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"Si vos no aprendés a llorar, no sos buen cristiano"

«Amar y dejarse amar», lección del Papa en la Universidad Santo Tomás de Manila

Lolo Kiko quiso recordar que los jóvenes son el amor y la esperanza de la iglesia

Macario Ofilada 18 Ene 2015 - 10:16 CET
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(Macario Ofilada, Manila).- Para mí era las frase más significativas o emblemáticas, dentro del discurso más significativo, del pontificado de Francisco incluso más que la de «oler a las ovejas». En el campus moderno de la Universidad de Santo Tomás de Manila que de Real y Pontificia prácticamente nada sino en lo externo. Esta institución insiste en estos apelativos más bien por sus títulos históricos o por razones románticas que por realidades concretas que para el mismo Papa superan las «ideas» o los papeles, es decir, el texto que tenía preparado pero que no ha logrado leer.

Ha descendido la lluvia durante el encuentro histórico entre el papa y el mundo estudiantil y juvenil filipino, el cuarto que se ha celebrado en el mismo recinto de una universidad fundada con grandes ideales culturales de naturaleza cristiana pero cuyo recorrido histórico demuestra grandes fallos y obstáculos como por ejemplo el que un general de los dominicos hace poco tuvo que venir para obligar al provincial, rector y vicerrector dominicos y responsables de esta institución a presentar su dimisión por desobediencia, pues querían hipotecar este campus histórico para una gran cantidad de dinero para convertir su clínica universitaria, renombrada por sus obras de caridad entre los pobres, en una institución con fama internacional con ánimo de gran lucro y promoviendo el turismo médico en estos pagos del mundo. El entonces genral dominico, argentino como Francisco, les había dicho que no a estos frailes y a la cultura de simulacro y espectáculos que lideran y que encarnan el mundo universitario católico en estos pagos.

Ha entrado en el campus moderno de la Universidad que ahora dista de los ideales evangélicos y culturales de Mons. Benavides cuya estatua contempló Francisco tras el encuentro interreligioso breve a la entrada del campus, por el Arco de las Centurias, la reliquia del antiguo edificio de la universidad fundada en Manila Intramuros en 1611. Dicho edificio fue destruido durante la segunda guerra mundial.

En el grandstand, Francisco presidió una Liturgia de la Palabra, centrada en la juventud, con textos bíblicos del Nuevo Testamento, sobre todo el Evangelio de Marcos 10, 17-21 sobre el joven rico que en realidad era pobre por su apego a los bienes materiales, cosa muy común entre los políticos y el clero como recordó Francisco en su estancia en Manila.

El papa escuchó a cuatro representantes de la juventud filipina: Jun y Glizelle Iris (chica esta última y ambos streetchildren o niños recogidos de la calle por obras de caridad, Leandro (estudiante de Derecho) y Rikki (graduado de ingeniería y voluntario en pro de los daminificados en Tacloban el año pasado).

Francisco ha querido continuar su discurso de teodicea comenzado en Tacloban evocando el dolor de la muerte de la voluntaria Kristel y orando por su alma y por sus padres, pues era única hija. El papa ha resaltado el sufrimiento hecho concreto en la muerte de una persona, evocando a la vez la muerte de los damnificados, el sufrimiento del pueblo de Tacloban y la provincia de Leyte, otra vez azotado por un tifón.

El Lolo Kiko ha querido recordar que los jóvenes son el amor y la esperanza de la iglesia. Es éste el preludio del discurso teodiceal de Francisco, más allá de los límites de la filosofía o razón pura, en el campus de la universidad cuya filosofía y teología han de ser ejemplares pero que se han quedado en la vacuidad de la falta de rigor académico y ético.

Ha sido la niña Kristel quien ha logrado desatado el discurso desgarrador teodiceal de Francisco. Ha sido una niña, una femina, una mujer cuya presencia reclamó Francisco, esperando que en la próxima visita papalina a estas islas hubiera más mujeres, pues éstas hacen preguntas a las que los hombres no acabamos de dar respuestas suficientes, pues no las acabamos de entender. En otras palabras, no acabamos de entender, no queremos comprender a los marginados, entre ellos las mujeres como en tiempos de Jesús.

