(César Luis Caro).- No voy a olvidar fácilmente los cuatro días que he pasado en la selva, acompañando al paisano dombenitense Javier Travieso en el inicio de su servicio como obispo del Vicariato de San José del Amazonas. Otro Perú descomunal, bellísimo, pobre, a la vez llamada y cariño, desafío y abrazo de Diosito.
¿Cómo se puede atender pastoralmente un territorio de más de 150.000 kilómetros cuadrados (algo menos de un tercio de España), cuatro enormes ríos junto a los cuales el Ebro parece un regato, 16 puestos de misión y 8 curas? No se puede, y no se atiende (vaya palabrita): se es iglesia que se sumerge en la vida del pueblo y que camina con los indígenas… Bueno, más bien que rema con la gente, que surca las dificultades y navega por los amaneceres de la vida.
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