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(Sergi Rubin, desde La Habana para Valores Religiosos).- Al menos en apariencia, todo está perfectamente preparado aquí para recibir este lunes al papa Benedicto XVI. El Gobierno muestra un esmero organizativo que no parece condecir con un régimen en los papeles contrario a lo religioso, pero que desde la visita de Juan Pablo II, en 1998, empezó a darle algo de oxigeno al catolicismo vernáculo.
Más comprensible es la contracción de la Iglesia, que el sábado ensayó por enésima vez en la emblemática Plaza de la Revolución la misa que el pontífice oficiará allí el miércoles. Hurgando, sin embargo, se percibe ansiedad: ¿Habrá acaso expresiones de protesta como anticipó la ocupación de templos de los últimos días por parte de las Damas de Blanco? ¿Recibirá finalmente el pontífice a los disidentes como reclaman los exiliados desde Estados Unidos? ¿Qué dirá, en fin, el Papa?
De todas formas, el gobierno -por obvias razones- y la Iglesia -para no afectar su mayor presencia y los tímidos cambios en la isla– llevan hasta la exageración la interpretación religiosa de la visita papal. Pero los primeros indicios desafían una lectura tan espiritual: Por lo pronto, el secretario de Estado del Vaticano, cardenal Tarcisio Bertone, dijo esta semana que el viaje papal contribuirá a la democratización de Cuba. No obstante, el señalamiento más fuerte provino del propio Papa, que en el vuelo hacia México, su primera escala, disparó que «es evidente que el comunismo no funciona» y que «nuevos modelos deben ser encontrados con paciencia». Lo que obligó al canciller cubano, Bruno Rodríguez, y al presidente del Episcopado, Dionisio García, a un esfuerzo dialéctico para quitarle fuerza a esos dichos.
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