(Xabier Pikaza).- No todos le llamaban así, pero lo hacía siempre su amigo Vicente Muñoz, gallego y mercedario, gran lógico y profesor suyo cuando había sido estudiante en Salamanca. Así le seguía llamando cuando volvió tras diez años a enseñar Derecho, siendo pronto Vice-Rector de la Pontificia.
Vicente le invitaba a comer a «su» (nuestra) casa y hablaban (hablábamos) de Galicia y Alemania, de filosofía y teología, en gallego y castellano. Le llamaba «Rouquiño» y se admiraba por entonces (año 1974) de que fuera o pareciera socialista.
En esa línea quiero ampliar la reflexión que J. M. Vidal ha introducido (quizá por conversación conmigo) en su obra: Rouco. Una biografía no autorizada, en la que tantas cosas sabe y dice bien de Rouco estos días (cf. pag. 256).
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