(Ángel Moreno, de Buenafuente).-En los textos que hoy nos propone la Liturgia, encontramos resonancias paralelas que, al meditarlas unidas, ayudan a comprender mucho mejor el mensaje revelado.
Hoy, el elemento luz es central y se nos presenta en una clave un tanto paradójica y existencial. Porque la Palabra, a la vez que se refiere a la luz, también lo hace a las tinieblas y a la oscuridad, que son vencidas cuando, en lugar de quedar encerrados, hundidos, pesimistas ante la oscuridad de circunstancias adversas, se irrumpe con generosidad solidaria y se practica la justicia y el bien: entonces «romperá tu luz como la aurora».
La propuesta evangélica de ser luz, de dejarse ver, como la ciudad puesta en lo alto, que no se puede ocultar, no significa una invitación a la ostentación vanidosa, ni a un protagonismo orgulloso. Todo lo contrario, el resplandor y el brillo deslumbrante surgen cuando partes tu pan con el hambriento, hospedas a los pobres sin techo, vistes al que ves desnudo, no te cierras a tu propia carne.
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