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José Ignacio Calleja publica "Los olvidos sociales del cristianismo" (PPC)

«El puesto actual de la mujer en la Iglesia no es de recibo»

"La Iglesia es una de las voces institucionales más perseverante en el discurso de los derechos humanos"

13 Dic 2011 - 17:35 CET
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(José Manuel Vidal).- José Ignacio Calleja acaba de publicar «Los olvidos sociales del Cristianismo» (PPC), una reflexión que este teólogo, especialista en Moral, hace sobre la realidad de los cristianos, y de la Iglesia, en la sociedad actual. Con luces -«incluso en plena crisis los cristianos más admirables se entregan en cuerpo y alma a la caridad»-y con sombras -«no es cuestión de ideas, sólo, sino de lectura integral del Evangelio y acogida del Jesús de Dios»-.

«Los olvidos sociales del cristianismo». ¿El título refleja una acusación o una denuncia?

Una acusación, no. Yo no acuso así como así. No estoy acostumbrado, ni me creo con derecho. Y tampoco una denuncia, sino una constatación de un hecho del que deberíamos tomar conciencia en la Iglesia. El cristianismo que yo conozco y en el que vivo, el que estudio y el que celebro, es muy sensible a la dimensión particular y «espiritual» de la fe y mucho menos a la dimensión social de la vida humana y de la respuesta cristiana. Incluso en plena crisis, los cristianos más admirables se entregan en cuerpo y alma a la caridad, pero no pocos sufren ante la dimensión estructural de la injusticia y qué denuncias sociales completarían su caridad. No quieren sustituir la justicia por la caridad, pero al resistirse a considerar este problema y denunciarlo, se les vuelve inevitable. Y es que el análisis social no resuelve las injusticias, pero nos sitúa a los sujetos ante la responsabilidad en el mal. Y esto nos duele. Y duele a la propia Iglesia y duele a muchos de sus hijos. El discurso social de la Iglesia, la DSI, y todavía más con Benedicto XVI, ha crecido en claves religiosas, teológicas y antropológicas, pero ha perdido en claves sociales y estructurales. De hecho, el Pontificio Consejo «Justicia y Paz», en su pronunciamiento del 25 de Octubre pasado, ha dejado al desnudo las insuficiencias «sociales» de la Caritas in Veritate. La prueba es que la Secretaría de Estado (Bertone) ha sacado una circular que obliga a contar con su sello en los documentos de la Curia que lleven la firma del Papa. Firma y sello, cada uno por su lado. En la Secretaría de Estado están desconcertados con ese escrito.

¿Por qué necesita la Iglesia católica reconciliarse con la sociedad moderna?

Yo creo que hay que aclarar bien eso de que la Iglesia tiene que reconciliarse con la sociedad moderna. La sociedad moderna tiene muchos flancos débiles y hay que descubrirlos y mejorarlos. El Evangelio es muy rico en historias humanas y en pautas religiosas que la modernidad no debería ignorar para curarse en sus excesos y equivocaciones: la condición religiosa del ser humano, la bondad o el amor como experiencia última de la vida espiritual, el carácter nunca absoluto de las conquistas y utopías humanas, la interpelación moral absoluta que los más débiles representan siempre, la confianza en los otros, el perdón siempre ofrecido, la no violencia activa, el samaritanismo como religión fundamental, el silencio, la austeridad para compartir, el servicio de los ministros en la comunidad de los iguales en derechos y deberes… Todo lo que son nuestras tradiciones, evangélicamente depuradas. Ahora bien, como nuestro instinto corporativo ha sido el rechazo de la sociedad moderna, y como crece en la Iglesia la huida hacia la cultura premoderna, defiendo que hay conquistas modernas irrenunciables. Insisto, en un diálogo sincero y crítico, por ambas partes, pero irrenunciables. Y así, la autonomía de la conciencia personal (derechos civiles), el valor de la democracia (derechos políticos), la libertad de investigación (derechos culturales), las condiciones reales de la justicia social (derechos sociales) y el empeño por una moral civil básica, ¡qué no mínima!, son decisivos. Todos son relativos se dice, y es así, pero no a Dios, directamente, sino relativos a la dignidad de la persona, en cuyo conocimiento todos somos iguales. Por tanto, no hay atajos religiosos para definir los derechos humanos que derivan de la dignidad de la persona, sino el camino común de los humanos que, recorrido entre todos, recibe de muchos de nosotros el significado también religioso. Es lógico y legítimo anunciar este camino religioso, pero sabiendo que se sitúa en otro plano que el común de la razón, sin sustituirlo, ni ignorarlo, ni falsearlo. Si no entendemos esto, no hemos hecho el camino de la secularización justa del mundo, y no podemos ser laicos en un estado democrático. Se nos atraganta eso de la laicidad como el pueblo de los iguales en derechos y deberes, sustituida por los derechos de Dios; derechos que, entonces, nosotros interpretamos para todos; por la razón, para los razonables, y por la razón iluminada por la fe, para los rebeldes. De tejas abajo, nadie sabe más que otros de la dignidad humana; con la fe, y como anuncio de la fe, creemos en otras certezas y no callamos; pero son de fe.

