(Rufo González)- La Iglesia católica no acostumbra a celebrar lo que sucede al margen de sus leyes, aunque sea un don claro del Creador, e incluso una manifestación magnífica del Espíritu de Jesús. ¿Quién recuerda alguna celebración solemne de la vida, por ejemplo, de Vicente Ferrer, promovida por la jerarquía eclesial? Sin embargo esta vida ha sido y sigue siendo «sal y luz del mundo». Pero como Vicente fue «reducido al estado laical», un sacerdote casado, que realizó su obra de servicio a los demás sin que le estorbara su matrimonio, no tiene cabida en el corsé clerical de la Iglesia.
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