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Baltazar Porras

El sexto cardenal venezolano

"No hay sedes cardenalicias sino cardenales según las necesidades de la Iglesia"

13 Oct 2016 - 10:11 CET
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Baltazar Porras: «Esto es una bendición no para mi persona sino para el país»

(Baltazar Porras, arzobispo de Mérida).- El cardenal José Humberto Quintero decía que «Dios ha querido mucho a Venezuela» y lo corroboraba con una serie de ejemplos sacados de la a veces torcida historia criolla.

Hoy podemos afirmar lo mismo: el amor de Dios se ha hecho presente a través del Papa Francisco al darle a nuestro país, no sólo a la Iglesia, un nuevo cardenal. Por qué, sencillamente porque es signo de su preocupación y cariño, dándonos el aliento de la fe para que no desmaye la esperanza de encontrar caminos de armonía, de fraternidad, de paz, por sendas tortuosas pero sin violencias, descalificaciones ni exclusiones. Dura tarea pero no imposible porque la verdad siempre triunfa sobre el mal.

Aprovecho esta crónica menor para agradecer a los muchos que han sentido como suya este nombramiento pontificio. Dios les pague y recompense. Además, quiero responder y aclarar algunas de las preguntas que muchos se han hecho. El primer cardenal venezolano fue José Humberto Quintero Parra, merideño de Mucuchíes, nombrado por el hoy santo Juan XXIII como regalo navideño en 1960. El segundo, José Alí Lebrún Moratinos, carabobeño de Puerto Cabello, a quien tuve el honor de servirle de secretario en Roma en los fríos días de enero y febrero de 1983.

El tercero, Rosalio José Castillo Lara, salesiano y aragüeño de Güiripa, en 1985, y estuvo al frente del nuevo código de derecho canónico vigente y más tarde Gobernador del Estado Vaticano. El cuarto, Antonio Velasco García, también salesiano y portugueseño de Acarigua, en el año 2000. Los tres fueron nombrados por San Juan Pablo II. El quinto, Jorge Urosa Savino, caraqueño en el 2006, por el Papa Benedicto XVI. Y el sexto, otro caraqueño al servicio de la iglesia merideña, por el Papa Francisco, en este año de la misericordia 2016.

Se convierte Mérida en sede cardenalicia. No. El Papa lo ha dicho en varias oportunidades. No hay sedes cardenalicias sino cardenales según las necesidades de la Iglesia. Tampoco significa dejar la sede que se ocupa a menos que el Papa lo lleve a Roma a algún dicasterio de la Curia. Ha insistido también el Pontífice que no se trata de un honor ni de un ascenso. Es un servicio que tiene la connotación del color escarlata con la obligación de dar la vida por la causa del Señor Jesús. Cardenal viene de la palabra latina «cardo» que significa quicio, bisagra, es decir, en unión con el Papa se convierte en consejero, asesor, llevando las inquietudes y necesidades de las comunidades de origen para ayudar a ser con creatividad, coraje, constancia y libertad, mano amiga, colaborador cercano en la obligación de hacer del Evangelio, buena noticia para la humanidad de hoy.

 

 

Siendo el Papa Francisco el primer sumo pontífice salido del fin del mundo, de nuestra América Latina, y el primer hijo de San Ignacio que lleva la sucesión de San Pedro, le ha impreso a su ministerio el sello de la sencillez y cercanía, de la lozanía y alegría de nuestro continente. Además, curtido en la atención a las situaciones «de frontera», hay que estar en salida, no arremolinado a la rutina de siempre ni a la comodidad de los ambientes cálidos donde los problemas se diluyen u olvidan.

Por eso, propone una teología popular, lo que no significa que edulcora o destiñe el mensaje de Jesús. Por el contrario, se trata de hacerlo asequible, comprensible y sobre todo cautivador para que la humanidad tenga esperanzas de una vida mejor y más justa para todos. Nos toca proponer esta originalidad del catolicismo latinoamericano como la mejor ofrenda a la iglesia universal y al mundo entero. Es el aporte, la sangre nueva, el vino añejo de la vivencia de la fe de nuestro pueblo la que se hace regalo universal para la esperanza de los pueblos. Renovemos la fe y con el Papa Francisco no nos dejemos robar la verdad, la esperanza, el amor de Jesús que transforma. Que así sea para mayor gloria de Dios.

 

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