(Ángel Moreno, de Buenafuente).- Hay textos que, por ser muy conocidos, los interpretamos de manera acostumbrada, y así no nos suponen un impacto nuevo al corazón, por más que encierren significados fascinantes y estremecedores. Quizá uno de ellos sea el que describe el primer signo de Jesús, según el evangelio de San Juan, la boda en Caná de Galilea.
Al inicio del Tiempo Ordinario, la Liturgia nos sorprende con la confesión del amor que Dios tiene a su pueblo y con el relato de una boda. En estos pasajes, podemos interpretar la declaración de amor entre Dios y su pueblo, de la profecía como imagen de la unión de Jesucristo con la humanidad. En la descripción de la boda de Caná, se descubren resonancias tanto de la Antigua Alianza, como de la intimidad amorosa a la que hemos sido llamados en el Misterio de la Encarnación, Nueva Alianza, que se sellará en el momento de la entrega total de Jesús en la Cruz, cuando de su costado brote sangre y agua, prefiguradas en el agua y el vino del banquete de bodas.
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