(Rufo González, sacerdote).- Diez apartados (n. 73-82) dedica la encíclica a la pastoral del celibato en la «vida sacerdotal»: Lo primero, dice, es tomar conciencia de que «la castidad no se adquiere de una vez para siempre, sino que es el resultado de una laboriosa conquista y de una afirmación cotidiana… El mundo actual da gran realce al valor positivo del amor en la relación entre los sexos, pero ha multiplicado también las dificultades y los riesgos en este campo… Es necesario… considerar… su condición de hombre expuesto al combate espiritual contra las seducciones de la carne en sí mismo y en el mundo… Hay que mantener más y mejor la irrevocable oblación, que compromete a una plena, leal y verdadera fidelidad» (n. 73).
No deja de ser curioso que se tilde de «irrevocable» una decisión humana, fruto de la libertad, no necesaria para la salvación, a veces convertida en desequilibrio personal y fuente de sufrimientos a terceras personas que no tuvieron responsabilidad en la decisión inicial. Creo que el Padre de Jesús, «de cuyo amor nada nos puede separar» (Rm 8, 39), no exige «plena, leal y verdadera fidelidad» a un compromiso voluntario, innecesario para realizarnos como personas e hijos de Dios.
Exigencia humana, no divina, revestida falsamente de voluntad de Dios. Durante algún tiempo pudo vivirse como vocación divina. Pero el mismo Espíritu de Dios, que nos ilumina y guía, puede luego darnos a entender que no era esa su vocación definitiva, su voluntad salvadora.
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