(Josep M. Bausset).- No todos lo comprenden, pero es de sentido común que los obispos (y los presbíteros y las religiosas) que son destinados a una Iglesia local, entiendan y hablen la lengua del pueblo que les acoge.
La cosa más normal del mundo habría de ser que los pastores de la Iglesia que van a servir a una comunidad, se integrasen en ella. Comenzando por asumir la lengua y la cultura del pueblo, que ellos (no lo olvidemos) van a servir. Así lo hizo el obispo catalán Ramon Buxarrais, que fue destinado a Zamora y más tarde a Málaga. El obispo Buxarrais se hizo castellano con los ciudadanos de Zamora y andaluz con los de Málaga.
También un presbítero de mi pueblo, Alexandre Alapont, supo incardinarse de una manera plena en la Iglesia local, cuando fue como misionero a Zimbabwe, la antigua Rhodesia. Aunque Alapont ya había estudiado inglés, que era la lengua oficial de aquel país, lo primero que hizo fue aprender la lengua del pueblo que lo acogía. Alexandre Alapont no impuso a la gente su lengua, sino que aprendió la de sus convecinos. Y como fruto de su inculturación en aquel pueblo, tradujo al námbya, la lengua de los habitantes, la Biblia y el Misal Romano.
Digo todo esto, debido a los rumores que sitúan al cardenal Antonio Cañizares como el nuevo arzobispo de Barcelona. Como nos ha recordado el papa Francisco, un pastor ha de hacer «olor de oveja». ¿Y qué mejor olor de oveja que hablar la lengua del pueblo que acoge al obispo? ¿Alguien se imagina que el obispo de París no hablara francés? ¿O que el obispo de Lisboa fuera incapaz de hablar portugués? ¿O el de Madrid, que no se expresara en castellano?
Cuando el 1966, el obispo Marcelo González fue nombrado coadjutor del arzobispo Gregorio Modrego, de Barcelona, con derecho a sucesión, se encontró con una realidad cultural que no conocía. Y aunque prometió aprender catalán, no lo hizo nunca.
Fue el P. Abad Gabriel Mª Brasó, el que debido a su amistad con el papa Montini, le sugirió la necesidad que los obispos de Cataluña entendieran la lengua de las diócesis donde eran enviados. En una audiencia del papa al Abad Gabriel, y por la amistad recíproca que tenían, Pablo VI se quejó por las protestas que había habido en Barcelona por el nombramiento de D. Marcelo González.
El papa le dijo al Abad Brasó que quería mucho a Barcelona y le habían asegurado que D. Marcelo era el mejor de todos los candidatos posibles. El Abad Brasó le explicó al papa Pablo VI la situación cultural de Cataluña, comparándole Milán con Nápoles. «Santidad, le dijo el Abad Gabriel Brasó, ¿es comprensible que un obispo napolitano sea nombrado obispo de Milán? El papa respondió con énfasis, que de ninguna manera. Y el P. Gabriel le dijo: «Eso es lo que pasa en Cataluña con los nombramientos de obispos extraños a nuestra cultura y a nuestra lengua».
A partir de aquel momento, no se ha vuelto a nombrar ningún obispo en las diócesis catalanas, que no hable nuestra lengua. Como tampoco se nombra ningún obispo a Lisboa, que no hable portugués.
Cuando el año 1966 se hizo la campaña «Volem bisbes catalans», «Queremos obispos catalanes» no se pedía tanto que los obispos fuesen nacidos en Cataluña, como que asumieran la realidad cultural y la lengua de nuestro pueblo. Porque no es el pueblo el que se ha de adaptar a la lengua del obispo, sino que es el obispo quien ha de hacer suya la lengua del pueblo, incardinándose en la cultura del país que le acoge, y haciéndose catalán con los catalanes, andaluz con los andaluces o vasco con los vascos.
Solo hace falta recordar las palabras del papa Francisco en la exhortación La alegría del Evangelio, cuando dice: «Este Pueblo de Dios se encarna en los pueblos de la tierra, cada uno de los cuales tiene su cultura propia» (EG 115). Por tanto, si el Pueblo de Cataluña tiene una cultura y una lengua milenarias, los obispos que son enviados a las diócesis catalanas ¿no habrían de hacer suya la lengua y la cultura de Cataluña? ¿No seria eso lo más normal del mundo?
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