¿Y la Iglesia española, de una manera especial?

La Iglesia española está bien reflejada en lo que he dicho. Tenemos poca práctica de vivir en una democracia y, la secularización justa, la que precede a la laicidad, no la tenemos bien asimilada; el resultado en laicidad es muy pobre todavía. Nos cuesta reconocer la legítima autonomía del mundo, la creemos absolutamente relativa a la fe, y por tanto, a la Iglesia, guardiana de la moral natural. Ella puede pecar, pero no equivocarse, creemos; y así, tiene legitimidad para corregir fraternalmente, y en nombre de Dios, a los demás. Si a esto se añade que la cultura tradicional española se supone católica, ¡desde luego, más que cristiana, sí!, y que hay una referencia constitucional y un concordato de por medio que nos favorecen mucho, y todo ello coincide con un gobierno socialista, primero y en épocas de bonanza, beligerante en cuanto a su interpretación de la laicidad, y después, en plena decadencia, a la defensiva en todos los ámbitos, se explica lo que ha pasado. Una Iglesia en buena medida identificada con el concordato, profundamente discutible, y con un concepto del derecho a la libertad religiosa, también discutible; pues se entiende que ese derecho es a la religión concreta que se profesa, y en nuestro caso, a la fe católica en la escuela o en la vida pública, y a la financiación general del culto. Otra vez muy discutible. En fin, el catolicismo español, al menos en sus grupos y personas de más peso en la institución, claramente se ha sumado a la bola de nieve conservadora y apuesta por una realización de la Iglesia española con un reconocimiento de la secularidad precario. Como fuera que hay un neoconservadurismo cultural y político que reclama de la religión un papel inspirador, todo se presta a que nos falte autocrítica pastoral.

La defensa de los Derechos Humanos nos hermana con la sociedad. ¿Se respetan ad intra como se proclaman ad extra?

