(José Manuel Vidal).- No me gustan las condenas. Y menos, en la Iglesia, madre y no madrastra, instrumento de bendición y nunca de maldición. Y menos todavía cuando las condenas se producen por supuestos delitos relacionados con la libertad de opinión y expresión en la institución. Pues, en Roma piensan de otra manera y pasan a la acción. Con condenas sin contemplaciones. Y dos en pocos días a dos beneméritos sacerdotes. La primera, a Roy Bourgeois y la segunda,a Helmut Schüller.
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