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(José M. Vidal).- Es la moderna reedición eclesiástica de David contra Goliat. Rosa Barranco, la presidenta de la Asociación Santa Rita de Casia lleva más de una década pleiteando contra el todopoderoso cardenal de Madrid, Rouco Varela, por la propiedad de 23 tapices. De los siglos XVI y XVII, no son sólo extraordinarias obras de arte, sino que, además, están valorados entre dos y cinco millones de euros.
Rosa Barranco no se arredra ante el cardenal. Y lleva años plantándole cara. Tanto en la jurisdicción civil como en la eclesiástica. En la primera, con dos sentencias. Una, a favor de la Asociación y otra, a favor del cardenal de Madrid. El caso está ahora en el Tribunal Supremo.
A la espera de la sentencia, Rosa Barranco, tenaz y absolutamente convencida de la justicia de su causa, puso en marcha una petición en la Red (www.change.org), donde ya recogió más de 107.000 firmas a su favor.
Con las firmas bajo el brazo y un grueso dossier con todos los documentos acumulados durante todos estos años, Rosa Barranco acaba de estar en el Vaticano, para entregar todo el material a la Prefectura de Asuntos Económicos de la Santa Sede. Y, de paso, pedirle al Papa que intervenga o haga intervenir a alguien de su confianza.
En Roma, Rosa repitió sus argumentos. Tanto a sus interlocutores vaticanos como a la prensa italiana. Acusa abiertamente al cardenal Rouco de querer «apropiarse de los tapices para adornar la catedral de la Almudena». Tapices que pertenecen a la asociación religiosa, fundada en 1834 por Isabel II, y que le fueron donados, en 1869, por Victoriana Oliva, para que fueran expuestos al público y, con lo recogido por las visitas, se ayudase a las mujeres maltratadas.
«Hasta ahora no hemos podido destinar los tapices para ayudar a las víctimas de la violencia, porque el cardenal Rouco nos ha obligado a ir de tribunal en tribunal durante todos estos años«, explica Rosa Barranco.
Calvario judicial
Un recorrido judicial, que cuenta ya en su haber con tres sentencias. Una, del Tribunal de la Signatura apostólica, que da la razón a Rouco. Según Rosa, porque el purpurado madrileño declaró extinta la asociacion en 2002, «en un acto de fuerza y sin consultar a los socios». «De hecho -añade- la asociación sigue viva y quiere utilizar los tapices para ayudar a las mujeres maltratadas, mientras el cardenal sólo los quiere para embellecer la catedral».
Las otras dos sentencias son civiles. La primera a favor de la asociación invalida la sentencia de la Signatura apostolica, porque sostiene que la Asociación Santa Rita es civil y, por lo tanto, no puede estar sujeta al derecho canónico. La segunda, en cambio, se pronuncia a favor del cardenal Rouco.
Pendiente de la sentencia del Supremo, Rosa Barranco no se amilana y está dispuesta a remover Roma con Santiago por defender el tesoro de su asociación. Una defensa que le está costando dinero (lleva gastados unos 50.000 euros de su bolsillo) y energías. «Los oponentes son muy duros y me han tratado tan mal, que me han llegado a insultar y a tratar de demente, pero yo no me rindo. Y cuento con la ayuda de Santa Rita».
De hecho, después de visitar a las autoridades vaticanas, Rosa se acercó al santuario de Santa Rita de Casia y, allí, alos pies de su santa querida, le prometió seguir con su lucha hasta el final. «Una vez que terminen los pleitos o el papa haga desistir de su empeño al cardenal Rouco, tenemos pensado exhibir los tapices y, con el dinero que consigamos, colaborar con Cáritas o con alguna otra institución, para poner en marcha proyectos de ayuda a las mujeres maltratadas y, así, cumplir, el objetivo de la donante».
De todas formas y a pesar del «calvario» vivido durante todos estos años, Rosa Barranco se sigue mostrando dispuesta a negociar y llegar a un acuerdo con la Iglesia. «Pero no con Rouco, que va de propotente y, durante todo este tiempo, ni se ha dignado recibirnos». La presidenta de la Asociación quiere dialogar sobre los tapices con las autoridades romanas o con el cardenal Maradiaga, presidente de Caritas Internationalis.
Sólo espera que, «ahora que Rouco está de salida y ha perdido cuota de poder en Roma», alguien la llame, la invite a dialogar y puedan llegar a algún acuerdo, siempre que se salve la única cuestión innegociable para Rosa: «Que los tapices son propiedad de la asociación de Santa Rita».
Los tapices
De los 23 grandes tapices que componen la deslumbrante colección madrileña consagrada a la santa italiana, al menos cuatro de ellos proceden de cartones pintados por Pedro Pablo Rubens (1577-1640), aquel flamenco enamorado de Madrid a quien durante su visita en 1628 distinguiera con su amistad y admirara Diego Velázquez, y cuya obra entusiasmara tanto al monarca Felipe IV.
Del legado rubensiano destaca la serie consagrada al Cónsul Decio, su victoria sobre el Emperador Filipo y su despedida de los Lictores. Otros fueron pintados por discípulos suyos tan brillantes como Jakob Jordaens -de quien se asegura que, incluso, superó a su maestro en este menester- o por otros miembros destacados de su taller, reconoce Antonio Sama, experto de la Real Fábrica de Tapices, que en estos días acomete una nueva catalogación y documentación de los textiles depositados en la histórica factoría artesanal madrileña «al menos desde 1948», asegura Rosa María Barranco, que decidió recuperarlos y conseguir su restauración.
Quienes confeccionaron tramas y urdimbres de estos paños tan sabiamente labrados fueron tapiceros de la talla de Jan Raes, Franz van den Hecke, Jakob van Zeunen, Heinrich Reydams o Jakob Geubels, I y II, las mejores manos de Flandes; así lo señalan las firmas y los monogramas que, a la sazón, se inscribían en sus contornos y hoy orgullosamente muestran.
Buena parte de ellos exhibe dos B, correspondientes a Bruselas y Brabante, focos tapiceros entre los más importantes del mundo, al igual que lo fueran los de Arrás, desde 1659 francesa, la belga Tournai y París. Hay también algún enigma, como las iniciales Nrde y Lei, indescifradas, que figuran en algunos de los grandes textiles.
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