Sí, esta defensa nos hermana. Hace tiempo que la Iglesia es una de las voces institucionales más perseverante en el discurso de los derechos humanos. Siempre con el lenguaje curial o diplomático que nos caracteriza, pero es un valor. Su credibilidad está muy mermada, pero es un valor. A veces, chocamos con sectores del «mundo» en la interpretación de algunos derechos humanos en el ámbito de la bioética. No tantas como parece, pero sí en varios supuestos muy graves. Si hacemos bien el esfuerzo de dar nuestras razones, éticas y de fe, yo creo que es un servicio moral inapreciable para la sociedad. Pero hay que hablar y actuar con honestidad, no con ideas de brocha gorda. Por su parte, los derechos sociales no tienen el eco debido en la palabra eclesial, porque tampoco lo tienen en la sociedad, y vivimos en una relación de vasos comunicantes. Además, los derechos sociales suenan peor en los oídos de los Estados y las Corporaciones Multinacionales, y en no pocos cristianos, lo que unido a su apariencia de «política», ahí están, renqueantes, casi como coletilla final al hablar de la caridad cristiana. Para asomarse en serio a los derechos sociales hay que tener una mentalidad fuertemente crítica del «statu quo» y la Iglesia en esto no es maestra, desde luego. No es la última de la clase, pero muy atrás, sí. Y luego, los derechos humanos dentro de la Iglesia, yo creo que esto hay que reflexionarlo en serio; el puesto actual de la mujer en la Iglesia, no es de recibo; ni en cuanto al gobierno, ni en cuanto al sacerdocio; por su parte, el celibato obligatorio en el sacerdocio, no tiene la claridad doctrinal que se le atribuye, ni de lejos; además, los caminos «abiertos» a la opinión pública en la Iglesia, la corresponsabilidad en la elección de su jerarquía, el conocimiento de la gestión ordinaria y extraordinaria, la publicidad general y en los procesos conflictivos, el control y la transparencia reglados, todo esto deja mucho que desear. Con la clásica respuesta de que la Iglesia no es una democracia, no se resuelve nada, porque la Iglesia es más que una democracia, y el oscurantismo reina por doquier en las decisiones más importantes, el seudo-amiguismo es ley en los nombramientos principales y faltan reglas claras en los casos de conflicto. No sé por qué hay tanto miedo a la transparencia reglada, si todo es obra del Espíritu y nadie se mueve por otros intereses que el servicio. Digo yo. Pero en fin, lo de la mujer en la Iglesia, me parece lo más grave de todo. Y de resolverse bien, mejorarían mucho las demás carencias en derechos.

¿El derecho natural, interpretado por la Iglesia, está por encima del Estado de Derecho y de sus leyes?

El derecho natural está por encima de las leyes del Estado de Derecho, sí, pero ni la Iglesia tiene el don divino de interpretarlo para todos, pues lo haría a la luz de la razón, y no se ve por qué en ello ha de tener ventaja democrática; o lo haría, por la fe, y no se ve por qué en ello puede sacar mejor que otros conclusiones laicas. Así que al derecho natural accedemos todos como seres humanos, y no como dioses; accedemos a la verdad natural, a la medida de los humanos; todos. Como fuera que la Iglesia piensa que la razón iluminada por la fe da buena cuenta de esa ley moral natural, es legítimo anunciarla así, pero reconociendo que nos fiamos de la experiencia humana común y de la fe; por tanto, que esa palabra eclesial es una muy importante en el concierto social, sobre todo cuando viene llena de experiencia y sabiduría, pero no es la única ni es suprema para todos fuera de la comunidad de los creyentes; si el Estado ha legislado contra natura, la mayoría democrática se lo reprochará y echará al gobierno; si no lo hace, esa ley democrática, así respaldada, es ley común y hay que cumplirla; quienes la vean radicalmente injusta tienen derecho a contestarla. Con condiciones: apelando a una ley de objeción de conciencia, vías pacíficas, no causando mayor mal social del que se quiere evitar, cumpliendo claramente las demás leyes democráticas, y seguramente padeciendo los efectos de la ley vigente mientras lo esté. (Esto último es objeto de una prolija discusión). Y por cierto, este derecho de objeción de conciencia en casos de amenaza de la ley o dictamen a valores fundamentales, también rige en la Iglesia. No deberíamos callarlo.

Asegura que la jerarquía española hace una «denuncia moral desequilibrada»: insiste demasiado en la moral sexual y se olvida de la moral social.

