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Adriana Castro, responsable de comunicación de la Fundación Juan Ciudad

«No tiene sentido pensar en ‘pobres de aquí’ o ‘pobres de allí’, porque vivimos en un mundo global»

"El problema del hambre no es que no haya alimentos, sino que están mal distribuidos"

Jesús Bastante 19 Dic 2012 - 19:11 CET
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(Jesús Bastante).- Adriana Castro es responsable de comunicación de la Fundación Juan Ciudad, una de las grandes ONG vinculadas a la Iglesia Católica, en este caso a los hermanos de San Juan de Dios, que llevan mucho tiempo trabajando, tanto en España como en el extranjero.

El contraste entre la realidad que vivimos en Europa y la de los países de África, América y Asia en los que trabaja la Fundación, lleva a Adriana a afirmar que «el nivel de vida que obtenemos aquí es debido a todos los recursos que extraemos de otros países«.

Además de sus proyectos «sobre el terreno», la Fundación Juan Ciudad apoya el comercio justo y la sensibilización para entender las causas del comercio injusto. Adriana concluye con una comparación: «Ellos no llegan a cubrir sus necesidades, y nosotros requetecubrimos nuestras comodidades«.

¿Qué es la Fundación Juan Ciudad?

Juan Ciudad es el nombre que llevaba el fundador de la orden hospitalaria San Juan de Dios. Así era conocido en Granada hace muchos años. La Fundación fue creada por los hermanos en España para trabajar en diversos temas de acción social. También tiene una rama de cooperación, que es la que lleva la ONGD que fue creada en 1991. Acabamos de cumplir 20 años, y nuestro objetivo es sobre todo promover el desarrollo humano sostenible a través de la cooperación internacional, apoyando a los centros de la orden hospitalaria en países empobrecidos de África, América Latina y Asia.

¿Estáis repartidos por todo el mundo?

Pues sí. La labor de los hermanos es muy extensa y muy de agradecer, porque tanto los hermanos como las personas que colaboran con ellos sobre el terreno viven día a día una realidad bastante dura, con una escasez de recursos a la que aquí no estamos acostumbrados, porque vivimos a otro nivel. Pero también es cierto que también hay mucha gente muy solidaria. Personas, empresas, instituciones públicas… que, aunque ahora con la crisis se está resintiendo un poco el tema de los fondos, siguen queriendo ayudar. Nosotros lo que intentamos hacer es canalizar esa ayuda para que llegue a los beneficiarios de los proyectos.

¿La crisis está haciendo que volvamos a ver sólo a «nuestros pobres», olvidándonos de los de fuera? ¿Ha habido tantos recortes a nivel de inversiones privadas a la cooperación internacional, como institucionales?

Hay que tener imaginación y capacidad de adaptación, porque no es fácil conseguir recursos. A nivel económico los recortes han sido muy fuertes, y por eso estamos en un momento de muchas transformaciones. Ahora estamos dándonos a conocer, haciendo mucho esfuerzo en la sensibilización (que es fundamental para conocer la realidad y entender por qué se produce). No tiene sentido pensar en «pobres de aquí» o «pobres de allí», porque vivimos en un mundo global en el que todo está interconectado. Todo lo que hagamos aquí afecta allí, y también lo que está pasando allí (las guerras, etc.), empuja a la gente a salir de sus países. Por eso trabajamos para concienciar a la sociedad de que estamos todos relacionados, y aquí hay gente que tiene la capacidad de tomar decisiones que luego va a afectar a muchas personas allí; y también trabajamos allí, sobre el terreno, con proyectos muy concretos para promocionar la salud y llegar a todas las áreas de acción que tienen los hermanos: personas con discapacidad, mayores, personas sin hogar, salud mental, comedores, hospitales generales, pequeños dispensarios… Tienen un abanico muy diverso, y en función de cada país se activa un dispositivo u otro, según la necesidad que se detecta más acuciante.

¿Cuántas personas trabajan o colaboran de alguna manera con la Fundación?

Los hermanos están contentos porque tienen bastantes colaboradores y gente que les apoya. En el mundo hay más de 2 mil hermanos. Voluntarios que haya gestionado la Fundación Juan Ciudad en España estamos en torno a los 50 al año, que suelen ser estudiantes o profesionales del ámbito socio-sanitario, que se van a estos centros de los hermanos en África, América y en Asia (donde acabamos de empezar a tener voluntariado) y apoyan allí en las tareas de trabajo sanitario.

