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Ángel Gutiérrez Sanz

Vivir con esperanza

"Nada hay tan triste como un cielo vacío"

13 Dic 2016 - 10:34 CET
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(Ángel Gutiérrez Sanz, catedrático).- Una de las peores angustias que puede sufrir el ser humano es tener el sentimiento de que todo está perdido, sin que haya horizontes de futuro. Esta fue la experiencia profunda de la que partió el existencialismo para acabar en la desesperación.

Tratar de vivir una existencia auténtica sin ningún tipo de esperanza resulta especialmente complicado, tal fue lo que dejó patente el propio existencialismo y por ello debiéramos estarle agradecidos. El mito de Sísimo de Albert Camus discurre a la par que la proclama solemne del absurdo Sartriano.

La temporalidad está llamada a acabar con todos nuestros afanes humanos y nos coloca en situación de tener que rendirnos ante la dramática experiencia de la finitud humana. Sabemos que con el tiempo todo se acaba y esto nos produce cierto desasosiego. Lo malo del existencialismo ateo es que al no querer hablar de Dios, se condenó a sí mismo a no tener otra salida que no fuera el sin-sentido y la nada. Esto es lo que Simone de Beauvoir reconocía con estas palabras: «Al suprimir a Dios nos hemos quedado sin lo único que merecía la pena».

De poco pueden servirnos los recursos unamunianos que buscan consuelo en una existencia imperecedera a través del recuerdo o la descendencia. No sirve darle vueltas, nada hay tan triste como un cielo vacío. Sin Dios todos los esfuerzos resultan vanos y estamos abocados a que nuestras ansias infinitas de pervivencia se estrellen contra un muro.

La osadía del existencialismo ateo acabó mal. El hombre de la posmodernidad continuó con la falta de esperanza, tomándose muy en serio la consigna de Nietzsche: «Os conjuro, hermanos míos, no deis crédito a los que os hablan de fe en esperanzas sobrenaturales»; por lo demás no ha querido saber nada de la angustia existencial, aunque para ello tuviera que hacerse trampas y refugiarse en una existencia inauténtica, lejos de cualquier pretensión metafísica. Zambullido en un presente evanescente, sin pasado y sin futuro, al hombre actual lo único que le importa es disfrutar a tope del momento presente.

Se pensó que este tipo de existencia falseada, que sólo se conforma con tener y consumir, podría saciar las ansias de felicidad una vez adormecidas las inquietudes humanas más profundas; pero esto cada vez parece menos cierto. Por aquí y por allá comienza a aflorar el sentimiento de que sin esperanzas de futuro no se puede ir muy lejos. Estamos viendo como irrumpe con fuerza un tipo de religiosidad salvaje, que demuestra bien a las claras que cada uno de nosotros necesitamos una respuesta esperanzada a la pregunta: ¿Qué será de mi cuando el presente efímero haya pasado?


Para el hombre de hoy lo más difícil de sobrellevar no es la crisis de fe y de pensamiento sino la crisis de esperanza. Lo que por experiencia constatamos cada día es que sin verdades se va tirando malamente, pero sin esperanza es que la vida se hace casi insoportable. Este fue el grave escollo con el que tropezó el existencialismo, éste es también el gran obstáculo de la posmodernidad y en general de todos los humanismos ateos que se cierran a la trascendentalidad. Después de los diversos intentos en los últimos tiempos de construir una antropología sin Dios, lo que nos ha quedado es un enorme vacío, un nihilismo donde acaban ahogándose todos los anhelos humanos.

En cambio todo es distinto cuando se contempla la existencia humana desde la perspectiva de la trascendencia. Es entonces cuando aflora el optimismo en forma esperanza, que nos trae la quietud y el consuelo del espíritu. De la confianza en Dios hizo el patriarca Abraham la razón de su vida, de ella se alimentó y en ella encontró la seguridad que necesitaba para afrontar las situaciones más difíciles que se iban presentando.

