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La comunión se pide, como se pide una gracia. A la comunión eucarística, como al misterio de Dios, uno se acerca con la confianza que da la palabra de quien invita, y con el temor que nace de la conciencia que se tiene de la propia indignidad.
Esa comunión se pide y se recibe en la Iglesia, sencillamente porque es el pan de la Iglesia, el pan que ella presenta, el que ella bendice, sobre el que ella ora, por el que ella da gracias, el que ella consagra, el que ella muestra, el que ella parte y reparte, el que ella recibe, el que ella come, del que ella vive.
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