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Quiere que los pastores estén al lado de los que "carecen de casi todo"

El Papa pide a obispos latinoamericanos que «eviten divisiones estériles, críticas y recelos»

Les insta a estar cerca de los curas "a los que nunca debe faltar la comprensión y el aliento de su Obispo"

Redacción 26 Mar 2012 - 07:16 CET
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El Papa ha invitado a los obispos latinoamericanos a ser «vigías que proclamen día y noche la gloria de Dios, que es la vida del hombre» y les ha exhortado a estar «del lado de quienes son marginados por la fuerza, el poder o una riqueza que ignora a quienes carecen de casi todo», durante la celebración de las Vísperas, en la Catedral de Nuestra Señora de la Luz de León (México), en la que se ha reunido con numerosos obispos del país así como representantes de las 22 conferencias episcopales del Consejo Episcopal Latinoamericano CELAM que conmemoran los 200 años de independencia.

Durante el rezo de las Vísperas, el Pontífice ha expresado su «gran ilusión» por el encuentro con pastores de la Iglesia de Cristo que peregrina en México y en los diversos países del Continente». En este sentido, ha manifestado su esperanza de que ésta sea una «ocasión para mirar juntos a Cristo, que les ha encomendado la hermosa tarea de anunciar el evangelio en estos pueblos de recia raigambre católica«.

A su vez, se ha detenido en la situación actual de las diócesis que «plantea ciertamente retos y dificultades de muy diversa índole». «Al saber que el Señor ha resucitado pueden proseguir confiados, con la convicción de que el mal no tiene la última palabra de la Historia, y que Dios es capaz de abrir nuevos espacios a una esperanza que no defrauda«, ha destacado.

El Papa ha pedido a los pastores de las diversas Iglesias particulares presentes trasmitir a sus fieles su «afecto entrañable», que lleva muy dentro de su corazón todos sus sufrimientos y aspiraciones».

«NO ESTAIS SOLOS»

Además, ha agradecido a los obispos «su solicitud pastoral paciente y humilde» y ha remarcado que «no están solos en los contratiempos, como tampoco lo están en los logros evangelizadores». «Todos estamos unidos en los padecimientos y en la consolación», ha añadido.

También ha señalado que es de «capital relevancia cuidar con gran esmero de los seminaristas, animándolos a que no se precien de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado». Asimismo, ha asegurado que es fundamental «la cercanía a los presbíteros, a los que nunca debe faltar la comprensión y el aliento de su Obispo y, si fuera necesario, también su paterna admonición sobre actitudes improcedentes».

En la misma línea, Benedicto XVI ha exhortado a prestar igualmente atención a «las diversas formas de vida consagrada, cuyos carismas han de ser valorados con gratitud y acompañados con responsabilidad y respeto al don recibido». También ha invitado a tener atención especial a «los laicos más comprometidos en la catequesis, la animación litúrgica, la acción caritativa y el compromiso social».

Así, ha recalcado la importancia para los Pastores de que «reine un espíritu de comunión entre sacerdotes, religiosos y laicos, evitando divisiones estériles, críticas y recelos nocivos«.

El Pontífice ha recordado cómo la fe católica ha marcado significativamente la vida, costumbres e historia del continente americano en el que muchas de sus naciones están conmemorando el bicentenario de su independencia. «Es un momento histórico –ha añadido– en el que siguió brillando el nombre de Cristo, llegado aquí por obra de insignes y abnegados misioneros, que lo proclamaron con audacia y sabiduría. Ellos lo dieron todo por Cristo».

Además, ha invitado a poner especial atención en las iniciativas que se realicen con motivo del Año de la fe, que «deben estar encaminadas a conducir a los hombres hacia Cristo, cuya gracia les permitirá dejar las cadenas del pecado que los esclaviza y avanzar hacia la libertad auténtica y responsable». Al respecto, ha señalado que a este objetivo «está ayudando también la Misión continental promovida en Aparecida, que tantos frutos de renovación eclesial está ya cosechando en las Iglesias particulares de América Latina y el Caribe».

Finalmente, ha afirmado que la Iglesia en América Latina ha de seguir siendo «semilla de esperanza» y ha solicitado a la Virgen que «disipe las tinieblas del mundo y alumbre el camino, para poder «confirmar en la fe al pueblo latinoamericano en sus fatigas y anhelos, con entereza, valentía y fe firme en quien todo lo puede y a todos hasta el extremo».

AUXILIO DIVINO PARA LOS PROBLEMAS

Previamente, el presidente de la Conferencia Episcopal Mexicana (CEM) y arzobispo de Tlanepantla, Carlos Aguiar Retes, ha confiado en que el auxilio divino se derrame en México para «afrontar y superar los nuevos y complejos problemas» que la aquejan.

