(Ramón Baltar).- Lo es de cierto el ensayo titulado La teología después del Vaticano II, de Andrés Torres Queiruga, teólogo que honra a la Iglesia y a la cultura gallega con su trabajo original y comprometido. Francisco tiene ahí una guía de su pontificado.
Los capítulos I y II esbozan la gestación histórica, desarrollo y orientación objetiva del concilio que quiso desensimismar a la Iglesia y consagrar la autonomía del mundo. Los restantes abordan temas que miran a la vez a la actualización doctrinal y a la praxis: el mal (III), moral y religión (IV), la democracia en la Iglesia (V) y el diálogo interreligioso (VI). Con claridad, agudeza crítica y equilibrio.
Entre las propuestas enjundiosas, por su momento extraeclesial destacan dos: la de desligar la moral de la religión y la de aceptar que todas las religiones son verdaderas. La realización del hombre como ser moral no exige que se atribuya a un dios el fundamento de la moralidad; ninguna religión puede tener a las demás por falsas sin caer en impostura e bloquear las convergencias éticas.
Sólo desentona un aserto: «sin cristianismo es muy probable que la verdadera democracia universal no habría aparecido en Occidente» (p. 136). El dedo de la Historia acusa a las iglesias cristianas de haberse afanado bastante poco en regar las semillas democratizadoras de las enseñanzas de Jesús.
La teología consiste en poner a las letras divinas la música que pide cada época, no en componer fugas celestiales acrónicas. El de Aguiño lo sabe bien.
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