(José Ignacio Calleja).- Misericordia, caridad y justicia social es un libro (Sal Terrae, 2016) que invita a repensar la dimensión social de la fe, para ir en cristiano un paso más allá de los lugares comunes. Están cambiando muchas realidades de la vida cotidiana y han sonado las alarmas en el diálogo de la Iglesia con el mundo.
La evangelización sin conciencia social nos da aspecto de gente indiferente. No hay atajos espirituales para evitar la historia y llegar a Dios. Así es nuestro mundo, así la estructura general de la vida humana, así la trama del Reino de Dios. Cuando lo evitamos, el anuncio de Cristo nace sin encarnación; el testimonio de la fe, sin credibilidad; el gobierno de la comunidad, sin carisma; la caridad misma, sin oídos políticos para la misericordia.
Pero queremos ser cristianos sin vaciar nuestra conciencia social y el presente libro nos anima a retener razones, acentos, voces y olvidos que vienen de los pobres del mundo.
Al elegir los tres conceptos del título, misericordia, caridad y justicia social, el autor quiere llamar la atención sobre la unión profunda que entre ellos establece el cristianismo. Parecería lógico sumar sin más la misericordia a la justicia social, y todo queda dicho, pero no es así; la fuerza de la idea es que la misericordia es el alma de la verdadera caridad y lo es también de la justicia social.
Afirmar esto parece una obviedad, pero hoy no lo es. Cuando la doctrina social de la Iglesia dice que la justicia es el «primer camino» de la caridad y su «medida mínima», de modo que «nadie puede dar en caridad lo que debe en justicia», está hablando también de la misericordia. Este libro ayuda a pensar con afecto la encarnación misericordiosa de la fe en la justicia social y la refiere a Jesucristo sin complejos. No es una lección, es un servicio; un cuadro a retazos cuyo valor está en aquello a lo que convoca. ¡Ojalá que lo logre!

Introducción
Este es un libro traído del corazón a la cabeza que invita a lector a mirar el mundo con honestidad, lo cual verá enseguida que es entenderlo desde los pobres. Ser honestos con lo real reclama muchos cuidados, pero comprenderlo desde los más vulnerables e ignorados, es irrenunciable. Entrar en la crisis social por el costado de las víctimas, me gusta decir. Felizmente esta observación no es objeto de controversia extrema ni en la academia ni en la acción. Más bien, quien la discute o descarta, la premia con un silencio y sigue su camino. Hay mucho recelo de fondo hacia ella.
Pero la cuestión que le propongo al lector no tiene que ver con la forma de ser objetivos en el conocimiento social, sino que es directamente ética y pastoral. Cómo reconocer en nuestra humanidad y en la revelación de Dios los trazos de una vida social buena. Cómo acogerla y servirla en la acción del voluntariado social cristiano, en su forma de caridad o en su forma más directamente social. Cómo puede leerse la Palabra de Dios desde la Misericordia y qué tiene que ver ésta con la caridad y la justicia social. Las preguntas se suceden aquí con facilidad y no creo que el lector las necesite todas antes de intentar la lectura.
Misericordia, caridad y justicia social, el título, apunta a una inquietud personal del que escribe y no sólo a una coyuntura propicia para estos conceptos en la vida eclesial. Que se celebre el Jubileo Extraordinario de la Misericordia, coincidiendo casi con el año natural 2016, es una circunstancia sobrevenida. Es muy importante, pero la obra tenía sus mimbres elegidos y rumiados antes de que esto sucediera y su kairos ha sido ése.

Por el índice puede adivinarse que propongo al lector un recorrido por el impacto que una fe samaritana tiene en la teología, en la vida creyente y en la honestidad social del catolicismo. De mil modos verá dicho que no hay atajos espirituales para llegar a Dios sin pasar por el prójimo, que el propio Jesús llegó a Dios por este camino de revelación, que ahí se le manifestó la misericordia como la entraña última del ser de Dios, que es la necesidad de los desvalidos la que nos convoca a hacernos prójimos, que la compasión es constitutiva de nuestra dignidad de personas y que la misericordia se expresa a la vez como caridad samaritana y como justicia social.
Esta última es una forma algo particular, por mi insistencia, de relacionar estas virtudes tan básicas de la fe. Lo decía Benedicto XVI de la relación caridad-justicia, y lo dice Francisco de nuevo en la Bula Misericordiae Vultus: «No será inútil en este contexto recordar la relación existente entre justicia y misericordia. No son dos momentos contrastantes entre sí, sino dos dimensiones de una única realidad que se desarrolla progresivamente hasta alcanzar su ápice en la plenitud del amor» (n 20)1.
Lo que aquí quiero mostrar es una teología social que en todo momento apela a la conciencia samaritana, a la misericordia, como impronta de la caridad y de la justicia: la caridad misericordiosa exige la justicia como su primer camino y medida mínima, sin sustituirla, y la desborda en gratuidad con sus obras de amor incondicional.
Alrededor de estas coordenadas básicas, compongo una lectura social muy próxima a lo que nos viene sucediendo y llamamos «crisis social española», y extraigo las valoraciones que la Doctrina Social de la Iglesia está aportando en nuestros días. Las siglas que utilizo son las comunes a los textos de la DSI y otras encíclicas eclesiales muy conocidas. Espero que no haya dificultad en recordarlas. Me hubiera gustado que el modo de contarlo fuera aún más sencillo, evitar alguna repetición que he consentido, pero será el lector quien diga si de la manera expuesta he logrado el servicio que me propongo.
Dedicatoria
A los niños que crecen en familias
rotas y sin medios de vida.
A sus madres. Ante todo,
a sus madres y padres.
A las mujeres y hombres
que piden ayuda a la entrada de los supermercados,
a los que recogen nada en los contenedores,
a los que les duele verlos
y cambian su modo de vida y las leyes.
A los que pensaron con razón
que hasta Dios los había olvidado.
Un día verán que eso nunca sucedió,
que Dios sufría a su lado.
Lo verán, lo veremos.
A mi familia,
y a toda la gente que me quiere,
gracias por estar ahí.

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