Absolutamente, sí. Muy desequilibrada. En realidad la bioética y la ética sexual atrapan casi todas los pronunciamientos morales de la Iglesia; o, quizá, mejor, destacan en el conjunto sobremanera; primero porque es más fácil y tienen más recorrido en la historia; tenemos más claridad en esos temas y hasta la sociedad nos ha especializado en esa respuesta. A menudo pienso que hay un juego de roles, que si la Iglesia fallara a la cita de la sexualidad y la bioética, dirían que no nos reconocen. Por su parte, cada palabra en ética social levantaba antes alguna acusación de «intromisión política», pero, ahora, el mundo es más sutil, nos ignora. Y eso que, en moral social y económica, hacemos muchos distingos en el supuesto y en la valoración. Nótese que todo va en condicional y subjuntivo, expresado como un deseo, mientras que en moral sexual, todo es más directo y rotundo, expresado como una máxima. Es la consecuencia de un planteamiento antropológico y salvífico que piensa así: Al final, son la conciencia moral y el alma lo que están en juego en el pecado, el juicio y la salvación.

¿Católicos de presencia o de mediación?

Pues creo que los dos caminos son posibles cuando se confrontan con dos exigencias; una es el Evangelio, vivido y pensado con muchos otros, buscando hacerlo en comunión, desde la experiencia del Amor de Dios y el Amor por los últimos, sin ignorar las causas sociales. La otra exigencia es el respeto de la mayoría de edad de la sociedad democrática, en el pueblo de los iguales en derechos y deberes. Si no sabemos ser bien «laicos», no podemos bien ser cristianos; y si no sabemos ser bien cristianos, seremos testigos en la laicidad de experiencias cristianas pobres. Parece sencillo, pero comprendo que no lo es. Hoy, los movimientos más reconocidos en la Iglesia, no saben ser bien laicos, y según creo, seleccionan demasiado en el cristianismo, pareciéndome una espiritualidad neoplatónica y un seguimiento de Jesucristo tan emotivo como alicorto; se puede mejorar mucho; reciben tantos reconocimientos que van a morir ensimismados y su politización de fondo es tan neoconservadora que no es de recibo. A su vez, lejos de ellos, los movimientos más alternativos en la Iglesia, y los particulares, tienen que depurar su concepto de laicidad, para no entregarse (entregarnos) anónima o acríticamente al mundo moderno, y tienen (tenemos) que afinar en el reconocimiento más íntegro del Evangelio para depurar que la pobreza de espíritu no es una pobreza más, sino la meta que hace plenamente evangélicas a todas ellas, y, según creo, para participar en los cauces eclesiales comunes, con todo el sentido crítico que ser requiera.

¿La jerarquía española está demasiado politizada y ‘derechizada’?

Sí, los que entienden de esto, así lo dicen. No me hago el loco. Yo entiendo menos. Yo sí que veo que el Episcopado español en los últimos veinte años, en aquellos que conozco, se nutre de sacerdotes muy conservadores moral y políticamente; lo veo claro; el tratamiento religioso, moral y social de los «temas» es entre idealista y neoconservador; las cosas, comos son; si no te mueves, alguna vez darás bien la hora, pero… Es verdad que la palabra de caridad social y la denuncia no faltan en su boca, ocasionalmente; no me atrevo a decir que no sean personas solidarias; pero su palabra suena muy frágil; denuncian, y barren para casa, porque la culpa de todos los males es el vacío religioso y moral; presentan por delante la acción de cáritas pero nunca se sabe qué piensan del modelo social capitalista; dan por buena la lectura posibilista de la salida de la crisis y se toman para hablar más cautelas que el gobernante de turno. Han extendido la idea de que estar contra el aborto y el divorcio es ser contracultural como Jesucristo, el no va más del testimonio martirial cristiano, pero nunca arriesgan una posición firme y pública, como Jesucristo, contra las injusticias sociales más graves y ante los grupos sociales más responsables; el cuidado de los propio es consustancia a su prudencia política. Sí, hay un conservadurismo galopante en la Iglesia, y el que se mueve, no sale en la foto. Y no es cuestión de ideas, sólo, sino de lectura integral del Evangelio y acogida del Jesús de Dios. No sólo de Jesucristo, sino del Jesús de Dios, su Cristo, en los signos del Reino y en este tiempo y lugar.

