(José Ramón Scheifler en Deia).- Porque lo fue. No se reúne un millón y medio de jóvenes de los cinco continentes ni para un partido de futbol. Hacerlo para una serie de actos religiosos durante cuatro días, aguantando implacables calores y una fuerte tormenta, es un acontecimiento.
¡Chapeau! Chapeau a la organización, tan compleja desde la acogida a los jóvenes como perfecta en lo material y sus toques artísticos: escenario de Cuatro Vientos y desfile de esculturas inigualables en el Vía Crucis. No se puede negar que los medios, la TV oficial, ha cubierto espléndidamente la solemnidad de los actos, retransmitidos a numerosas televisiones extranjeras. El mismo Papa agradeció al Comité Organizador y también a la Comisión Mixta con las Administraciones del Estado, de la Comunidad y Ayuntamiento de Madrid, obviamente imprescindible.
Quizá fueran demasiados días de cierta ocupación para una ciudad cuyo tráfico es ya de ordinario congestionado. Para mí, estuvo fuera de lugar la guinda de los neocatecumenales (Kikos) al día siguiente si ya estuvieron en los anteriores, y mucho más si no lo hicieron. Las capillas no pintan nada en lo universal.
Chapeau a los jóvenes, sobre todo a los llegados de lejos fundamentalmente para los actos religiosos con espíritu abierto, constructivo y alegre. El ánimo juvenil de singularizarse y conocer mundo ha estado presidido por el de poner en común sus aspiraciones e ideales, intercambiar la riqueza de sus culturas y experiencias, «arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe», como rezaba el lema. Para más de uno de esta vieja Europa y de otros países muy mayoritariamente no católicos, esta necesidad natural en todo colectivo humano, sea político, cultural o religioso, de agruparse les habrá ayudado a superar cierto complejo de sentirse raros y solitarios como católicos frente a la indiferencia de muchos o la superioridad numérica de otras religiones en las que tal vez nacieron o fueron educados; rompiendo así la ambigüedad de toda masificación.
Por otra parte, el contenido de los actos programados es el mismo que el catolicismo ofrece a diario, en especial en los días festivos en cada uno de sus templos, en una comunidad cercana de diferentes edades, como en las familias, lugares más a propósito para el recogimiento y la reflexión. Ignoro cómo son hoy esos jóvenes católicos de países lejanos y cuál es su actitud y práctica religiosas habituales. Si en Madrid hubo, como me dicen, miles de jóvenes vascos, me pregunto dónde están los restantes días del año y dónde o cómo practican su religiosidad o si también para ellos su Primera Comunión fue la última o incluso el acto de su Confirmación selló su definida retirada y ausencia. Aparte de que la fe y el cristianismo es mucho más que un manojo de efímeras emociones, mucho más que un grandioso y magnífico espectáculo. Sin duda, ver de cerca la figura del Papa y sentir directamente la voz de sus arengas e insinuaciones puede ser atrayente. Su pensamiento y su palabra más completa están, sin embargo, de modo más continuo y variado, más favorable a la reflexión reposada y sin el más mínimo riesgo de caer en cierto culto a la personalidad, en algunas de las revistas católicas (Ecclesia) o de sus obras, por ejemplo, la que él mismo considera «la de su vida», Jesús de Nazaret, dos volúmenes, a la espera del tercero, u otra a la que más tarde aludiré.
Chapeau a Benedicto XVI. Mens sana in corpore sano. Si los dos colectivos anteriores han realizado un meritorio esfuerzo, el de Benedicto, a sus 84 años, es para haber muerto en el intento. Él ha sido la persona, el protagonista, en todo momento durante cuatro días. Desde los actos protocolarios con las autoridades religiosas, civiles y políticas, sus distintos encuentros con el millón de jóvenes, con candidatos al sacerdocio, con religiosas, profesores universitarios, discapacitados… a los ritos sagrados con esos ornamentos encima bajo un despiadado calor y las trece alocuciones públicas que muchos mirarían con lupa.
Ciertamente, para quien conoce el pensamiento actual del Papa, tan distinto en varios aspectos del del teólogo de 1969 -por ejemplo en El pueblo de Dios-, es natural que no haya habido sorpresa mayor. Fuera del acto en Cibeles, en el que tampoco descendió a lo concreto, ha evitado todo confrontamiento con el aconfesional Gobierno Español. Se ha dirigido siempre a un público entregado, a favor, en plan festivo, incluido el de carácter universitario. Muy fundamentalmente ha incitado a los jóvenes a seguir a un Jesús que sólo genéricamente ha descrito, a mantenerse firmes en su fe y a no avergonzarse de ella en ninguna de las situaciones de la vida. Sin embargo, no les ha recomendado una progresiva y seria formación en ella, indispensable para dialogar dignamente con la cultura y ciencia actuales dondequiera se encuentren.
