(Alberto Eismann).-Creo que para los que sigan este blog no les cabrá duda alguna de cuántas veces hemos sacado a colación la gran labor que la Iglesia y los religiosos hacen por las personas más necesitadas de este continente africano. Son muchos, muchísimos, los que se dejan la piel a diario en las labores más arriesgadas y meritorias y hemos dejado constancia de ello en muchos posts. Sin embargo, hoy quizás sería de justicia hablar de un aspecto que a veces por caridad apenas se menciona pero que está ahí y hay que mencionarlo porque forma parte integral de la realidad que nos rodea. Me lo ponen a huevo las portadas digitales de los diarios españoles de estos días cuando presentan a una anciana religiosa Sor María Gómez, de las Hermanas de la Caridad, presuntamente implicada en un robo de bebés, especialmente nacidos a madres solteras o que tenían ya abundante descendencia.
Durante muchos años, alrededor de la figura de los religiosos se creó una aureola de santidad y de impecabilidad que les hacía casi personajes intocables incluso por las instituciones civiles. Hoy vemos que no todo era trigo limpio (no hay más que pensar en los abusos sexuales por parte del clero en muchos países) y quizás se sufren hoy las consecuencias de no haber cuestionado en su día a ciertos personajes o ciertas prácticas. De manera especial, la heroicidad de vivir en países de misión en condiciones extremas y alejados del mundo «civilizado» tenía un elemento añadido que les hacía alcanzar casi la categoría de héroes, y en cierto modo se lo tenían merecido ya que trabajaban meritoriamente en campos en los que pocos se atrevían a hacerlo. El problema era que en algunos casos, la conciencia que ellos tenían de «hacer el bien» parecía que les diera el derecho de actuar a su antojo y casi con una total impunidad.
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