Tras el testimonio ya desgarrador del chico Jun del mundo duro de abusos, drogas y crímenes de los niños de la calle, lanzó con lágrimas un grito la chica Glizelle, en nombre de los niños y mujeres marginados: ¿por qué Dios permitió todo esto? Yo les he escuchado hablando en Tagalo y nunca me había parecido tan expresivo el Tagalo de mis ancestros y paisanos. Francisco reconoció el meollo teodiceal, que es el centro de todo filosofar (para mí como estudiante perenne de la filosofía): La pregunta que no tiene respuesta. Francisco ha querido parafrasear la sabiduría que ha brotado de la boca de los niños: ¿Por qué sufren los niños?

De ahí se desató el discurso teodiceal del papa, su lección de cátedra que supera la de la razón pura y práctica de los más grandes filósofos, cuyos nombres se repiten en aulas austeras en Europa y en las carentes de estética del alma mater dominicana en Manila. Francisco subrayó nuestra incapacidad para el verdadero filosofar, la verdadera vivencia cristiana: nuestra incapacidad (como mayores) de llorar sobre todo ante el sufrimiento como Cristo quien lloró cuando murió su amigo Lázaro, cuando vio a la viuda enterrando a su único hijo. Incluso, evocando a la muerte reciente de Kristel en Tacloban, Cristo, según el papa, llora la muerte de esta chica, joven como el público de Francisco en la mañana lluviosa del 18.1.2015. Francisco nos recordó: Cristo comprendió nuestra drama humana. Me vino a la mente el llanto, el «grido» de otro gran papa que había visitado el mismo campus: Pablo VI en el funeral de su amigo Aldo Moro en 1978 en San Giovanni Laterano, unos meses antes de su propia muerte que fue su propia transfiguración en la eternidad.

«Si Vos no aprendés a llorar, no sos buen cristiano», exclamó el papa hispano con el voseo encantador de su español gaucho que supera las fronteras lingüísticas, que el traductor muy competente no ha logrado traducir al inglés del todo. Ahí está el secreto de superar el mero academismo, la filosofía pura y práctica con sus límites hermenúeticos: Aprender a Llorar. ¡Hemos de ser valientes! No debemos tener miedo a llorar como dijo Francisco quien recalcó el valor del silencio junto con la Palabra que nace de las lágrimas como respuesta a los desafíos de la realidad, a la tragedia de la vida que más importante que las ideas.

Francisco dialogaba con los cuatro representantes de los jóvenes, y a través de ellos, a los jóvenes presentes en el campus y a los mayores que presumimos de ser sabios. Francisco nos presenta las lágrimas como clave de la auténtica sabiduría porque a través de ellos, y ahora evocando el discurso del estudiante de Derecho, reconoce que todos queremos saber en este mundo de información tecnológica. No es malo saber pero hay algo más importante. De hecho, es más importante que el mero saber y es el amor. Hay que aprender a amar. Sólo por el amor, según Francisco, la información o todo el saber será fecundo. Los jóvenes, y los mayores también, corren el riesgo de ser jóvenes-museos que saben de todo, que contienen todo (sobre todo cosas fosiliazadas, diría yo) pero no son sabios.

Hay que ser verdaderos sabios (o verdaderos filósofos o amantes de la filosofía, diría yo) y esto consiste en el amor que nace de las lágrimas. El amor es armonía de la mente, del corazón y de la mano, del pensar, sentir y hacer. En Manila, Francisco nos propone la teodicea que se hace antropología integral, que implica al hombre íntegro, llamado a ser sabio o filósofo. Francisco también ha calificado estas tres dimensiones como tres lenguajes centrados en el bien (o destinados solo para el bien): Pensar bien, Sentir Bien, Hacer Bien…La mente para el bien, el corazón para el bien, las manos para el bien. Todo en clave de armonía, de equilibrio, de integridad que no conoce la ambivalencia o la incoherencia. Esto va más allá del ideal platónico del bien en su mundo y se acerca más a la tierra apuntada por pensadores como Aristóteles pero que supera a éstos por su radicalidad.

Para ser sabio, hay que amar y dejarse amar. Y esto último es más difícil, reconoció el papa tal vez porque significa ser vulnerable, ser necesitado y no ser autosuficiente. Dejarse amar es dejar que los demás, sobre todo Dios, nos sorprenden, pues Dios es un Dios de las sorpresas. Dios es siempre novedoso. Dios está más allá de nuestro saber. Deberíamos dejar nuestra «psicología del computer», son éstas palabras de Francisco. Un ordenador o computer lo sabe todo. Pero no nos da sorpresas, como Dios. Y el papa, amante del arte, evocó la llamada del publicano Mateo inmortalizado por Michaelangelo Merisi da Caravaggio. En este cuadro, Jesús sorprendió a Mateo y a los demás con su llamada. Mateo se dejó sorprender, se dejó amar. Así fue vencida su reticiencia. Se dejó sorprender.