Tampoco ha destacado el aspecto social del cristianismo. Una sola vez ha pronunciado en sus alocuciones la palabra «solidaridad» y otra «servicio». Diría que, con Jesús, el otro tema de fondo con vigor y entusiasmo, ha sido el Dios de la verdad y del amor. En su alocución a los profesores universitarios, ha invocado la palabra «verdad» catorce veces, referida siempre a la «verdad total», la «verdad completa», o a la «verdad misma», la «verdad sin adjetivos»; así como a la «vida auténtica», la «vida en plenitud», frente a una «existencia sin horizontes» o una «libertad sin Dios», frente a una razón o racionalidad que, sin la trascendencia y la revelación sería, según él, incapaz de una vida humana justa y libre. Este es, a mi juicio, el nudo de su debate con el laicismo o lo confesional. No es extraño que, en su visita a Francia, en un foro pluralista de intelectuales, se acogiera con gusto al laicismo «positivo» que le brindó Sarkozy. Como si el laicismo a secas tuviera una nota peyorativa o estuviera inficcionado por el virus anti, antirreligioso, anticlerical, o en lo puramente humano, racional, le faltara algo. No es así.
Estoy convencido, sin embargo, que el Estado laico o aconfesional, que implica separación de cualquiera confesión religiosa, no enfrentamiento ni falta de diálogo e inteligencia mutua, es lo más razonable y deseable. Y pienso -y me extrañaría muchísimo que gente mucho más inteligente que yo no lo pensara- que puede haber y hay muchas vidas plenamente libres, honestas y justas, aunque sin recurso a la transcendencia, a la revelación, a la fe, a Dios; sin esa verdad «total», sin esa vida en «plenitud», sin ese «horizonte», en que creemos y esperamos los cristianos, sin poder probarlo definitivamente. Sin ese «Yo soy el camino, la verdad y la vida», que el cuarto Evangelio pone en boca de Jesús. Si «la fe no es fruto del esfuerzo humano, sino un don de Dios», pienso -sin entrar en disquisiciones- que ese don respeta la libertad al sí o no de la opción humana.
El párrafo aludido más arriba, que ha suscitado protestas, se refiere a los que «creyéndose dioses… desearían decidir por sí solos lo que es verdad o no, lo que es bueno o es malo, lo justo o lo injusto, decidir quién es digno de vivir o puede ser sacrificado en aras de otras preferencias…». Entiendo las protestas y pienso que, aun dentro del sentido que Benedicto quiere dar a «creerse dioses», ni el más cientificista se cree Dios o dios si realmente es científico.
A su vez, en toda sociedad pluralista que respete los derechos humanos, la autoridad cívico-política para mantener la imprescindible ética común se ve obligada a legislar conforme a dicha pluralidad aunque más de una vez la ética resultante sea la llamada de mínimos; eso sí, dejando a la Iglesia y al Santo Padre proclamar su propia moral. Tampoco esto conlleva necesariamente creerse dioses. Podrían incluso ser cristianos y católicos los gobernantes de turno y no podrían legislar de otro modo. De esta manera, aparecerá aún más claramente la «radicalidad evangélica» y su moral, a la que se ha referido el Papa cuatro veces en otro de sus discursos, así como su esperanza cristiana.
Por supuesto que manifestarse públicamente en contra de la venida del Papa es un derecho ciudadano al que la autoridad debe dar cauce manteniendo a salvo el orden. Tampoco ha faltado alguna protesta periodística por la presencia del presidente del Gobierno aconfesional en alguno de los actos y cierto dispendio de dinero público en las Jornadas. Cualquier Estado que se respete, ante una concentración internacional de esta envergadura, está obligado a cierto gasto, aunque no sea más que para mantener el orden y la seguridad. Parece olvidarse además que, por muy o exclusivamente pastoral que sea la presencia del Pontífice, es a la vez la de un Jefe de Estado con el que España tienen relaciones diplomáticas y al menos un pacto internacional. Otra cosa es el coste total de la Jornada y quiénes ha sido sus principales mecenas; más, teniendo en cuenta las hambrunas en Somalia, etc. Cuestión ésta que exige más espacio y acaba urgiendo la conciencia de cuantos disfrutamos de la sociedad de bienestar por fuerte que sea la crisis actual.
No cabe duda de que la JMJ ha sido, externamente al menos, un gran éxito. Pero no debe engañar a nadie sobre la realidad de la religiosidad católica de los españoles en continuo y acelerado declive. Más aún, respecto a la exigencia papal de «que seguir a Jesús en la fe, es caminar con él en comunión con la Iglesia». Me temo que cada vez son más los cristianos que, sin romper totalmente esa comunión, no creen en la Iglesia. Y me temo que buena parte de la causa sea de la propia Iglesia. Que «los españoles tienen» el ADN católico (cardenal Rouco, El Mundo, 14.8.11), no pasa de ser una boutade.
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