(José M. Vidal).- Está tan feliz que no deja de sonreír. Y eso que Amalia tiene «setenta y muchos años», acaba de llegar de Buenos Aires, tras un largo viaje, y vuelve a embarcarse a Roma, acompañada de la comitiva de Mensajeros de la Paz, encabezada, lógicamente, por el Padre Ángel. Pero ni se acuerda del cansancio. Sabe que va a ver al Papa, a «su» Papa y en Roma, cerca, muy cerca, a unos cuantos metros. Y con eso le basta.
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