Dejarse amar. Que yo sepa fue Juan Pablo II en Lisboa el 12.5.1982 el primer papa quien evocó este ideal que para mí es el verdadero secreto del cristianismo. Pero Francisco lo convirtió en su piedra filosofal, en su piedra teodiceal hablando a los jóvenes. Prosiguiendo con este ideal, que en efecto es una llamada a la pasividad cristiana auténtica en medio de la acción cristiana (contemplativos en la acción, como es el lema de los jesuitas), debemos reconocer que somos débiles, necesitados. Un cristiano no es autosuficiente.

Y ahora evocando el testimonio del voluntario Rikki y de sus compañeros, quienes han ayudado (o siguen ayudando) como voluntarios, Francisco lanzó la pregunta: «¿Vos dejás que te ayuden?…¿Dejás que te den?» No sólo debemos dar, sino que también hemos de recibir, de abrirnos para recibir ayuda, gracia de los demás. Y esto es lo que nos falta, y ahora evocando al joven rico y autosuficiente del Evangelio a quien Jesús amó en aquel momento en que no podía aquél desprenderse de sus riquezas. «Solo te falta una cosa», como dijo Jesús y que traduce Francisco en la falta de permitir que los demás te den, que Dios te dé.

No somos máquinas que pueden con todo, que lo dan todo. No debemos ser como los Saduceos y Escribas que se daban del todo al pueblo, dándoles la ley como autosuficientes. Jesús vino para cambiar todo esto. El que nació pobre nos enseña a ser pobres, a ser mendigos. No debemos ser autosuficientes. Y ahora, aludiendo también a los pastores (Francisco mencionó específicamente a los obispos que estaban congregados ante él en el campus universitario) y gobernantes, no sólo debemos evangelizar sino que debemos dejarnos ser evangelizados por los pobres. En efecto, necesitamos ser enriquecidos.

Y Francisco remata este discurso difícil de igualar en una llamada a amar a los pobres. En efecto, ellos nos pueden dar mucho, debemos aprender de ellos, debemos dejar que ellos nos den la sabiduría porque son fuente de sabiduría, viven la realidad que es dura, una realidad siempre a la intemperie ontológica, porque están siempre expuestos a las realidades duras de la vida.

«La realidad es superior a la idea». Ahí está el meollo de esta exposición de los pobres como fuente de la sabiduría. Francisco reconoce a los que viven la realidad sobre todo de manera dura. Y esta realidad, ha reconocido el papa filósofo, es superior a los papeles (el texto) que tenía (preparados). Francisco en esta homilía inolvidable, la más bella quizá de su pontificado, ha dado una gran lección en esta universidad tan lejos de los ideales europeos de excelencia académica y ética pero tan cerca de la realidad asiática y filipina de los pobres, pues en sus alrededores hay muchos pobres, hay mucho sufrimiento, hay muchos jóvenes en las calles que no estudian porque no tienen dinero como Jun y Glizelle.

A ver si la vida de éstos dos, y la de sus compañeros, cambian para siempre con esta lección magistral de Francisco. Espero que la experiencia eclesial que era un derramamiento del Espíritu, por su fuerza pentecostal, tenga resultados duraderos y que no se quede en un show o espectáculo tan en moda en el mundo estudiantil y juvenil de Filipinas, de Santo Tomás de Manila.

Como era Domingo, Francisco rezó el Ángelus antes de dar la bendición. Roma se trasladó a Manila. El Vaticano se trasladó al pequeño vaticano con sus «curas y lavanderas» que es el campus de la Universidad de Santo Tomás en el corazón del Distrito de Sampaloc, Manila con Francisco, con su lección magistral como titular actual de la Cátedra de Pedro, como filósofo y pastor sin par en el mundo de hoy. Regresó a la Nunciatura con un chubasquero amarillo. El tifón le ha seguido a Manila donde se dispone a celebrar la Misa del Santo Niño esta tarde en la Luneta de Manila.

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