(José M. Vidal).- Con sus escritos, su palabra y su presencia, Fernando Sebastián Aguilar (Calatayud, 1929) marcó toda una época en la Iglesia y en la sociedad española. Así se le reconoció ayer el cardenal Ricardo Blázquez, en el funeral celebrado por su eterno descanso en la Fundación Pablo VI de Madrid: «Don Fernando ha prestado un servicio excelente a la Iglesia y a la sociedad española», dijo el arzobispo de Valladolid.
Presidida por el Cardenal Ricardo Blázquez, Arzobispo de Valladolid y Presidente de la CEE, la eucaristía ha estado concelebrada, entre otros, por el Cardenal Aquilino Bocos, misionero claretiano; el Cardenal Antonio María Rouco Varela; el obispo de Mondoñedo Ferrol, Luis Ángel de las Heras; el arzobispo de Zaragoza, Vicente Jiménez; el obispo de Lugo, Alfonso Carrasco Rouco; y el Presidente de la Fundación Pablo VI y obispo de Getafe, Mons. Ginés García Beltrán.
Entre los asistentes, familiares de Don Fernando Sebastián, amigos y algunas personalidades públicas, como Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón; la Presidenta del Consejo de Estado, María Teresa Fernández de la Vega; el ex Ministro de Exteriores, Marcelino Oreja Aguirre; el director de la Fundacion Pablo VI, Jesús Avezuela; el gerente del episcopado, Fernando Giménez Barriocanal; el director del Instituto diocesano de Teología y Pastoral de Bilbao, Carlos García de Andoin; el teólogo Juan María Laboa o el vicerrector de la Pontificia de Salamanca, Jacinto Núñez.
Herrero de Miñón y De la Vega saludan a Barriocanal
En su homilía, el cardenal Blázquez, que habló sin papeles y desde el corazón, comenzó dando gracias a Dios por la vida de Don Fernando, que «ha sido para nosotros un regalo del Señor», por sus palabras, sus signos y su forma de vivir la dimensión evangélica «que llevaba grabada en su corazón de misionero claretiano». Por eso, «fue un apóstol en todo lo que hizo, que fue muchísimo».
Una vida, la de Don Fernando Sebastián, que, según el cardenal Blázquez, «ha dejado una huella imborrable». Y el arzobispo de Valladolid pasó a recordar algunas vivencias que compartió con el difunto cardenal, al que conoció ya en 1974, cuando Don Fernando era rector de la Universidad Pontificia de Salamanca y Don Ricardo comenzaba allí su actividad docente.
Ya entonces a monseñor Blázquez le llamó la atención la capacidad de Don Fernando «de analizar la situación socio-religiosa con una profundidad admirable y, después, exponerla con brillantez y profundidad». Porque «tenía cosas que decir y las sabía decir», dando siempre luz a las situaciones más oscuras.
También coincidieron, ya como obispos, en el norte de España. Don Fernando, como arzobispo de Pamplona y Don Ricardo, como obispo de Bilbao. «En nuestras muchas reuniones en Vitoria y en otros lugares, pudimos buscar caminos de salida en medio de una situación tan complicada como la que nos tocó vivir. Allí sufrimos juntos».
Rouco, Blazquez y Bocos, en el funeral de Sebastián
Al mismo tiempo, los dos prelados coincidieron (y mucho) en la Conferencia episcopal, donde Don Fernando fue primero secretario general, en un momento que coincidía con la visita de Juan Pablo II a España. «Terminaba una fase del postconcilio y comenzaba otra fase», que monseñor Blázquez conecta con la aparición de uno de los documentos más importantes del episcopado (obra, en gran parte de monseñor Sebastián, como otros muchos), titulado ‘Testigos del Dios vivo’.
En efecto y aunque Don Ricardo, siempre tan conciliador, no lo mencionó, esa etapa representa el fin de la era taranconiana, con la salida de los primeros puestos de la escena eclesiástica de monseñor Sebastián y monseñor Gabino Díaz Merchán, para ser sustituidos por monseñor Suquía y monseñor García Gasco. Comenzaba lo que algunos denominaron, entonces, la época de la involución en la Iglesia española, para adaptarse a la directrices del pontificado del Papa Wojtyla, plasmadas en España, con mano de hierro, por el nuncio Mario Tagliaferri.
Don Fernando, desde entonces, pasó a una especie de segundo plano en cuanto al gobierno directo de la conferencia episcopal (de la que, sin embargo, llegó a ser vicepresidente), pero siguió siendo el mentor intelectual de muchos de sus documentos. Buscando siempre, en los textos de la CEE y en su vida, «la concordia que, si entonces fue posible, también debe se posible hoy», enfatizó el arzobispo de Valladolid en su homilía.
Al final de la eucaristía, el obispo de Getafe, Ginés Garcia Beltrán, pronunció un responso y leyó una semblanza del cardenal Sebastián, en la que le calificó de «testigo apasionado de Cristo» y «de los acontecimientos políticos», asi como una persona «sencilla, amable, con espíritu de diálogo, capaz de escuchar y reconocer la verdad que hay en los otros».
Texto íntegro de las palabras de monseñor Gaqrcía Beltrán
En este momento, después de haber comulgado con el Cuerpo y la Sangre del Señor, que es entrar en el misterio mismo de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro, y en nuestro propio misterio de humanidad redimida por la entrega de Cristo que nos ha hecho participes de la vida eterna, quiero expresar en nombre de la Fundación Pablo VI nuestros sentimientos ante la muerte de D. Fernando, el cardenal Sebastián, hermano, amigo, y durante años presidente de esta Fundación.