La imagen del Patriarca ascendiendo al monte Moira, para sacrificar a su propio hijo por mandato divino, produjo admiración y temblor a Kierkegaard y ¿a quién no?… De la espera y la esperanza el pueblo de Israel llegó a hacer la condición de su vida y el leitmotif de su historia. A diferencia de otros pueblos, la historia de Israel es una historia abierta a la esperanza, que a veces rayaba en lo humanamente imposible y a pesar de todo nadie podrá decir que sus patriarcas y profetas hayan fracasado en su misión, ni que hayan quedado frustradas sus expectativas.

Día a día los israelitas estuvieron viviendo de las promesas venidas de lo alto, que siempre se cumplían puntualmente. Durante siglos fueron los protagonistas del Adviento con mayúscula en tiempo real. Toda la historia del pueblo de Israel gira en torna a la esperanza de ver a Dios manifestándose a su pueblo.

Son muchos los motivos que pueden inducir al viajero a visitar Tierra Santa, pero uno de ellos bien pudiera ser el que allí se va encontrar con la tierra que fue elegida por Dios para ser el lugar de la esperanza. La impresión que yo tuve cuando visite estos lugares es la de que en ellos se pueden vislumbrar las razones ocultas para poder esperar contra toda esperanza.

Dios no se cansaba de poner a prueba la confianza de su pueblo. Tiempos de esclavitud en Egipto, Moisés vagando durante 40 años difíciles por el desierto en busca de la tierra prometida, que él nunca llegaría a ver; años de tribulación durante el exilio en Babilonia, siglos de peregrinaje y espera hasta ver cumplida en tierra de Canáan la promesa de Dios anunciada por los profeta: «Mirad una virgen concebirá y dará a luz un hijo y se llamará Emmauel, Dios con nosotros» (Isaías 7,14). Bien se puede decir que la vida del hombre bíblico gira en torno al Dios de la esperanza.

Hace unos días pude asistir en el Auditorio Nacional a una magistral interpretación de «El Mesías» de Häendel y vivir dos horas de emoción intensa, saboreando los momentos más destacados de la historia de la Salvación, convertidos súbitamente en canción y plegaria, por virtud de la fuerza creadora de uno de los más grandes genios de la música. La alegría llegaba al interior del espíritu, potenciada por el gozo estético y uno salía de ese lugar con el ánimo reconfortado.

Después de haber escuchado este genial Oratorio, hasta llegué a pensar que los cristianos debiéramos sentirnos menos pesimistas, pues andamos cabizbajos y alicaídos, lamentándonos por todas las desgracias que ocurren en este mundo, tan convulsionado, donde hay guerras, hambre, violencia; donde el pez grande se come al pez pequeño y los lobos devoran a las ovejas. Nos ronda la tentación de arrojar la toalla, porque pensamos que ya nada podemos hacer y que este mundo nuestro está dejado de la mano de Dios.

Estamos tristes y puede que un poco desesperanzados cuando debiéramos ser conscientes de que nos encontramos todavía en tiempos de espera, hasta que se cumplan todas las profecías del Apocalipsis, que nos hablan de que todo será restaurado en Jesucristo, que nuestros males no van a durar siempre y lo que nos espera es un cielo nuevo y una tierra nueva donde impere la justicia.

En realidad estamos viviendo en directo el Segundo Adviento, que acabará con la segunda venida triunfal de Jesucristo a la tierra, como Rey de Reyes y Señor de Señores. El Reino de Dios quedará instaurado en la tierra y se cumplirán aquellas profecías que todavía no se han cumplido.

Con hermosas palabras de Isaías predice que: «Cuando llegue ese día el lobo se llevará bien con el cordero, el tigre y el cabrito descansarán juntos, el ternero y el león crecerán uno junto al otro, la vaca y el oso serán amigas, sus crías descansarán juntas, el león y el buey comerán pasto juntos. El niño jugará con la serpiente y meterá la mano en su nido. En Jerusalén aquel día no habrá nadie que haga daño, porque todos conocerán a Dios. Cuando llegue ese día subirá al trono un descendiente de David y juntará a todas las naciones». Estas palabras premonitorias no nos eximen de luchar por un mundo mejor, sino que nos estimulan a hacerlo con optimismo. A todos nos interesa volver cuanto antes al humanismo de la esperanza.

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