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El obispo de Caguas hace un llamamiento a terminar con la violencia en Puerto Rico

Monseñor Eusebio Ramos: «¡Se mata a nuestro pueblo y no actuamos! ¿Hasta cuándo?»

"Se ha entronizado la violencia y la muerte en la convivencia puertorriqueña y se ha hecho parte de nuestra cultura de muerte"

S.E.R. Mons. Eusebio Ramos Morales 31 Ene 2019 - 17:49 CET
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(Mons. Eusebio Ramos Morales, obispo de Caguas).-  Nos hemos acostumbrado a ver o escuchar las noticias en radio, televisión y prensa sobre las continuas muertes violentas, pero ya no nos impresionan: balaceras por todas partes, asesinatos por armas de fuego, quemados en autos, cadáveres en bolsas plásticas, personas degolladas o encontrados con manos amarradas o sus cabezas cubiertas y baleadas. Además, el maltrato a la mujer y a los niños.

Se ha entronizado la violencia y la muerte en la convivencia puertorriqueña y se ha hecho parte de nuestra cultura de muerte. ¡Pero no pasa nada! Hasta pensamos y decimos que todo está bien.

También, hemos creado una forma particular de informar tanta violencia y criminalidad: les llamamos «individuos», no personas. Así, los hijos de esta tierra se convierten en números y estadísticas frías de muerte cuando los contamos, porque a veces ni siquiera se cuentan.

Pero, ¿qué hay de las familias que pierden a sus seres queridos, de las madres y padres que pierden sus hijos, de los hijos que se quedan sin sus padres, de las esposas o esposos que quedarán viudos y desgarrados, de los matrimonios truncados por la muerte cruel y violenta, de la juventud apagada inmisericordemente, del recurso humano del país que se va diluyendo y de la sociedad diezmada y enferma que vamos encontrando? ¿Hasta cuándo?

El grito de los niños huérfanos, las lágrimas de los rostros adoloridos y los múltiples hogares y familias puertorriqueñas destrozadas que sufren este sin sentido, claman al cielo y a nuestras conciencias.

Ha llegado la hora de dejar a un lado la partidocracia fanática que nos convierte en tribus, la comodidad de nuestras posiciones placenteras, muy bien pagadas, y superar los intereses egoístas que nos encierran y aíslan del dolor ajeno.

Esta devastación social causada por la imparable ola violenta y cruel que nos acompaña en nuestra cotidianidad social tiene que terminar. Celebramos las iniciativas públicas y privadas que se han presentado, pero nos basta con las conferencias de prensa y cumbres para complacencias personales y noticiosas. Es urgente iniciar una amplia reflexión en todos los ámbitos de nuestra sociedad puertorriqueña: a nivel familiar, social, académico, cultural y religioso.


Hay preguntas que comienzan a brotar con fuerzas: ¿Qué ha pasado en nuestros hogares? ¿Qué hemos hecho con la familia? ¿Cómo construimos nuestros matrimonios? ¿Qué valores estamos inculcando y promoviendo? ¿Hay espacio para Dios en nuestros hogares?

Urge una revisión a la filosofía educativa que pretendemos imponer. Muchas reformas se han apartado de nuestra cultura e identidad de pueblo, por ser extranjeras. Los corazones de tantos religiosos, académicos y servidores de hombres y mujeres de buena voluntad en esta tierra están siendo zarandeados.

Para colmo, las familias que pierden a sus seres queridos tienen que estar largas semanas esperando que les entreguen los restos de éstos. Esta insensibilidad no puede tolerarse cuando los contratos jugosos a particulares siguen otorgándose como si no pasara nada en el País. ¿Dónde están nuestras prioridades? ¡Ojalá tengamos memoria y no olvidemos quiénes y cómo nos llevaron a esta deplorable situación!

Por otro lado, hacemos un llamado a los que tienen responsabilidades o son servidores ante el País para trabajar con urgencia esta situación de deterioro social, moral y religioso.

A nivel eclesial, invitamos a los pastores y a todos los bautizados a poner en la agenda de cada consejo pastoral o de las diferentes estructuras de servicio la situación del país y empezar a tomar acción inmediata.

La educación y toma de conciencia de esta realidad, el acompañamiento y solidaridad a las familias en su dolor, la organización social y el discernimiento a la luz del Espíritu, la oración y rogativas por nuestro pueblo, son acciones que están a nuestro alcance y podemos trabajar desde la tarea pastoral y la responsabilidad ministerial. Es urgente vencer la tentación de la indiferencia.

Invoquemos a la Virgen María y con ella llevemos vida y esperanza a los que sufren o se les arrebata inmisericordemente. «Nosotros también, Padre, queremos ser una Iglesia que sostiene y acompaña, que sabe decir: ¡Aquí estoy!, en la vida y en las cruces de tantos cristos que caminan a nuestro lado. En María aprendemos la fortaleza para decir «sí» a quienes nos han callado y no se callan ante una cultura del maltrato y del abuso, del desprestigio y la agresión, y trabajan para brindar oportunidades y condiciones de seguridad y protección», (Papa Francisco en Viacrucis de la JMJ, 25 de enero de 2019).

Finalmente, hago un llamado a los señores de la industria del narcotráfico y de las armas, a los controladores y suplidores de los miles de puntos de drogas que arropan al País, y a los que les protegen y blanquean su dinero ¡Basta ya de tanta violencia! Piensen en sus hijos, sus padres y amigos. A los que les arrebatan la vida también son personas e hijos de Dios y tienen seres queridos que sufrirán sus partidas por siempre. Busquen en sus corazones las huellas de Dios y el respeto por la vida humana.

Qué Dios les bendiga y les transforme en el nombre de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y con el amor y la luz de su Santo Espíritu.

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