En primer lugar, acción de gracias. Gracias a Dios por su vida y por su ministerio. Una larga y vital existencia como él mismo nos relató en sus memorias. Aragonés de cuna y misionero de vocación, al estilo de Claret; apasionado por Jesucristo al que se consagró en cuerpo y alma, y espíritu audaz e inquieto en la misión -misiones- que se le han encomendado a lo largo de su vida. Desde Calatayud donde vio la primera luz hasta Málaga donde ha entregado su vida en el abrazo al Dios que anunció y amó con toda su fuerza.
En la vanguardia siempre del saber teológico para poner palabras a lo que experimentaba su corazón, y en la de la vida pública donde le tocó ser testigo en primera línea de los grandes acontecimientos de nuestra reciente historia, primero como teólogo, después como Obispo -secretario y vicepresidente de la CEE-, sin olvidar su paso por las diócesis de León, Granada, Málaga y Pamplona, donde no dudó en aprender el euskera y ser obispo de todos. D. Fernando era un recio aragonés que encerraba un alma sencilla y amable; cariñoso y entrañable, fuerza navarra injertada en el genio andaluz de donde tomó nuestra alma mediterránea, y de allí quiso irse al Cielo.
Ginés García Beltrán
Nuestro sentimiento en este momento es también de pesar por la desaparición para este mundo de alguien al que queríamos y al que nos unían los vínculos de la fe y el afecto. Desaparece para la escena de este mundo un hombre, un cristiano, un sacerdote y un Obispo providencial para la Iglesia que está en España. Aunque es verdad que nos deja como legado el testimonio de su fe siempre confesante, de su pasión evangelizadora y de un gran espíritu de diálogo con el mundo.
En su vida D. Fernando Sebastián nos mostró el gran don de la fe que vivió como alegre noticia y como don que recibimos de Dios. Siempre quiso ayudar a vivir la fe cristiana y valorarla como regalo precioso, porque «creer en Jesucristo proporciona una forma de entender la vida y de vivirla». Una de las grandes preocupaciones de su corazón ha sido, la ausencia de fe, la fe superficial e inmadura de tantos que se dicen católicos, y la apostasía que vive el mundo actual; «uno de los problemas a los que tiene que hacer frente la Iglesia cada época es la debilidad de la fe», decía. Por eso, la necesidad del fortalecimiento de la fe y la propuesta misionera a las nuevas generaciones no cristianas.
Un tema recurrente en su pensamiento y en su acción: la evangelización. La necesidad de anunciar a Jesucristo con nuevos estilos pastorales que respondan a las necesidades religiosas de nuestros contemporáneos. Nos recordó el cardenal Sebastián incansablemente que la evangelización es la misión de la Iglesia, que esta existe para evangelizar, y ahí es donde encuentra su gozo y su paga. Siempre es tiempo de evangelización, el hombre de hoy necesita el anuncio de Jesucristo que es respuesta y sentido para lo que habita el corazón humano. Evangelizar es una pasión de amor a la que D. Fernando dedicó hasta el último aliento de su existencia en esta tierra.
Por su afán evangelizador fue también un hombre de diálogo. Para dialogar hace falta tener una identidad asentada y un espíritu humilde que es capaz de escuchar y de reconocer la verdad que hay en el otro. El diálogo adquiere en esta casa una profundidad especial al recordar al Papa santo que da nombre a nuestra Institución, Pablo VI, al que muchos, y con razón, han llamado el Papa del diálogo. D. Fernando repitió en muchas ocasiones: Pablo VI fue mi Papa. Por eso, en la intervención que tuvo en el homenaje que la dedicamos a Pablo VI, afirmaba: «Hoy los españoles necesitamos escuchar de nuevo su mensaje y cumplir sus recomendaciones de mutuo respeto y diálogo sincero, de reconciliación generosa y colaboración sincera entre todos nosotros, por encima de las inevitables diferencias sociales, culturales, políticas, religiosas».
El cardenal Sebastián presidió durante años esta Fundación siempre con espíritu renovador y con la clara conciencia de la necesaria y siempre fecunda aportación de la Doctrina Social de la Iglesia a la sociedad española. Damos gracias al Señor por la labor realizada en la Fundación, que no termino con su presidencia, sino que ha continuado con su aliento y su presencia hasta el final de su vida.
La última palabra ha de ser para la esperanza, porque como dice S. Pablo, la esperanza no defrauda porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu santo que nos ha dado, porque la última palabra no la tiene la muerte. Cristo ha vencido a la muerte, y nosotros hemos vencido con Él. La muerte no es el final, es vivir con el Señor, esta es nuestra vocación y este nuestro destino. Encomendamos la vida de D. Fernando Sebastián en las manos de Dios y le pedimos que cumpla en él su palabra.
Quiero terminar con las palabras con las que D. Fernando termina sus Memorias con esperanza, no sin antes encomendarlo a la Virgen María, pidiéndole que lo lleve en su Corazón, el mismo al que él se consagró desde joven, para presentarlo ante su Hijo y recibir de Él el premio de los buenos pastores:
«Este soy yo y esta es mi vida, mejor o peor lograda, mejor o peor correspondida; aquí estoy, Señor, en tu presencia, con los talentos que me diste y con mi pequeña cosecha, esperando de tu misericordia que me acojas en tu Reino, que cuando llegue mi hora me hagas entrar en la casa de tu Padre y de nuestro Padre, por tu misericordia, por el amor del Espíritu Santo, para vivir contigo, y con María, tu Madre y nuestra Madre, con todos mis seres queridos, gloriosamente, por los siglos de los siglos. Amén».
+ Ginés García Beltrán
Obispo de Getafe y Presidente de la Fundación Pablo VI
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