(Agustín Ortega).- En este tiempo, estamos conmemorando la vida y obra de la santa de Ávila, Doctora de la Iglesia, su testimonio de fe, santidad y amor. Su persona y legado se comprende bien al situarlo en su contexto social, eclesial e histórico, que no es otro que el conocido como siglo de oro español. Una época de una profunda renovación espiritual y eclesial, social y cultural. Con maestros espirituales y santos como San Juan de la Cruz- su compañero y hermano de la reforma del Carmelo- , San Ignacio de Loyola, San Juan de Ávila, la escuela de Salamanca con Vitoria y Soto, Bartolomé de Las Casas, etc.
Todos estos santos y maestros de la fe nos han legado un humanismo espiritual que inspiró y suscitó lo más valioso de la Europa y Edad Moderna. Tales como la centralidad, dignidad y sociabilidad de la persona, cimentada en su naturaleza trascendente o espiritual, moral y social. Una ética y espiritualidad entrañada en el amor de Dios que es inseparable del amor a los seres humanos, de la misericordia y amor compasivo ante el sufrimiento de las personas, de los pobres y excluídos. Así se manifiesta en el humanismo místico teresiano, que desde la experiencia profunda de unión con el Dios encarnado en la humanidad de Jesús, expresa toda esta espiritualidad y fe integral. Con una síntesis e inter-relación constitutiva entre lo divino y lo humano, lo trascendente y lo histórico, experiencia de unión con Dios y misión evangelizadora, oración y amor solidario al pobre, profecía y comunión eclesial, fe y razón, mística espiritual y teología.
Para leer el artículo completo, pinche aquí.
Más en Religión
CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL
QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE
Buscamos personas comprometidas que nos apoyen
CONTRIBUYE
Home