(Domingo Delgado).- Cumplido el año de la celebración de la «Jornadas Mundial de la Juventud» celebradas en Madrid con asistencia del Papa Benedicto XVI, aparecen en diferentes medios de comunicación misivas públicas con nostálgica evocación de dichas Jornadas, en que tanto la jerarquía eclesiástica como algún significado seglar hacen memoria de las mismas, en tono claramente triunfalista. Aunque si hacemos un análisis sereno -más allá del mero fenómeno de masas- no ha traído tanto rédito misionero a la Iglesia, como el que todos hubiéramos deseado.
Partiendo de la base de la bondad del hecho de congregar una cantidad millonaria de joven feligresía, en la invitación al encuentro con el Vicario de Cristo, con la pública manifestación de la juventud católica, movida por el Evangelio de Jesucristo, no podemos sino aplaudir el hecho de tan magna convocatoria, y agradecer al Santo Padre su asistencia y alocución en el nombre de Cristo.
En general fue un benemérito testimonio de fe ante una sociedad cada vez más secularizada. Aunque debamos de respetar el aspecto secular del mundo, sin embargo hemos de dar a conocer al mundo nuestro testimonio, nuestra forma de vivir, de la manera más sencilla y auténtica posible, sin imposición alguna, para procurar cambiar este mundo que anda de espaldas a Dios. Sin espectáculo. Desde el respeto, y la cercanía de la amistad, de la vecindad, del parentesco, del compañerismo laboral, del acompañamiento al que sufre, al necesitado, a la víctima de la injusticia, denunciando este estado de cosas injusto e impropio de la fraternidad humana de la que Cristo nos habló, para contribuir así a la construcción del Reino de Dios que Cristo tanto anunció y nos encargó.
Sin embargo, lejos de hacer una evocación nostálgica o triunfalista autocomplaciente por el mero hecho de haberse convocado tanta gente joven de todo el mundo, creo que habría que hacer un análisis más desapasionado y sereno sobre los frutos de las Jornadas Mundiales de la Juventud, que no pueden quedarse en un periódico peregrinaje de la joven feligresía, ni tampoco ha de servir para exhibición de este o aquel movimiento laical de la Iglesia, sino que ha de dar frutos perennes de conversión auténtica.
Han de buscarse los frutos en conversiones personales, en las vocaciones religiosas para servicio de la Iglesia y predicación del Evangelio. Y sobre todo, en el germen de la nueva evangelización que tanto ha reclamado la Iglesia, en un contexto en que la predicación kerigmática no acaba de arraigar entre un mundo altamente tecnificado de la postmodernidad, que sin embargo sigue buscando respuestas a los grandes misterios de la vida, sin llegar a encontrarlas, parece que hay que plantear una nueva evangelización con una nueva catequética propia de los tiempos en que vivimos, para lo cual ha de apoyarse profundamente en la Teología, para ahondar en la realidad de la fe, más allá de la mera emotividad, de las tradiciones históricas, del ritualismo de consumo litúrgico, del misticismo, o del puro buenismo quietista. Ante lo cual, habría que hacerse preguntas de mayor profundidad, de la índole de ¿cómo ha organizado la Iglesia la nueva evangelización?, ¿se ha instaurado algún método estable de evangelización?, ¿cómo se ha reflejado en la vida parroquial, especialmente la española que ha sido la sede de las jornadas?. Mucho nos tememos que la respuesta a estas preguntas no sea tan alentadora como la evocación de la propia celebración de las Jornadas.
Un cambio tan importante como el habido en nuestra sociedad española, en que en las últimas décadas hemos pasado a ser una sociedad multicultural, la Iglesia española debería de haberse adaptado a tan importante cambio social, pues ya no puede seguir funcionando como antes, ni interna, ni externamente. Pues ante el caso de un no bautizado que quiera convertirse al catolicismo, ¿qué procedimientos catequéticos de adultos tiene la Iglesia instaurados en las parroquias, que no sean de un movimiento intraeclesial?. Incluso para vivir la fe comunitariamente en cualquier parroquia, ¿están preparados los párrocos para dar este servicio por la propia parroquia, sin que se pertenezca a ningún movimiento laical, siendo simple y puramente miembro de la Iglesia?
Se nos puede decir que la Iglesia lo prevé en la riqueza de los distintos carismas que animan a los múltiples movimientos religiosos, pero aun cuando ello pueda tener un alto grado de certeza, no es menos cierto que la vida eclesial real no pasa por una auténtica comunión intraeclesial de sus distintos movimientos, que funcionan la mayor de la veces de forma unilateral, cuando no con ciertos rasgos sectarios -en contradicción más que aparente, con las propias indicaciones del Nuevo Testamento-.
Habría pues que fortalecer la vida comunitaria parroquial -que no se da en muchas parroquias-, preparar teológicamente a sacerdotes, religiosos-as y laicos para formar equipos de evangelización que en nuestra Iglesia europea fortalezcan y generen vida eclesial en las parroquias -donde los párrocos sean auténticos servidores de sus fieles, los atiendan, y no los manipulen-, de forma que se deje al Espíritu Santo penetrar en una Iglesia estamental, cerrada, dogmática, que sociológicamente está en progresiva pérdida de feligresía, y general desafección de los bautizados en una increencia indeterminada.
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