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Satanás "reina" durante tres días en la Semana Santa de Ecuador

La “diablada” de Alangasí escenifica el triunfo del Bien sobre el Mal

Los diablos tienen que “ser fieles a sus mujeres, no pegarlas ni tomar alcohol”

05 Abr 2015 - 17:48 CET
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(José Manuel Vidal, enviado especial a Quito).- Desde la noche del Viernes Santo, día de la muerte de Cristo, hasta el domingo de Pascua, los católicos de todo el mundo esperan, en silencio, la Resurrección del Señor. Pero en Alangasí, pequeña ciudad de Ecuador, esos tres días son el reino de Satán en la tierra. Es la «diablada», que escenifica tanto la toma como la entrega del poder de las tinieblas en la iglesia del pueblo y durante los ritos de Semana Santa.

Los diablos, 24 en total este año, salen de sus escondrijos durante la procesión de la noche del viernes santo, se introducen entre la gente y ofrecen a los mayores billetes y revistas pornográficas, para tentarlos, al tiempo que asustan a los niños, que, sobre todo si son pequeños, gritan despavoridos.

Porque tanto Satanás, el jefe de la diablada de Alangasí, como sus 24 diablos van perfectamente caracterizados, para producir terror. Todos llevan enormes caretas con cuernos y colmillos; capas largas; tridentes de hierro; billetes de dólares falsos o revistas pornográficas. Algunos portan incluso, pequeños muñecos colgados. «Son los hijos de los diablos», dice a mi lado una señora, mientras sostiene con fuerza un gran cirio para ahuyentarlos.

Algunos, más modernos, llevan caretas tecnológicas, con luces que se encienden y se apagan. Mientras el jefe de la diablada porta un gran libro, en el que va anotando los nombres de los «condenados».

«Se trata de la escenificación de la eterna lucha del Bien y del Mal, con la consiguiente moraleja interpretada ante el pueblo: el triunfo de Jesús sobre Satanás», explica Fabián López, vocal de Cultura de la parroquia.

 

Para ser diablo en Alangasí hay que opositar y, según cuenta, Fabián, no se eligen para diablos, como parecería lo más lógico, a los más malos del pueblo. Al contrario, se seleccionan a los buenos. «Si son adultos, tienen que estar casados por la Iglesia, no pegar a sus mujeres, ser fieles y no ser tomadores (alcohólicos). Si los aspirantes a diablos son niños, sus padres tienen que acreditar que son obedientes y estudiosos», cuenta el vocal de cultura de la parroquia.

Aquí, los diablos también son católicos y ofrecen encarnar ese papel por su profunda fe y por hacer penitencia, soportando largas caminatas, con sus pesadas caretas, asi como el cansancio, el sudor, o el sol, que cae en picado. Y, además, tienen que interpretar bien el papel del demonio, porque, de lo contrario y según la creencia popular, soñará con el infierno muchos años.

Tras aterrorizar a los vecinos desde el viernes, el domingo, en plena eucaristía de Pascua, entran en la iglesia, que se encuentra abarrotada de fieles de todas las edades: niños, jóvenes, adultos y ancianos. Aquí, todo el pueblo va a misa.

Llegan los 24 juntos y comienzan a dispersarse por todo el templo. Sus caretas son realmente feas y producen terror entre los niños y prevención entre los adultos. Gritan, corretean por el templo, dan golpes en el suelo con sus tridentes y se proclaman dueños y señores.

En el presbiterio, el sacerdote César Arias termina la oración previa a la liturgia de la Palabra y da paso a las lecturas. Mientras una mujer lee las lecturas del día, los diablos campan a sus anchas por la iglesia, asustando a los niños. Eso sí, sin subirse al presbiterio, territorio sagrado.

 


Pero su reino está tocando a su fin. Tras las lectura, el párroco proclama el himno de la Resurrección y grita, con voz potente, tres veces: ¡Gloria, gloria, gloria! El pueblo también grita la misma proclama otras tres veces y los diablos huyen despavoridos y salen del templo.

Y allí dan rienda suelta a su furor, disparando cohetes y fuegos artificiales. El infierno explota y los diablos se marchan corriendo, parra reunirse y quitarse las caretas, en casa del prioste o jefe de diablada de Alangasí.

En la homilía, el padre Arias, aprovecha la ocasión para adoctrinar a sus fieles: «El bien, la justicia y la verdad siempre triunfan«. Y, para eso, a su juicio, son los propios fieles los que «tienen que cambiar el corazón» y luchar por los valores del Reino.

Porque, «un cristiano no puede estar tranquilo, si, a su alrededor, reina la injusticia o la mentira o, si a su lado, alguien pasa hambre». Y concluye con una invitación al testimonio: «Tenemos que vivir sin miedo, porque Cristo nos acompaña. Tenemos que dar testimonio de fe y no usar la cruz como un adorno o un amuleto de la suerte». Y el ritual concluye con aleluyas a Cristo, vencedor de la muerte y de la diablada de Alangasí. El Reino de las tinieblas ha sido derrotado: Christus vincit.

 

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