(Jairo del Agua).- Los santos nos iluminan, ciertamente, pero no son la Luz. Como dice Juan en su Evangelio del Bautista: «Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran por él. No era él la luz, sino testigo de la luz. Existía la luz verdadera que, con su venida a este mundo, ilumina a todo hombre» (Jn 1,7).
Nuestros hermanos canonizados lo son para servirnos de ejemplo y no para usarlos como gusanos de anzuelo. Ellos no son el puerto salvador, solo nos anuncian que, evitada la escollera, el refugio está cerca.
A nuestros santos hay que tratarles como al resto de nuestros difuntos: Imitando su buen ejemplo, evitando sus errores y perdonándoles, si es que algo de ellos nos hirió. Porque sin duda cometieron errores, a veces flagrantes, aunque tuvieran buena intención.
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