¿Hemos pasado de una Iglesia excesivamente temporalista a otra demasiado espiritualista?

Yo no creo que la cuestión recaiga sobre el «excesivamente», sino sobre la calidad de ese temporalimo y de ese espiritualismo. Cuesta buscar la madurez en un proceso de cambio personal e institucional, y la respuesta no es «en medio». Hay que trascender ambos conceptos y llenarlos de un significado más rico. Es lo que ahora habría que hacer. Yo creo que la Iglesia, con Benedicto XVI, está recuperando con mucha inteligencia y fuerza el valor más profundamente cristiano de la espiritualidad; la teología y la fe como espiritualidad del Amor de Dios hecho vida, alabanza y testimonio. Pero falla, a mi juicio, que nace desencarnado, sin cuerpo histórico y social, sin acoger la historia en sus estructuras de pecado social, y así, aspira a llegar a Dios sin pasar por esa historia, y a volver a ella con las respuestas de gracia hechas. Es un atajo sobre la Encarnación. (A mi juicio). Y antes, a muchos, cada uno sabe a quién, no nos perdió el exceso de temporalidad sino de una temporalidad demasiado aislada de la trascendencia que le da significados muy nuevos en la fe, y que reclama modelos de compromiso social que evangelizan de obra y palabra. Se trata, también, de que la Encarnación opere como justicia histórica y, a la vez, como anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios que crece en lo más humano del mundo, «ya sí-todavía no». El concepto «mezcla» de las dos dimensiones de la única historia de la salvación, es fundamental. En esto pienso al decir, «trascender» el significado de temporalismo y espiritualismo. Por supuesto toda evangelización se quiere completa, pero sabe distinguir lugares y tiempos, sabe que es una oferta a la libertad humana y sabe que donde algo humano crece, crece la salvación de Dios.

Dice usted: «Argumentar reiteradamente, como en el caso español, desde el Concordato es un fracaso pastoral y moral». ¿Por qué?

Ya lo he dicho, adelantándome. El Concordato tiene una legitimidad democrática muy dudosa; y una legitimidad moral, en cuanto a la sociedad de los iguales en derechos y deberes, más dudosa todavía; y una disonancia con lo que parece más nuclear del Evangelio de Jesús, más chirriante, si cabe. Así, que si algo de esto o mucho fuera cierto, la apelación al Concordato para cerrar un debate moral o pastoral es decepcionante. Es claro que si yo reclamo algo, y lo hago como un derecho, no puedo partir de una ley, pues también esa ley hemos quedado antes que puede ser injusta en temas claves; y aún no siéndolo, yo puedo valorar que pastoralmente me atrapa en una posición que impide o dificulta en serio ser testigos creíbles de Jesús. Yo no estoy contra acuerdos Iglesia-Estado, pero hay que valorarlos en términos democráticos, éticos y pastorales. No quiero ningún derecho que no me corresponda; y puedo plantearme el valor evangelizador de alguno de los que me correspondan, y preferir no tenerlo. Hoy, si no se acepta ser parte del pueblo o sociedad de los iguales en derechos y deberes, el Evangelio está perdido. La Iglesia sufre para reconocerlo y apela a su servicio a la fe.

¿Por qué sostiene que «fuera de los pobres no hay salvación»?

