(Jairo del Agua).- No pude dejar de oír este comentario: «Son las pruebas que Dios nos manda. Primero tu operación de hernia. Después el ataque de ese feligrés agresivo que te pateó. Son pruebas para hacerte mejor«.
Lo decía una señorita joven, abogada, miembro de un movimiento neoconservador, para consolar a un anciano frailecillo lego. ¡Pues vaya consuelo! ¡Qué peligro acercarse a ese «dios de las zancadillas»!
Se me puso la carne de gallina y me mordí la lengua para no estallar. Creí que esta filosofía barata ya no se estilaba en nuestra Iglesia, que ya habíamos aprendido a leer el Evangelio y la vida. Este rancio pensamiento tiene sus raíces en la teoría anselmiana de la Cruz, querida y enviada por el Padre sobre el Hijo, para expiar nuestros pecados.
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