Aguiar también ha recordado la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, celebrada en Aparecida (Brasil) para subrayar que el fruto de aquel encuentro «se experimenta en la Iglesia que peregrina en este Continente». Así, ha asegurado que la Nueva Evangelización esta en marcha mediante la convocatoria y compromiso episcopal de la Misión Continental, que actualmente «ha sido extendida con aceptación y convicción por los agentes» de pastoral de las Diócesis.

En este sentido, ha afirmado que llena de esperanza constatar que el «dinamismo espiritual y pastoral» va despertando la conciencia de los fieles laicos para participar activamente en los distintos ámbitos familiar, laboral y social con la clara finalidad de ser ellos levadura que aporte los valores evangélicos ante los nuevos escenarios de este tiempo. «Constatamos que la Iglesia está viva», ha dicho, al tiempo que ha agradecido al Pontífice la puesta en marcha de la iniciativa del Año de la Fe. (RD/Ep)

Texto completo de las vísperas en la Basílica-Catedral de León

Señores Cardenales,
Queridos hermanos en el Episcopado

Es un gran gozo rezar con todos ustedes en esta Basílica-Catedral de León, dedicada a Nuestra Señora de la Luz. En la bella imagen que se venera en este templo, la Santísima Virgen tiene en una mano a su Hijo con gran ternura, y extiende la otra para socorrer a los pecadores. Así ve a María la Iglesia de todos los tiempos, que la alaba por habernos dado al Redentor, y se confía a ella por ser la Madre que su divino Hijo nos dejó desde la cruz. Por eso, nosotros la imploramos frecuentemente como «esperanza nuestra», porque nos ha mostrado a Jesús y transmitido las grandezas que Dios ha hecho y hace con la humanidad, de una manera sencilla, como explicándolas a los pequeños de la casa.

Un signo decisivo de estas grandezas nos la ofrece la lectura breve que hemos proclamado en estas Vísperas. Los habitantes de Jerusalén y sus jefes no reconocieron a Cristo, pero, al condenarlo a muerte, dieron cumplimiento de hecho a las palabras de los profetas (cf. Hch 13,27). Sí, la maldad y la ignorancia de los hombres no es capaz de frenar el plan divino de salvación, la redención. El mal no puede tanto.

Otra maravilla de Dios nos la recuerda el segundo salmo que acabamos de recitar: Las «peñas» se transforman «en estanques, el pedernal en manantiales de agua» (Sal 113,8). Lo que podría ser piedra de tropiezo y de escándalo, con el triunfo de Jesús sobre la muerte se convierte en piedra angular: «Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente» (Sal 117,23). No hay motivos, pues, para rendirse al despotismo del mal. Y pidamos al Señor Resucitado que manifieste su fuerza en nuestras debilidades y penurias.

Esperaba con gran ilusión este encuentro con ustedes, Pastores de la Iglesia de Cristo que peregrina en México y en los diversos países de este gran Continente, como una ocasión para mirar juntos a Cristo que les ha encomendado la hermosa tarea de anunciar el evangelio en estos pueblos de recia raigambre católica. La situación actual de sus diócesis plantea ciertamente retos y dificultades de muy diversa índole. Pero, sabiendo que el Señor ha resucitado, podemos proseguir confiados, con la convicción de que el mal no tiene la última palabra de la historia, y que Dios es capaz de abrir nuevos espacios a una esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5).

Agradezco el cordial saludo que me ha dirigido el Señor Arzobispo de Tlalnepantla y Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano y del Consejo Episcopal Latinoamericano, haciéndose intérprete y portavoz de todos. Y les ruego a ustedes, Pastores de las diversas Iglesias particulares, que, al regresar a sus sedes, trasmitan a sus fieles el afecto entrañable del Papa, que lleva muy dentro de su corazón todos sus sufrimientos y aspiraciones.

Al ver en sus rostros el reflejo de las preocupaciones de la grey que apacientan, me vienen a la mente las Asambleas del Sínodo de los Obispos, en las que los participantes aplauden cuando intervienen quienes ejercen su ministerio en situaciones particularmente dolorosas para la vida y la misión de la Iglesia. Ese gesto brota de la fe en el Señor, y significa fraternidad en los trabajos apostólicos, así como gratitud y admiración por los que siembran el evangelio entre espinas, unas en forma de persecución, otras de marginación o menosprecio. Tampoco faltan preocupaciones por la carencia de medios y recursos humanos, o las trabas impuestas a la libertad de la Iglesia en el cumplimiento de su misión.

