(Andrés A. Fernández, sacerdote).- Parece que vamos circulando con paso resuelto y decidido, en nuestra decadencia complacida, siguiendo la estela del modelo anglicano, «porque la falta de sacerdotes es un problema enorme, y no podemos seguir como siempre…».
Con esta sólida fundamentación doctrinal, que no sigue ni de lejos los mínimos criterios que la PNL establece para la declaración adecuada de objetivos, nos disponemos a circular por una senda cuyos pasos, por otra parte, están perfectamente marcados: sacerdotes casados, diaconado femenino, sacerdocio femenino, diaconado homosexual, sacerdocio homosexual, obispos femeninos, obispos homosexuales…
Primero serán los «viri probati», después vendrán los «viri» a secas, y después ni viri ni probati («quisque») y así sucesivamente… Al fin y al cabo, si de lo que se trata, en el fondo, es de encontrar mano de obra que realice los ritos religiosos eclesiásticamente prescritos, cualquiera con una mínima instrucción nos podrá servir…
A mi juicio, en cambio, el modelo anglicano es más de lo mismo, corregido y aumentado, o en nuestro caso, corregido y devaluado. Al final, el mismo institucionalismo, el mismo ritualismo y la misma falta de fe espiritual, que son las causas fundamentales de la crisis que estamos sufriendo, tanto en la Iglesia Católica como en las iglesias protestantes. Como todos sabemos, las iglesias históricas protestantes están en franca decadencia. ¿Vamos a tomar entonces alegremente como modelo para la Iglesia Católica un modelo decadente?
Yo creo que, gracias a Dios, ningún modelo es inevitable para la Iglesia Católica en orden a recuperar su vitalidad perdida. El modelo anglicano no tiene por qué ser nuestro referente inevitable y fatal. Podemos seguir otros caminos de progreso institucional…
Y digo progreso institucional y no progreso moral, como insisten los institucionalistas y los moralistas, (así como los inconscientes piadosillos, tanto laicos como religiosos, que en realidad no saben de qué va el juego), para desviar el foco de la atención y que todo se quede como está. Es necesario un progreso fundamentalmente institucional que libere las energías del Pueblo de Dios reprimidas por un modelo eclesiástico rígido, que se ha cerrado sobre sí mismo y que ya casi funciona por su propia maquinaria, pero que se ha ido alejando progresivamente de cualquier contacto con la realidad del mundo y de la sociedad en todos los órdenes, y esto durante siglos…
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