldaños -que llamaría el cartujano- de lectura, meditación, oración y contemplación. Nosotros afrontamos la lectura de cada día, la leemos, la contemplamos, pero, además, damos como un atrio necesario (y en este tiempo más que nunca) de preparación. No se puede ir de bruces al texto, a la relación humana, ni a la relación trascendente. Hay que tener un momento de disposición, de súplica, de despojo, para encontrarte con el texto.
Inmediatamente que se ha hecho ese desierto interior y mental, viene el texto, que es lo que la Iglesia y la liturgia te ofrecen para ese día. Textos maravillosos por ese estilo profético y esperanzador.
Una vez hecha la lectura, habrá una frase o una palabra que haya golpeado tu corazón. Entonces, entra la meditación que es, como dicen los entendidos, rumiar la palabra que ha horadado tu corteza. Eso te hace comunicarte trascendentemente, quizá por medio de una acción de gracias o de una invocación, hasta llegar a una posible experiencia de paz, de serenidad y de confianza, afianzado en la Palabra, con la certeza de que se cumple, que es fiel, que no es un cuento de hadas. Que el que cree en ella sabe que es más cierto que lo que ve.
Y por último viene, quizá, esa moción (que diría San Ignacio) hacia donde tienes que dirigir tu paso cada día, o, con mayor horizonte, hasta una modificación de tu forma de vivir.
Son esos seis pasos los que aplicamos cada día: preparación, lectura, meditación, oración, contemplación, y acción. Desde el 28 de noviembre al 25 de diciembre.
Después, la editorial ha solicitado que sigamos acompañando en tiempo de cuaresma y en tiempo de pascua. Los tiempos llamados «fuertes».

– Has hecho hincapié un par de veces en el momento actual.

– Creo que la época que estamos atravesando -o al menos la que en los medios se nos ofrece, y la que se palpa en la sociedad-, es recia. Los números son fríos y las realidades humanas son muy duras. Cuando uno está en la pastoral ve ciertas cosas que no se dicen nunca, porque no son estéticas, como la desesperación. Yo he tenido que acompañar en varios momentos situaciones realmente dramáticas. Uno no tiene ahí palabra humana que decir, salvo esa presencia silenciosa y de amistad. Se necesita más que nunca una palabra que supere.
Acabo de venir de estar con unos amigos. A ella se le ha declarado un cáncer, y ha sido impresionante verla decir «ahora sé que Dios me ama y es mi Padre. La gente cree que estoy loca, y yo sé lo que tengo. Pero tengo la experiencia íntima y profunda de lo que significa creer que Dios existe, me conoce y me acompaña».
Éste es el adviento: tener esa certeza, más allá de toda situación, de que hay una persona que es tu Creador, tu Hacedor, tu Padre, tu Señor, que te espera.

– ¿Estamos preparados para que venga? Vemos la Navidad, la celebramos, pero, ¿nos preparamos de verdad para ella? Viene porque tiene que venir, pero, ¿tenemos respuesta? ¿Tenemos los oídos preparados?
¿No parece cada vez más difícil de encontrar esa alegría de la espera?

– Probablemente, tanto a nivel personal como a nivel colectivo, nos está aconteciendo a todos, sin buscarlo, un ir al desierto. La sociedad nos lleva a una situación de inestabilidad y de inseguridad, como la que siente uno cuando va a un lugar solitario. Ese abismo, ese choque, que debes afrontar para abrirte. Entonces es cuando dices «aquí estaba Dios y yo no lo sabía». Al lado de lo que parecía lo último, lo que parecía insoportable, se te abre una luz que no es tuya, que no conocías hasta ese momento. Por tanto, aunque es verdad que quizá a nivel público o social no parezca que haya preparación, estamos en el momento más preciso para la ruptura de lo inmediato. La ruptura del techo.

– ¿Tenemos que aprender a escuchar esa voz que clama en el desierto?

R- Es curioso, porque los textos nos llevan al desierto. Juan precursor viene desde el desierto, y Jesús irá al desierto. Es una clave. O vas voluntariamente, o te empujará el Espíritu, como dice el texto. Hay veces que uno es llevado, no va por propia iniciativa. Normalmente al desierto hay que ir por obediencia.

– En tu tarea como pastor y como responsable de un lugar de desierto, ¿estás viendo en los últimos tiempos más situaciones de desolación, de humillación y de pérdida? De dolor, de desesperación…

– Lo que allí veo es cómo la persona ha llegado al límite, y por pura deducción interior, viene a preguntarse por otra realidad. No viene sólo a compartir la desolación, sino buscando, sospechando. Hay veces que yo me planteo cómo es que cierta persona se hace esas preguntas. Sorprende cómo el corazón humano tiene dentro de sí mismo esta demanda de abrir su existencia.
Este verano ha habido varios muchachos que han venido porque se les había muerto un compañero. Y se decían «yo no puedo seguir el mismo camino, y aquí estoy para preguntarme por qué».
He visto gente romper hasta con dependencias y abrirse a una realidad trascendente. Soy testigo de cómo el ser humano, cuando es limpio y sincero de corazón, y busca más allá de lo negativo, puede vislumbrar y otear una puerta, una escotilla, por donde entrará la luz de la misericordia.

– Muchas gracias por estar aquí con nosotros, Ángel. Ésta es tu casa.

– Ha sido un privilegio.

– Ojalá esa alegría de la espera llegue a todos nuestros corazones, y sepamos estar preparados para la venida del Niño Dios que, pese a todo, sigue llegando.

– Hay un canto que nos compuso Ignacio Llepes hace mucho tiempo, que hace esta llamada: «¡Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor!«. Porque, como dice el Salmo 26, «Él te cobija, te acompaña».
Nosotros tenemos que responder como un niño: «Mi corazón no es ambicioso ni mis ojos altaneros, no pretendo grandezas que superan mi capacidad, sino que acallo y modero mis deseos como un niño en brazos de su madre».
«Espera en el Señor, sé valiente».

 

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