El Sucesor de Pedro participa de estos sentimientos y agradece su solicitud pastoral paciente y humilde. Ustedes no están solos en los contratiempos, como tampoco lo están en los logros evangelizadores. Todos estamos unidos en los padecimientos y en la consolación (cf. 2 Co 1,5). Sepan que cuentan con un lugar destacado en la plegaria de quien recibió de Cristo el encargo de confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22,31), que les anima también en la misión de hacer que nuestro Señor Jesucristo sea cada vez más conocido, amado y seguido en estas tierras, sin dejarse amedrentar por las contrariedades.

La fe católica ha marcado significativamente la vida, costumbres e historia de este Continente, en el que muchas de sus naciones están conmemorando el bicentenario de su independencia. Es un momento histórico en el que siguió brillando el nombre de Cristo, llegado aquí por obra de insignes y abnegados misioneros, que lo proclamaron con audacia y sabiduría. Ellos lo dieron todo por Cristo, mostrando que el hombre encuentra en él su consistencia y la fuerza necesaria para vivir en plenitud y edificar una sociedad digna del ser humano, como su Creador lo ha querido. Aquel ideal de no anteponer nada al Señor, y de hacer penetrante la Palabra de Dios en todos, sirviéndose de los propios signos y mejores tradiciones, sigue siendo una valiosa orientación para los Pastores de hoy.

Las iniciativas que se realicen con motivo del Año de la fe deben estar encaminadas a conducir a los hombres hacia Cristo, cuya gracia les permitirá dejar las cadenas del pecado que los esclaviza y avanzar hacia la libertad auténtica y responsable. A esto está ayudando también la Misión continental promovida en Aparecida, que tantos frutos de renovación eclesial está ya cosechando en las Iglesias particulares de América Latina y el Caribe. Entre ellos, el estudio, la difusión y meditación de la Sagrada Escritura, que anuncia el amor de Dios y nuestra salvación. En este sentido, los exhorto a seguir abriendo los tesoros del evangelio, a fin de que se conviertan en potencia de esperanza, libertad y salvación para todos los hombres (cf. Rm 1,16). Y sean también fieles testigos e intérpretes de la palabra del Hijo encarnado, que vivió para cumplir la voluntad del Padre y, siendo hombre con los hombres, se desvivió por ellos hasta la muerte.

Queridos hermanos en el Episcopado, en el horizonte pastoral y evangelizador que se abre ante nosotros, es de capital relevancia cuidar con gran esmero de los seminaristas, animándolos a que no se precien «de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado» (1 Co 2,2). No menos fundamental es la cercanía a los presbíteros, a los que nunca debe faltar la comprensión y el aliento de su Obispo y, si fuera necesario, también su paterna admonición sobre actitudes improcedentes. Son sus primeros colaboradores en la comunión sacramental del sacerdocio, a los que han de mostrar una constante y privilegiada cercanía. Igualmente cabe decir de las diversas formas de vida consagrada, cuyos carismas han de ser valorados con gratitud y acompañados con responsabilidad y respeto al don recibido. Y una atención cada vez más especial se debe a los laicos más comprometidos en la catequesis, la animación litúrgica, la acción caritativa y el compromiso social. Su formación en la fe es crucial para hacer presente y fecundo el evangelio en la sociedad de hoy. Y no es justo que se sientan tratados como quienes apenas cuentan en la Iglesia, no obstante la ilusión que ponen en trabajar en ella según su propia vocación, y el gran sacrificio que a veces les supone esta dedicación. En todo esto, es particularmente importante para los Pastores que reine un espíritu de comunión entre sacerdotes, religiosos y laicos, evitando divisiones estériles, críticas y recelos nocivos.

Con estos vivos deseos, les invito a ser vigías que proclamen día y noche la gloria de Dios, que es la vida del hombre. Estén del lado de quienes son marginados por la fuerza, el poder o una riqueza que ignora a quienes carecen de casi todo. La Iglesia no puede separar la alabanza de Dios del servicio a los hombres. El único Dios Padre y Creador es el que nos ha constituido hermanos: ser hombre es ser hermano y guardián del prójimo. En este camino, junto a toda la humanidad, la Iglesia tiene que revivir y actualizar lo que fue Jesús: el Buen Samaritano, que viniendo de lejos se insertó en la historia de los hombres, nos levantó y se ocupó de nuestra curación.

Queridos hermanos en el Episcopado, la Iglesia en América Latina, que muchas veces se ha unido a Jesucristo en su pasión, ha de seguir siendo semilla de esperanza, que permita ver a todos cómo los frutos de la resurrección alcanzan y enriquecen estas tierras.

Que la Madre de Dios, en su advocación de María Santísima de la Luz, disipe las tinieblas de nuestro mundo y alumbre nuestro camino, para que podamos confirmar en la fe al pueblo latinoamericano en sus fatigas y anhelos, con entereza, valentía y fe firme en quien todo lo puede y a todos ama hasta el extremo.
Amén.

 

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