¿Estáis vinculados de alguna manera a los centros de la orden, por ejemplo, a sus escuelas de enfermería?

Sí, claro. Todos los centros y escuelas aquí en España tienen su propio coordinador de voluntariado, que canaliza la acción social nacional. Cuando muchas de estas personas quieren dar el salto a lo internacional, y conocer otra realidad, entran en contacto con nosotros.

¿Has tenido la oportunidad de vivir en primera persona alguno de los proyectos?

Sí, he tenido la suerte de viajar a Senegal y a Liberia, para un congreso que hubo de cooperación. Allí visité los dos centros que tienen los hermanos, que son específicamente de salud mental, y la verdad es que impresiona mucho la labor que hacen allí, porque la falta de recursos es muy grande. En Liberia acaba de terminar un proyecto que ha durado 3 años, y que ha recibido una financiación muy fuerte de entidades tanto públicas como privadas para reconstruir el hospital de Monrovia (el San Joseph Catholic Hospital), que quedó bastante destruido tras tantos años de guerra. Ahora tiene los quirófanos totalmente renovados, está en pleno rendimiento,, hay consultas externas… Gracias al trabajo diario de los hermanos y de la gente que está allí, y que se enfrenta a muchísimas dificultades (cortes de luz, falta de alimentos de primera necesidad en el mercado local, el estado de las carreteras… y que las cosas allí van a otro ritmo).

¿África te cambia los conceptos?

Sí: sus sonrisas, sus ganas, el entusiasmo que tienen allí… Aquí no es que tengamos las necesidades cubiertas, es que tenemos las comodidades requetecubiertas. Allí luchan para poder llegar al final del día habiendo hecho dos comidas, y aquí la gente se corta por no caer en el sobrepeso. Por eso tienen esa energía tan vibrante, porque cada día es una aventura. Y aquí, en cambio, nos falta entusiasmo. Somos más grises.

¿Trabaja la fundación a nivel organizativo con los propios beneficiarios de los proyectos, para que sean ellos mismos los responsables del desarrollo de sus comunidades?

Claro, cada centro tiene un radio de acción o de influencia que siempre se intenta potenciar, con la idea de que la ayuda que enviamos a estos centros se multiplique. Ahora, por ejemplo, se acaba de llevar a cabo un programa de seguridad alimenticia en Sierra Leona, un país muy castigado por la guerra, donde los índices de pobreza son muy elevados. Ha sido un proyecto que ha tenido mucho éxito y que no ha trabajado solamente en la acción directa en la atención a las personas, sino creando un banco de semillas para prestar a las familias y a las comunidades (sobre todo de mujeres), para que tuvieran más variedad de cultivos. Además de esto se les facilitó la capacitación para que tengan una mayor productividad, y para que toda la parte de almacenaje y conservación de estas semillas fuera más duradera, y así en época de sequía ellos tengan asegurada al menos una cobertura mínima de alimentos. El hermano que lleva 30 años allí nos contaba que ha sido un verdadero éxito, porque allí la malnutrición es un tema muy serio, sobre todo en los niños (mientras en Europa tenemos tantos excedentes). El problema del hambre no es que no haya alimentos, sino que están mal distribuidos, y hay falta de acceso a ellos.

¿Cómo un continente tan rico en grandes recursos (como alimentos y agua) llega a tener tantas carencias?

Que un país tenga recursos naturales para abastecer a su población no garantiza que la población viva en las condiciones saludables que debería. Por eso habábamos antes de la conexión entre los países más desarrollados y los que llamamos menos desarrollados, porque el nivel de vida que obtenemos aquí es debido, en parte, a todos los recursos que extraemos de estos otros países.

¿Somos culpables de que África esté esquilmada?

Obviamente, estamos implicados, pero tampoco podemos culpar al ciudadano, porque muchas veces es por falta de información. Si supiéramos que la ropa que llevamos está hecha con algodón en el que se ha obligado a trabajar a niños, a lo mejor no la compraríamos. Pero el problema es que no tenemos esa información. Por es nosotros apostamos también por el comercio justo. No nos dedicamos a ello (no tenemos tiendas) pero lo apoyamos y damos a conocer las causas de por qué se produce el comercio injusto. Porque lo que podemos hacer desde aquí es consumir de forma responsable, e informarnos de qué consecuencias está trayendo en otros países el modo de vida que llevamos. Para eso hace falta esfuerzo por parte del ciudadano en sus acciones diarias.

Otros titulares:

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