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Andrés Ortiz-Osés

Ateísmo y soledad: Jean Paul Richter

"Olegario muestra la insolidaridad de su teísmo militante"

06 Dic 2015 - 08:50 CET
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(Andrés Ortiz-Osés).- La idea de que el ateísmo lleva a la soledad existencial procede especialmente de Jean Paul Richter (1763-1825). En su «Discurso de Cristo muerto», este literato alemán presenta a Jesús desde lo alto del cosmos diciendo que no hay Dios.

Se trata de un extraño sueño o pesadilla, que muestra precisamente lo que significaría la muerte de Dios: soledad existencial y desamparo esencial, sinsentido y absurdo, hundimiento del cielo en el mar. El Evangelio o buena nueva de la existencia de Dios se convertiría en Disangelio o mala noticia de la inexistencia de Dios, la cual conlleva la nada y lleva al nihilismo.

La intención de Jean Paul Richter es exorcizar el ateísmo a través de un Discurso radical, el cual funciona a modo de shock romántico o emocional. Pero lo estrambótico del caso es que los ilustrados franceses, a partir de una traducción truncada del texto original, malinterpretaron el Discurso como ateístico, en la línea posterior de F. Nietzsche. En realidad J.P.Richter, que es un ilustrado romántico, afirma el teísmo y concibe al hombre como hijo de la madre Naturaleza (naturalismo) y de un Dios padre (sobrenaturalismo), lo que funda la fraternidad interhumana.

Frente a la religión y su religación, la irreligión significa aquí asfixia mental y orfandad cósmica, angustia metafísica y derelicción, irreligación y abandono metafísico.

En su obra «Cuatro poetas desde la otra ladera», el teólogo Olegario González de Cardedal ha examinado el Discurso de Jean Paul Richter teológicamente. Nuestro teólogo interpreta bien el texto original alemán, así como su crítica irónica al ateísmo, por cuanto este recae bajo el destino ciego del azar irracional y la necesidad férrea, del vacío y el caos. La autoafirmación excluyente del hombre frente a lo divino o sagrado, hace del hombre su propio dios creador y su ángel exterminador, puesto que la creación armónica se pervierte en disarmonía diablesca, presidida por la serpiente de la eternidad y sus anillos devoradores del tiempo demónicamente.

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