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Abuso eclesial con los curas secularizados

La soledad de Cristo no es por el celibato

La ley ha prevalecido sobre el Evangelio

23 Jul 2015 - 09:08 CET
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(Rufo González).- El celibato y el matrimonio, dos modos de testimoniar a Cristo. El n. 57 de «Sacerdotalis Caelibatus», divide en dos a la Iglesia de cara a «testimoniar el misterio de Cristo y de su reino»: a) seglares casados: con la vida conyugal y familiar cristiana; b) sacerdotes: con la vida total «dedicada a las nuevas y fascinadoras realidades del reino de Dios». Nada para los seglares solteros ni para los sacerdotes casados de la Iglesia oriental. Sus testimonios no deben ser «necesarios» ni sus realidades deben ser «nuevas y fascinantes». Ideología clerical.

Reconoce que al sacerdote (se supone célibe) le falta «una experiencia personal y directa de la vida matrimonial». Pero afirma que «no le faltará ciertamente, a causa de su misma formación, de su ministerio y por la gracia de su estado, un conocimiento acaso más profundo todavía del corazón…». «Formación, ministerio y gracia de estado» permiten al sacerdote «penetrar aquellos problemas en su mismo origen y ser así de valiosa ayuda, con el consejo y con la asistencia, para los cónyuges y para las familias cristianas (cf. 1Cor 2, 15)».

La cita de Pablo habla del «hombre espiritual que examina y juzga todo, mientras él no es examinado ni juzgado por nadie… ¡Nosotros conocemos la mente de Cristo! (1Cor 2, 15-16). El texto se refiere a todo cristiano que puede mirar y juzgar la realidad desde el amor de Jesús. El Papa lo restringe al sacerdote célibe: «espiritual, y conoce a Cristo». Pretender hoy, con el progreso de la psicología, que los célibes sean asesores ideales para el matrimonio es pretencioso. La vida demuestra que la «formación, ministerio y gracia de estado» sacerdotal no implican en nuestra época «un conocimiento más profundo del corazón humano».

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