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Fructuoso Mangas

Los exiliados internos de la Iglesia

"La acción pastoral tendría que llegar a este grupo con cierta celeridad"

Fructuoso Mangas Ramos 07 Ago 2017 - 09:09 CET
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(Fructuoso Mangas Ramos).- Casi es un oxímoron, «los exiliados internos». Son aquellos que se han quedado dentro con una adhesión eclesial muy débil, con el corazón dividido y que si se acude a razones se sienten fuera. Es una variedad muy amplia de situaciones y están presentes en todos los niveles de la sociedad y de la Iglesia.

En cualquier pueblo de por aquí -hablo de la provincia de Salamanca y es un ejemplo- se puede encontrar gente de mediana edad o ya algo mayor que ha perdido la conexión eclesial a pesar de que tiene interés en permanecer en lo que vivieron toda su vida; mantienen algunos hábitos religiosos fundamentales y los hacen con cierta convicción, pero ya no «comulgan» con la Iglesia, en la que no encuentran ni respuesta a sus preguntas ni propiamente modelos para su vida.

Es gente que sigue dentro sintiéndose medio fuera, está presente y se deja ver, pero está lejos, como desterrada y alejada en su propia casa. Y muchas veces evita la puerta principal y entra y sale por la puerta de atrás.

Tiene su nivel de dramatismo personal, a poco que se piense, el hecho de reconocerse en ese terreno tan movedizo en el que aún no se ha decidido nada y no se es ni una cosa ni la otra. Y se desenvuelven con cierta naturalidad creyente porque así tienen que parecerlo ante sus hijos y sobre todo ante sus nietos. Todo sea por la familia y la religión. Y esto que sucede cada vez más en el mundo rural es situación casi generalizada en las zonas urbanas y general del todo en los barrios suburbanos de cualquier ciudad, aunque sea pequeña.

La acción pastoral de la Iglesia tendría que llegar a este grupo con cierta celeridad porque queda poco tiempo para recuperar distancias y proponer nuevas ofertas que puedan responder a su situación actual. Es un campo pastoral con características muy concretas y no necesariamente contrarias, sin hostilidades expresas y con posibilidades de reencuentro.

No basta el lamento ni la buena voluntad, es necesario sentarse, ver, repensar, acordar y actuar; pero esta batería de actitudes y de acciones parecen cada vez menos probables en muchos ambientes diocesanos. Porque esto es, cuando menos, una cuestión de diócesis, no de un grupo apostólico o de una parroquia especialmente abierta y misionera. Es una cuestión diocesana que sólo tiene respuestas diocesanas.

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