Este es un concepto teológico para tesis. Y sin embargo se puede adelantar algo en sencillo. El subtítulo de mi libro es «la dignidad humana desde los más pobres«. Quiero decir, y que me perdonen los pobres por mi distancia, que el problema de la salvación de Dios, en su realización histórica, (ya sí – todavía no), es que sus criaturas puedan vivir conforme a su dignidad, que tengan oportunidades reales de responsabilizarse de esa dignidad y de disfrutarla fraternalmente todos; es un sueño, pero es un sueño con carga ética inapelable y carga espiritual fecunda. No soy un iluso, y sé cómo es la realidad personal de limitada, pero la experiencia primera de la fe en Jesucristo, y en su Dios, tiene que acoger esta compasión hacia los últimos y olvidados del mundo. Sin esto, no hay credo que valga en serio. Es como si la mirada religiosa pura o la cosmológica o la mística, más pronto que tarde, tropezaran en el rostro de Dios que nos dijera, «mira a tu lado, comprende sus vidas, asume su dolor», y «ahora mírame, ahora entiendes quién soy yo y dónde me alcanzas sin rodeos». De aquí concluyo, que si no miras la vida desde ellos, y vives la fe desde ellos, y la piensas actúas bajo ese impacto, no hay forma de conectar con el Jesucristo de Dios; y si no logras esto, el Dios al que llegas, es ideología religiosa o metafísica de la cultura humana. Sea suficiente. Ya ves que no he dicho nada de praxis liberadora, y debería hacerlo; no quiero asustar.

¿Cómo promover desde el cristianismo poyectos sociales alternativos?

Hay gente admirable que lo hace. Me consta entre religiosos y religiosas, entre laicos y sacerdotes que lo hacen en niveles de escaso eco pero gran valor local; hay gente que hace maravillas en sus barrios a la luz de la acción social y de la fe. Hay propuestas y realizaciones en Cáritas y en otros Departamentos Sociales de la Iglesia. Hay publicaciones que narran propuestas concretas (pienso en Cristianismo y Justicia). A veces eso de proyectos sociales alternativos suena a otra sociedad completa. Son eslabones de una cadena, piezas de un puzzle, acciones de promoción e inserción muy significativas para un grupo, para una Zona, para una Diócesis; a veces son acciones económicas, otras son éticas y formativas, otras son de concienciación pública y denuncia… prefiero que sea con otros, y no en solitario; la cuestión es no encerrarnos en una solidaridad corporativa, para los asociados, y sin carga crítica de las estructuras. No hay nada más engañoso que eso de, «no hay otra solución social; y, si hay, dinos cuál»; cuando la pregunta es «¿quieres tú venir conmigo a buscarla, o ya no crees en nada alternativo a esto? Bien, pues di que no crees en otra cosa, y no te excuses en que no hay caminos. Y ahora a ver cómo me explicas que Dios en Cristo ha dado a la historia posibilidades inéditas de justicia, conforme a nuestra responsabilidad, claro está». Quizá sea más cierto que nunca, añado, que no es tiempo de minorías vanguardistas que nos salvan, sino de mayorías ejemplares que se responsabilizan de su vida con intención de vivir humanamente y dejar vivir. Hay tarea.

¿El sistema saldrá reforzado de la crisis y sin ni siquiera pedir disculpas a los que arrojó a las cunetas de la vida y de la sociedad?

