(Irene López, enviada especial a Israel).- Llegamos a Israel en sabbat, el día sagrado para los judíos. El día en que los ascensores no funcionan, las mujeres usan peluca y los más ortodoxos se abstienen de conducir o utilizar la electricidad. El sabbat dura desde que se pone el sol hasta que aparecen «las tres primeras estrellas» a la noche siguiente, según dice la tradición.
«Es un día que los judíos utilizamos para hablar de filosofía», bromea nuestro guía del Ministerio de Turismo de Israel. Pero, en realidad, lo que los israelíes comentan es el reabierto debate sobre el diagnóstico forense de Yasser Arafat: «Lo que yo no entiendo es por qué no lo envenenaron 50 años antes», dice visceralmente el taxista que conduce al grupo de periodistas que nos trasladamos desde el Ben Gurión hasta el puerto de Haifa.
La primera impresión es que los israelíes viven a la defensiva. Los funcionarios del aeropuerto te preguntan directamente si tienes algún amigo del extenso «mundo árabe», y los trabajadores del Ministerio presumen de tener un cuerpo de 200 voluntarios especializados en la reconstrucción de edificios que, aunque en estos momentos se han desplazado a Filipinas para colaborar con los damnificados del tifón, están entrenados por otros motivos: «El problema de Israel son las bombas» dice David, nuestro guía, confirmando la sensación de que si Israel es un país obsesionado con la seguridad, lo es desde la consciencia de tener muchos enemigos.
Judíos en su día de descanso y cristianos maronitas coinciden en el mismo restaurante, donde David nos cuenta que los israelíes, además de cumplir un servicio militar obligatorio de tres años, se entrenan anualmente durante un mes (hasta la edad de 40) para reciclarse. Admite que el Estado de Israel tiene la bomba atómica y que, en caso de entrar en guerra contra los países árabes, no dudarían en usarla. «Tomamos la opción de Sansón», explica el funcionario en alusión al personaje del Antiguo Testamento que derribó el templo consigo mismo dentro. Es decir, «morir matando».
En el santuario del Monte Carmelo una señal recuerda a los visitantes que no está permitido portar armas. Cerca, los hermosos jardines de los bahais pertenecen a una religión sincretista que surgió en Persia y de la que se estima (sus adeptos no ofrecen cifras) que tiene alrededor de 10.000 seguidores en todo el mundo.
En Caná los matrimonios renuevan sus votos y recuerdan el primer milagro de Jesús, y en San Juan de Acre el canto del muecín se sobrepone a las kipás de los judíos de la misma manera que los templarios construyeron sus pasadizos sobre las ruinas de los romanos y los israelíes caminan hoy sobre la ciudad subterránea de la antigua Akko.
Israel es el resultado de todo esto: una superposición de capas que se entremezclan y al mismo tiempo se repelen. Y sus habitantes lo reconocen: comen hummus libanés y shawarma turco, confían en que Irán nunca les lanzaría la bomba atómica porque están rodeados de musulmanes, y hasta de vez en cuando bromean con la «tierra prometida» que Dios les dio, en la que han buscado petróleo incansablemente, sin obtener resultados.
Cuenta un chiste que Moisés quiso pedir para su pueblo la tierra de Canadá o California, pero que, como era tartamudo, Dios le entendió «Canáan» (el nombre que antiguamente recibía la Galilea), y entonces los judíos fueron enviados a Israel, donde los mosaicos y los olivos dan testimonio de épocas en las que no existían los kibutz, y donde da la impresión de que los israelíes se sienten cercados por su propio entorno. Un país que busca su identidad a través de la firmeza y la ortodoxia.
«¿Y qué es la religión?», pregunta nuestro guía poco antes de darnos la respuesta: «Al fin y al cabo, un manual de disciplina».
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