(César Caro).- Normalmente, cuando te nombran párroco, te dan un papel que se lee en público el día de tu «toma de posesión» (vaya expresión). Desde ese momento eres el pastor, el maestro y el coordinador de una comunidad cristiana. En cambio, cuando te nombran misionero, te imponen un crucifijo. A mí me lo dieron hace algunos días, y cada vez que lo miro aquí sobre la mesa, se me abre la sonrisa y trago saliva a la vez.
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