En mi opinión, el sistema es un concepto como sabes algo abstracto. Nos referimos a sujetos y empresas bien concretas y reconocibles. Nos referimos a reglas e instituciones sociales. Pienso en la propiedad privada sin límite, pienso en los paraísos fiscales, pienso en muchos mercados financieros, pienso en las reglas de comercio, pienso en empresas y bancos concretos… Lo menos malo de la crisis es que conocemos con nombres personales y corporativos a los amos del mundo. Los tenemos localizados, y esto tiene un valor estratégico importante. Aquí no los pongo en lista, pero están ya localizados. Ahora bien, si vamos a seguir igual, pues yo creía que no, pero ahora tengo dudas. Yo creía que las primitivas advertencias para regular los mercados financieros iban en serio, pero no es así. No espero que pidan disculpas, sino que los controlemos. El dinero no tiene corazón, y aprisiona a su tropa con celo de tirano. Si no crees en lo que haces, y estás dispuesto a hacerlo en cualquier supuesto y coste, no sirves. A la calle. No disculpo, pero así es su lógica y por eso, primero nos corrompe en lo social, y después en lo personal, y al final nos utiliza. Pero, ¿qué va a pasar?, pues sí, creo que el modelo social va a seguir y que hallará una salida muy injusta todavía; pero pienso que ha visto sus límites; todos hemos visto sus límites; esto es importante; creo que quienes gobiernan, me refiero a la política, quieren salir de ésta como sea, (en general), y creo que una vez de lograrlo, ¡soy un iluso!, van a intentar recomponer las reglas de juego con un sentido más justo; hablo a diez años vista; habrá otro pacto social al estilo del que ha sostenido al Estado de Bienestar, y será en un nivel de bienestar más sostenible y austero, que no por ello peor; incorporará a nuevas poblaciones, los nuevos pueblos «desarrollados», y mantendrá salidas muy pobres para los más pobres del Sur; va a crecer el círculo de los incorporados al «desarrollo», pero 3000 millones de pobres seguirán siéndolo y el modelo general va a subsistir; así tiraremos hasta la próxima mega-burbuja financiera, o alimentaria, o del agua dulce, o del ecosistema… El dinero es temible, es la peor bomba atómica cuando se funde el núcleo del reactor. Por eso es tan importante lo que pueden aportar, por ejemplo, las religiones y el movimiento civil alternativo en la asimilación moral y política de la dignidad integral de todos.

¿Es posible y realista la esperanza navideña en medio de la crisis?

Es posible, desde luego, y hay motivos de esperanza para creer en lo que nos toca hacer y hacerlo de corazón; y es realista, pues al cabo empujamos la vida en lo que nos toca delante y día a día. Ahora bien, que la Buena Noticia cambie el mundo por su alma, y lo demás importa menos, yo no lo creo; no es posible, todo va junto, y la Noticia Buena es que Dios se implica en la historia humana y la vive con nosotros a ras de tierra, en el mismo dolor y con no pocas alegrías. Y esa Buena Noticia susurra que la última palabra sobre la vida más frágil y sufriente, individual y asociada, no está dicha en la espesura de la crisis, ni en la injusticia, ni en el pecado. Al contrario, la Buena Noticia susurra que en el empeño por la fraternidad, el Reino de Dios ya sí crece, y en el fracaso más irritante, personal o social, dice que nunca muere el último germen potencial de bondad y justicia. Ser creyente en la Buena Nueva, es vivir con el realismo de los más conscientes, para no intentar saltar por encima de la propia sombra, y con la convicción de los más pobres de espíritu, para confiar en Dios contra toda esperanza y tomar la propia vida en nuestras manos.

Como vasco, ¿siente que la paz y la reconciliación están llegando a Euskadi?

