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El asesinato y el mal moral

Qué aprendí del asesinato de Miguel Ángel Blanco

"Los males absolutos y las víctimas nunca se compensan entre sí"

13 Jul 2012 - 09:41 CET
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Querido Miguel Ángel Blanco

(José Ignacio Calleja).- No es mi fuerte la memoria de las fechas. Confundí el día del secuestro de Miguel Ángel Blanco con el de su asesinato, el 12 de Julio. Hace de esto quince años. Es secundaria la confusión.

Dije y digo que para mí fue uno de los días más dolorosos y que me marcó de manera definitiva en cuanto al terrorismo y Batasuna, y en cuanto a mi país, en cuanto tal. Yo entonces tenía clara la condena del terrorismo, pero ese día sentí que teníamos un gravísimo problema de humanidad en una parte significativa del pueblo vasco. Comprendí que en esa sociedad, la vasca, cerca de mí, junto a mí, ¡seguramente como yo en tantas cosas!, había compañeros, conciudadanos, quizá familiares, que amaban más la causa nacional vasca que la dignidad personal de sus contrarios.

Yo ya sabía para entonces que los adversarios políticos eran tomados por otros vascos como enemigos; esto era común en casi todos; no lo quería, pero lo sabía; simple constatación; pero ese día comprendí que muchos vascos daban por bueno que si ETA necesitaba asesinar a Miguel Blanco, y con esa saña, no era un mal absoluto, sino respuesta de una violencia mala a otra peor. Simple efecto colateral de una guerra. Y ese día comprendí que yo, no sólo repudiaba el terror de ETA, sino que repudiaba dar por bueno a un pueblo vasco que no viera el mal moral que lo afectaba. Y a ello, con mayor o menor acierto, intenté aportar algo que no negara derechos de nadie, ¡al contrario!, ni arrasara los de otros para lograrlo. Ya no reparé tanto en el uso político de mis palabras éticas, sino en su valor moral propio ante tamaño desvarío.

El caso es que Miguel Ángel Blanco, su cruel asesinato, marcó la historia de muchos, entre los que me cuento, para aprender que los males absolutos y las víctimas nunca se compensan entre sí; cada una requiere su memoria y justicia propias; que los sueños de libertad de las personas y de los pueblos tienen el límite incondicional de la vida y la libertad de los otros; y que la gente que dice sacrificarse por los demás, sin encargo y control democrático, es decir, ético y político, termina sin remedio en tirano de los suyos (el propio «pueblo vasco») y sin más principios personales que su maldad y locura.

Y así hasta hoy; por eso soy tan crítico con ETA y con quien pida comprenderla finalmente en su pasado.

José Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete

 

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