(Xosé Manuel Carballo).- Desde el día 2 de febrero, día del primer comunicado atribuido a Don Ramón y de sus declaraciones en una breve entrevista en Cope Lugo contradiciendo lo dicho en el comunicado, vengo siguiendo por todos los medios posibles el mal llamado conflicto de Friol con el Obispo y Obispado de Lugo, surgido aparentemente por el intento de traslado de ese cura. Como aficionado al teatro creo que llega el final del sainete.
No es un contencioso de Friol ni de Guitiriz con el Obispo, Ni siquiera es un conflicto de las 12 parroquias de Friol y 2 de Guitiriz que eran atendidas por don Ramón.
Parecía al principio el tal conflicto una algarada de unas pocas personas, quizás, sólo quizás, de buena fe, pero sin base eclesial, y con escasos conocimientos del funcionamiento de las diócesis, especialmente en lo referente a nombramientos de curas en tiempos de tanta escasez, pero sí con una gran dosis de agresividad, de temeridad y de pretendida impunidad, escondiendo detrás de seudónimos sus comentarios y amparándose en una representatividad que nadie les dio.
Así se instalaron en su propia mentira y en la confianza en que ni el Obispo ni los Vicarios denunciarían, porque sería «políticamente incorrecto» No se privaron a la hora de calumniar, insultar y amenazar pública y privadamente. De todo esto tengo plena certeza porque yo mismo fui y soy blanco de sus dardos pública y privadamente, como lo fueron la casa de la madre y familia del Sr. Obispo en Villalba y del Vicario Don Mario en Lugo atemorizando a su madre con la sorpresa de los vecinos. Cabe la pregunta: ¿quién paga los carteles que sembraron por Lugo capital y provincia, la colección de pancartas y lo que ya don Ramón en ¿su? primer comunicado llamó infraestructuras?
Se trata de un fenómeno nuevo y no aislado ni espontáneo que va dinamitando las bases de una sociedad rural, pretendida reserva de votos conservadores, pero ya herida de muerte por el envejecimiento de la población, por el debilitamiento entre los jóvenes del sentido de parroquia y de comunidad, y a la que no resulta difícil embaucar con una pequeña dosis de populismo barato acudiendo a tópicos como que «nos tratan de analfabetos, paletos e ignorantes».
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