La paz, como ausencia de violencia, lo que yo veía como terrorismo, es un paso sustancial. Es emocionante palparlo y lo valoro en mucho. Ahora bien, en su realidad profunda es todavía una experiencia incipiente. Tiene que ver con las víctimas, las armas, los presos, la memoria, el relato de los hechos, las ideologías «totales», el proyecto político, el corazón de las personas, la trayectoria de la Iglesia y la reconciliación social… Entiendo que a nosotros nos toca estar en todo, pero más directamente en la justicia para con las víctimas, en el relato veraz del pasado, en la reconciliación social y la conversión personal, en la crítica de las ideologías y, desde luego, en la humanización de la ley penitenciaria. Ahora bien, llegar a la reconciliación social y más aún, al perdón, tiene visos de ser el ideal. Tenemos que entender esto con medida humana, y ahí, se puede avanzar mucho. Hasta el momento, surgen iniciativas muy interesantes por la memoria, la justicia y la reconciliación, pero, yo creo, sinceramente y todavía, que en el secreto de cada corriente social está la idea de preservar y hacer triunfar un relato que salve a «los nuestros» y nuestra ideología de base. No sólo va a costar la reconciliación, sino dar el primer paso en cuestionar el relato de «los nuestros». En particular, la izquierda nacionalista vasca no creo que lo vaya a hacer en un largo tiempo; quizá, nunca. No lo sé. A pesar de todo, poco a poco, los relatos del pasado y la memoria para con las víctimas se irán aproximando, y se sucederán gestos de reconocimiento mutuo entre las corrientes sociales mayoritarias; los suficientes para hacer posible la vida política entre distintos. No es poco, pero no es todo. Quedará para más allá de una o dos generaciones el logro de un relato casi único sobre las víctimas y sobre qué ha sido ETA en esta historia. No soy optimista en cuanto a este resultado a corto plazo. Este tipo de «valoraciones» entra en la memoria colectiva de los grupos con diversidad casi insuperable y muy duradera. (Pienso en el caso español, ¡es sólo un ejemplo!, todo el mundo reniega de la guerra civil, ¡72 años!, pero no la interpretamos del mismo modo en cuanto a las responsabilidades históricas o en cuanto al reconocimiento de las víctimas). Entiendo, por tanto, que está creciendo algo muy bueno, pero que lo va a hacer a su ritmo y a la medida de los humanos; y que habrá que trabajar mucho en valores humanos o éticos (cristianos, por supuesto), para aproximar el corazón a la cabeza, reconocer las injusticias contra el otro, cuestionar las ideologías, aceptar reproches de los que más han sufrido, y crear un cuerpo de valores reconciliadores en la siguientes generaciones de vascos. No es el primer sitio en que esto se logra. Insisto, a la medida de los humanos. Así de realista me veo.

Como teólogo, ¿se siente libre o con miedo, al socaire de las presiones jerárquicas sobre Pagola, Queiruga o Tamayo?

No, no soy tan importante como para que se fijen en mí con ese celo. Cada caso es particular. Yo respeto a estos teólogos, y a otros que no citas. Los respeto como teólogos que piensan con mucho criterio teológico. Aprendo mucho de ellos y en unas cosas estoy de acuerdo, muchas, y en otras no, menos. Y aprendo de otros, claro está. A mi me gusta mucho leer a los que no piensan como yo. En clase les digo a menudo que hay otro pensamiento y lo explico, para que sepan qué se dice y por qué, en otras cátedras. Nunca he querido que la gente piense como yo, sino que piense y diga por qué. Luego, si coincidimos, me alegro. Pero nadie me debe nada. Además mis palabras siempre son moderadas, primero, porque es difícil que no vea algo de verdad en mis contrarios, y, segundo, porque me cuesta exigir compromisos que yo evite. De todas formas, sé que si mi obra fuera importante, muchos se molestarían. Yo he dicho que Benedicto XVI es un teólogo que no hace bien la síntesis fe-razón, ¡tiene forma premoderna!, y que «lo social» se le escapa sin remedio en la teología, y esto sí que molestó, pero, vamos, fue una minucia. Yo voy tranquilo por la vida, porque si alguien dice cosas bien dichas, las comparto, y si les veo carencias, las digo. No soy profesor de teología dogmática y esto lo hace más fácil. La gente cree que los moralistas sociales hacemos «filosofía social», y nos disculpan casi todo.

Un sueño de Navidad

Mi sueño de Navidad se me repite cada año; quiero que la gente que amo sea feliz, porque se siente querida y no le falta lo imprescindible para vivir; particularmente me duele el sufrimiento de los niños, porque me puede por dentro. (Me puede tanto, que a veces no quiero saber, lo reconozco). Y quiero que el mundo desarrolle estructuras más respetuosas con la dignidad humana de todos, y de los más pobres en particular, cualesquiera que sean las renuncias que esto suponga a los pudientes y, en proporción, a los demás. Creo que si algo de esto fuese más cierto y tangible para todos, es más fácil la paz, la bondad del sujeto y rezar con fe el Padre Nuestro. Feliz Navidad-Zorionak.

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