(José Carlos Rodríguez).- Cada vez que paso por el camino principal de Obo en dirección al campo de refugiados congoleños, cerca de las oficinas de la ONG italiana donde me suelo conectar a internet, me encuentro con la misma estampa descorazonadora: los restos del kiosko de Matías, destruido por sus vecinos hace un par de semanas, con sus enseres desparramados a los que nadie se atreve a echar mano. Matías es un anciano al que hace poco le acusaron de brujería.
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