(José M. Vidal).- El Papa Francisco abre la puerta santa de su catedral de San Juan de Letrán. Y, en la homilía de la solemne eucaristía, Bergoglio anuncia que «comienza el tiempo de la gran perdonanza» y que la Iglesia tiene que derramar ternura, porque «a Dios no le gustan las rigideces», y «testimoniar un amor que va más allá de la justicia».
«Abridme la puerta de la misericordia», dice el Papa y empuja la puerta que se abre. Se detiene en el umbral, para rezar y, tras un rato de oración, entra en San Juan de Letrán.
Lectura de la carta de Pablo a los Filipenses: «Estad alegres, siempre alegres en el Señor». Lectura del pasaje del Bautista del Evangelio de Lucas: «¿Qué debemos hacer?»
Algunas frases del Papa
«Alégrate, exulta»
«Para mirar al futuro con serenidad»
«No podemos dejarnos seducir por el cansancio ni por la tristeza»
«Llenar nuestro corazón de alegría con la venida del Señor»
«Dios protege a su pueblo»
«Dios nos hace saber que Él mismo reinará sobre su pueblo»
«No nos quedemos de brazos cruzados por la duda, la impaciencia o el sufrimiento»
«El Señor está cerca, por eso tenemos que alegrarnos siempre»
«Hemos abierto la puerta santa aquí y en todas las catedrales del mundo»
«Es una invitación a la alegría»
«Comienza el tiempo de la gran perdonanza, el Jubileo de la misericordia»
«MOmento de redescubrir la presencia de Dios y la ternura del Padre»
«A Dios no le gustan las rigideces, es un Padre lleno de ternura»
«¿Qué debemos hacer? Reaccionar con justicia»
«Se nos pide a nosotros algo más radical. Se nos pide que seamos insturmentos de misericordia, conscientes de que por eso seremos juzgados»
«La fe provoca un camino que dura toda la vida: el de ser misericordiosos como el Padre»
«Testimoniar un amor que va más allá de la justicia»

Texto completo de la homilía del Papa Francisco
Hermanos y hermanas,
La invitación del profeta dirigida a la antigua ciudad de Jerusalén, hoy también está dirigida a toda la Iglesia y a cada uno de nosotros: «¡Alégrate… exulta!» (Sof 3,14). El motivo de la alegría se expresa con palabras que infunden esperanza, y permiten mirar el futuro con serenidad. El Señor ha abolido toda condena y ha decidido vivir en medio a nosotros.
Este tercer domingo de Adviento dirige nuestra mirada hacia la Navidad ya próxima. No podemos dejarnos llevar por el cansancio; no está permitida ninguna forma de tristeza, a pesar de tener motivos por tantas preocupaciones y por las múltiples formas de violencia que hieren nuestra humanidad. La venida del Señor, debe llenar nuestro corazón de alegría. El profeta, que lleva escrito en su mismo nombre – Sofonías – el contenido de su anuncio, abre nuestro corazón a la confianza: «Dios protege» su pueblo. En un contexto histórico de grandes injusticias y violencias, por obra sobre todo de hombres de poder, Dios hace saber que Él mismo reinará sobre su pueblo, que no lo dejará más a merced de la arrogancia de sus gobernantes, y que lo liberará de toda angustia. Hoy nos piden que «no desfallezcan tus manos» (Cfr. Sof 3,16) a causa de la duda, de la impaciencia o del sufrimiento.
El apóstol Pablo retoma con fuerza la enseñanza del profeta Sofonías y lo repite: «El Señor está cerca» (Fil 4,5). Por esto debemos alegrarnos siempre, y con nuestra amabilidad debemos dar a todos testimonio de la cercanía y de la atención que Dios tiene por cada persona.
Hemos abierto la Puerta Santa, aquí y en todas las catedrales del mundo. También este simple signo es una invitación a la alegría. Inicia el tiempo del gran perdón. Es el Jubileo de la Misericordia. Es el momento de descubrir la presencia de Dios y su ternura de Padre. Seamos también nosotros como la gente que interrogaba a Juan: «¿Qué cosa debemos hacer?» (Lc 3,10). La respuesta del bautista no se hace esperar. Él invita a actuar con justicia y a mirar a las necesidades de cuantos se encuentran en dificultad. Lo que Juan exige de sus interlocutores, es cuanto se puede confrontar con la ley. A nosotros, en cambio, nos piden un compromiso más radical. Delante a la Puerta Santa que estamos llamados a atravesar, nos piden ser instrumentos de misericordia, conscientes que seremos juzgados sobre esto. Quien ha sido bautizado sabe que tiene un compromiso más grande. La fe en Cristo lleva a un camino que dura toda la vida: aquel de ser misericordiosos como el Padre. La alegría de atravesar la Puerta de la Misericordia se une al compromiso de acoger y testimoniar un amor que va más allá de la justicia, un amor que no conoce confines. Es de este infinito amor que somos responsables, no obstante nuestras contradicciones.
Oremos por nosotros y por todos aquellos que atravesaran la Puerta de la Misericordia, para que podamos comprender y acoger el infinito amor de nuestro Padre celestial, que transforma y renueva la vida.
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