Santiago Agrelo.-La Shoah -el Holocausto- del siglo XX no fue sólo un intento despiadado de aniquilar a la población judía de Europa; fue también un escarnio a la fe de las víctimas y un desafío al poder de Dios. En realidad, el impío como el necio, siempre han tratado de justificar su impiedad con el silencio de Dios ante la muerte de sus pobres, y con la soledad de los pobres ante el silencio de Dios.
El libro de la Sabiduría lo expresó así:
«Dijeron los impíos: Acechemos al justo que nos resulta incómodo… declara que conoce a Dios y se da el nombre de hijo del Señor… declara dichoso el fin de los justos y se gloría de tener por padre a Dios… Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos; lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura… lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él».
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