(Miguel A. Mesa).- Felices quienes caminan humildemente junto a su Dios y a los demás, sin más deseos ni recompensas que sus desvelos.
Felices quienes han recibido la llamada a la compasión, a la solidaridad, a la dulzura.
Felices quienes se entregan a la tarea encomendada con la convicción, la fuerza y la entrega de sus manos y su corazón.
Felices quienes se sienten cercanos a toda la humanidad, quienes no se quedan aislados en su pequeño grupo, reduciéndolo a una pequeña secta de elegidos.
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